COMENTARIOS A LA SEGUNDA LECTURA
2 Co 5, 14-17

 

1.

Este pasaje es, sin duda, el más importante de la larga apología del ministerio apostólico al que Pablo consagra los primeros capítulos de la segunda carta a los corintios. Coinciden aquí dos temas importantes: la incidencia del amor en el ministerio y el contenido del Evangelio.

La urgencia de la caridad de Cristo (v. 14) es el arranque del ministerio de Pablo. Se trata tanto del amor que Cristo le tiene como del amor que Pablo, en correspondencia, tiene a Cristo.

Visto desde el lado del apóstol, ese amor no tiene nada de sentimental: procede de un juicio bien meditado ("del pensamiento", v. 14): primero ha tenido que comprender el amor de Cristo que muere por todos en la cruz (v. 15), pero una vez hecho ese descubrimiento, ya no ha podido resistir la "urgencia" del amor que le empuja a consagrar su vida a Cristo (versículo 15b).

Esta urgencia no destruye la libertad, porque el apóstol se ha tomado su tiempo para juzgar. Constituye una facultad nueva en el hombre (vv. 16-17), que ya no le permite obrar con las reticencias y los cálculos de la "carne", sino como "criatura nueva". Es fervor y dinamismo que la carne no puede controlar (Col 3, 14); tiene sabor a sacrificio, a semejanza de la cruz (v. 15); finalmente, unifica y equilibra toda una vida (sunehô tiene este sentido en los escritos filosóficos contemporáneos).

Jeremías se lamentaba de ser "seducido" por Dios; Pablo, de ser "apremiado" por su amor. No se trata de un apremio exterior como el que impediría, por ejemplo, a un sacerdote abandonar su ministerio. Se trata, por el contrario, de una lógica interior que procura el conocimiento y la interpretación de las cosas en Jesucristo, lógica de tal manera consecuente que no puede deshacerse sin destruir su propio equilibrio, conocimiento vital que da a las cosas y a sí mismo su sentido último, fidelidad, en fin, a lo que se es. Es verdad que uno no puede desembarazarse de Dios después de haber reconocido sus rasgos.

MAERTENS-FRISQUE/5.Pág. 89


2.

Dentro del contexto de la exposición sobre el ministerio del Nuevo Testamento, reconciliador de los hombres con Dios, Pablo comienza diciendo la motivación de su proceder, e inmediatamente, como es muy frecuente en su modo de escribir, aparecen los temas fundamentales cristianos.

La base de su proceder es el amor que Cristo ha mostrado a los hombres y que impulsa a quien se siente identificado con El a proceder de modo semejante.

Este amor se realiza en la solidaridad de Cristo con el destino y condición humana, mostrado de modo especial en su muerte. Ahí tenemos, como es sabido, la razón fundamental de la salvación.

Sólo que es preciso tomársela en toda su profundidad.

Efectivamente, cuando Dios ama -y siempre ama-, la salvación ya está presente, porque ese amor es activo y efectivo. Hay una solidaridad entre el salvador y los salvados, de suerte que se comparten los respectivos destinos: El toma nuestra muerte y así nosotros tomamos su vida. Nótese la afirmación de que la Resurrección también es para beneficio de los hombres, no sólo la muerte. En ella se da la condición de posibilidad para compartir la vida de Dios.

Naturalmente, ello tiene consecuencias fundamentales. La primera es la muerte a todo lo negativo: pecado, egoísmo, deshumanización..., todo aquello que la muerte de Cristo ha mostrado como no conforme a los planes de Dios sobre el hombre.

La segunda es la pertenencia afectiva y efectiva a El, que ha amado el primero. Tercera: la nueva condición, de creatura nueva que el cristiano tiene, una vez incorporado al Señor. Y por último la de no valorar a nadie, ni siquiera al propio Cristo, por criterios de tejas abajo, como serían en este caso los meramente históricos a la hora de apreciar la acción del Señor.

FEDERICO PASTOR
DABAR 1988/35


3.

Pablo se defiende contra la opinión de ciertos grupos de Corinto que sólo se fijan en las apariencias y menosprecian su persona y su actuación, llegando a decir de él que no está en sus cabales y que ha perdido la cabeza (5, 13; cf 11, 1 y 16 s). Lo que espolea a Pablo y le saca fuera de sí no es otra cosa que el amor de Cristo, el mismo amor que le mantiene en sus cabales para servir a los hombres. Esto es lo que no comprenden sus adversarios.

"Si uno murió por todos, todos murieron"; es decir, si Cristo murió por todos los hombres, ya nadie puede vivir según la falsa sensatez del hombre viejo. La muerte redentora de Cristo lo cambia todo, todos han muerto en Cristo para estrenar una nueva vida.

Y esta nueva vida es una vida para Cristo que se desvivió por todos. Es también una vida como la de Cristo, superando el egoísmo del hombre viejo, es un vivir para los demás. El amor de Cristo, el que Cristo nos tiene, ha de llevarnos a esa nueva vida a través de la muerte de todo egoísmo y del afán de la simple conversación, pues sólo el que entrega su vida la gana y el que quiere conservarla la pierde.

Este es el criterio para valorar a los demás, un criterio muy distinto de los criterios humanos, en manifiesta contradicción con lo que pide el cuerpo.

También Saulo juzgó antes a Cristo según los viejos criterios humanos y la prudencia de la carne, lo mismo que hacen ahora con él sus detractores. Entonces el joven Saulo se comportó como un "insolente perseguidor" (1 Tim 1, 13). Pero ahora es otra cosa, pues ahora Pablo conoce a Cristo "según el espíritu" y no le juzga ya según las apariencias. Este cambio operado en Saulo y en todos los que fundan su vida en Cristo, el nuevo principio, en todos los que viven para Cristo y, como Cristo, para los demás, es tan profundo y radical que comporta una nueva creación. Claro que este cambio acontece en la más profunda intimidad, y aquellos que no se han sometido a esta revolución radical del amor no pueden comprender nada y siguen juzgando a las persona según los viejos prejuicios de la carne y el egoísmo.

EUCARISTÍA 1888/38


4. P-O/QUÉ-ES

Subyace en el fragmento la idea del pecado original, realidad que se quiere hoy en día olvidar o que resulta difícil de entender.

Podría ser un buen ejemplo explicar que es algo semejante a lo que acontece cuando un conductor irresponsable ocasiona un accidente al que se sigue el corte de tráfico y la pérdida de tiempo consiguiente para todos los que le seguían hasta que algún agente restablece la fluidez. Esta misma doctrina la expresa san Pablo en Romanos 5,8 y 6,11. El final, además de ser una formulación bonita (deberá ponerse énfasis al pronunciarla) es una exigencia profunda. Dios es eternamente joven, de aquí que el amigo de su Hijo debe estrenar la vida de cada día. Deba recibirla al iniciar la jornada, como un don de Dios.

P-J YNARAJA
MISA DOMINICAL 1991/09


5.

Las relaciones entre Pablo y la comunidad de Corinto han experimentado una sacudida violenta. Algunos judío-cristianos han esparcido insinuaciones malintencionadas para desacreditar el ministerio de Pablo. Con esta carta, Pablo hace una exhaustiva demostración de su apostolado y una apología convincente de su honestidad personal. Pero no es propiamente una autojustificación.

A pesar de la pasión que pone en el relato, consigue subordinar su defensa a la legitimidad de su ministerio apostólico y autenticidad del evangelio que ha predicado en Corinto.

La exigencia del apóstol crea un punto de unión con la existencia del cristiano. La muerte de Jesús señala el fin de la existencia egoísta y su resurrección funda la existencia cristocéntrica del creyente (5, 15).

La muerte de Jesús, inocente, que ha cargado con los pecados del mundo, ha supuesto la muerte de todos. Todos han sido afectados por la muerte de Cristo. Por una misteriosa comunión de destino, la muerte de Jesús es también la muerte del hombre pecador. Para Pablo este es el fundamento del nuevo ser del hombre, el ser en Cristo, con sus consecuencias en la esfera del conocimiento. Ya no se puede seguir juzgando según la carne, ni según la ley del egoísmo personal, porque el hombre carnal ha muerto en Cristo. Pablo ve en Cristo al primer hombre nuevo y a los demás hombres como "nueva creación en Cristo".

CARNE/ESPIRITU: La contraposición es el hombre según la carne, sujeto al dominio del egoísmo. Es el hombre egocéntrico, cerrado en sí mismo, prisionero del propio egoísmo que lo juzga y valora todo desde la ventaja personal. Este hombre difícilmente puede creer que haya personas que olvidándose de sí mismas quieran realmente ayudar a los demás.

PERE FRANQUESA
MISA DOMINICAL 1985/13


6.

La vida futura que Pablo espera como coronación de su trabajo apostólico tiene su fundamento en la condición humana y cristiana que Cristo ha creado en nosotros. A ello se dedica el párrafo 5, 14-15 que es, quizás, una de las síntesis soteriológica más fuertes en toda la obra de Pablo. Porque efectivamente el modo de ser cristiano es fruto de la acción salvadora de Cristo.

Es esencial el comienzo: el amor de Cristo como fundamento y explicación del resto, es decir, de la muerte y resurrección suya en favor de los demás.

Otro punto importante es la afirmación, más explícita que en ninguna otra parte, de que la resurrección de Cristo es también salvadora. Uno resucitó por todos, para que todos vivían en El.

Tercera afirmación: vivimos para El, somos ya criaturas nuevas. la transformación operada en el creyente que se une al Resucitado es tan fuerte que puede hablarse de una nueva creación, es algo radical y fundamental. Nuevo respecto a la vieja vida de pecado. Sintetizando puede decirse esto: toda acción de Cristo, sobre todo su muerte y resurrección, son manifestación y realización del amor de Dios que, al recibirlo el hombre y responder a él, lo cambia y lo hace vivir de modo distinto, pues en esto consiste la salvación, en saberse y sentirse amado por Dios. Eso lo podemos saber por Dios mismo muerto y resucitado para compartir la condición humana hasta el final y hacernos ver lo que a El le importamos. Por eso su amor nos apremia (sería mejor traducir esa palabra por "nos tiene en su poder").

Es, en sumo, lugar paulino en que la salvación del hombre se presenta bajo las categorías del amor y no con ningunas otras. Probablemente es la clave para entender las demás citas sobre el tema y comprenderlas de modo actual y no mágico. Dios nos ama y en eso consiste la salvación.

FEDERICO PASTOR
DABAR 1991/33


7.

-Un nuevo mundo (2 Co 5, 14-17)

S. Pablo nos comunica su experiencia religiosa. Nos confía su emoción cuando piensa que un solo hombre murió por todos y que así todos han pasado por la muerte. Todos los hombres estamos de tal modo vinculados a Cristo que morimos con El para resucitar con El. Todos los cristianos tenemos que centrarnos en esta realidad. Para estar "vivo", el cristiano debe recibir la vida que nos da Cristo, su vida de muerto-resucitado. A partir de esa realidad va tomando cuerpo la conducta toda del cristiano que ya no debe vivir para sí mismo, encerrado en sus instintos, en su manera de juzgar las cosas, sino que debe centrarse en Cristo muerto y resucitado. Es Cristo mismo quien debe vivir en él. Llegado a este punto, toda la experiencia humana de S. Pablo pierde relieve y desaparece. En adelante debe ver las cosas de otra forma; ya no puede juzgar al prójimo que ve como le juzgaba antes, le debe ver como un muerto-resucitado en Cristo Jesús. Y dígase lo mismo respecto a su modo de conocer a Cristo; su contacto con El es el contacto con el Cristo muerto-resucitado que comunica su vida.

Nos encontramos, por tanto, ante un mundo nuevo. El mundo antiguo ha pasado. Esta idea es muy querida a S. Pablo. Siendo Cristo nuestro centro (Ef 2, 15), vemos, en la fe, una creación nueva (2 Co 5, 17; Ga 6, 15; Col 1, 19-20). Como Isaías, S. Pablo nos exhorta a abandonar todo lo antiguo (Is 43, 18; 65, 17).

Esta es la visión entusiasta que nos comunica S. Pablo y que es su propia experiencia espiritual. Panorama grandioso, pero exigente: un mundo nuevo, el hombre nuevo, nuevos modos de juzgar, nuevos comportamientos. Tenemos que revisar todas las cosas de nuestra vida; el pasado ha muerto; hay que olvidarle para reconstruirlo todo en Cristo.

NOCENT-6.Pág. 140


8. "El amor de Cristo nos apremia..." (Tiempo ordinario 12º, ciclo B)
Comentarios a la segunda lectura dominical

ROMA, viernes 22 junio 2012 (ZENIT.org).- Nuestra columna "En la escuela de san Pablo..." ofrece el comentario y la aplicación correspondiente para el 12º domingo del Tiempo ordinario.

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Pedro Mendoza LC

"Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo". 2Cor 5,14-17

Comentario

Inicio con una breve síntesis del contenido de la 2ª lectura de este domingo. En ella san Pablo explica por qué se comporta del modo como lo hace: el amor de Cristo lo "atormenta" (esta sería una traducción más precisa de la palabra griega). En esta expresión, "el amor de Cristo" no es tanto el amor del Apóstol por Cristo, sino sobre todo el amor de Cristo para con él. La convicción de que Cristo ha muerto por todos ha transformado la vida del Apóstol: ahora él se da cuenta de que ya no debería vivir para sí sino para Cristo que ha muerto y resucitado en favor de todos. El amor de Cristo por todos, manifestado en su muerte en la cruz, ha transformado radicalmente la comprensión que san Paolo tenía de Cristo. Mientras antes lo veía desde un punto de vista meramente humano ("según la carne", persiguiendo a sus seguidores como fanáticos y apóstatas), ahora él entiende que el Mesías crucificado no era sino el Hijo de Dios que ha dado su vida por todos. Esto lleva al Apóstol a una conclusión importante: los que están en Cristo son "una nueva creación". Ellos son la nueva humanidad inaugurada por el nuevo Adán.

A continuación, una explicación más detallada del texto. Si san Pablo se nos muestra incansable, es porque está poseído por una fuerza extraña, que lo "atormenta". En efecto, el amor de Cristo, es decir, Cristo, lo ha captado con su amor, le sostiene y le impulsa. Y así dice: "Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí... que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20). La revelación del amor de Cristo y la experiencia del mismo tienen un punto de referencia fundamental: Cristo, el "uno", murió por (en favor de) todos (v.14). Este "por" puede significar una sustitución, en el sentido de que murió "en lugar de" aquellos que eran reos de muerte. Pero puede significar también que Él entregó su vida "en favor de" los hombres y para la salvación de ellos: su sangre "es derramada por muchos" (Mc 14,24). Ahora bien, en la perspectiva de la muerte vicaria o sustitutiva nuestra condición humana no está destinada a cambiar, si bien estaremos siempre agradecidos hacia quien ha sacrificado su propia existencia en lugar nuestro. Por el contrario, en la interpretación de favor o de ventaja cambia totalmente nuestra vida porque nos convertimos en destinatarios de los dones que pertenecen sólo a Cristo: su amor, el Espíritu, la bendición divina, su filiación divina y la participación en la heredad prometida por Dio (cf. Gal 2,20; 3,13-14; 4,4-7; Rom 5,6.8; 8,32; 14,15). Ya que Cristo ha muerto en favor de todos y en lugar de todos, todos han muerto. Cristo, en la cruz, los encerró a todos en sí mismo y representó a todo el género humano. La muerte de Cristo es, pues, al mismo tiempo, la muerte de toda la humanidad. En Cristo ha recaído sobre todos, como pecadores perdidos, el juicio condenatorio de Dios. Y en la muerte de Cristo se cumplió la sentencia sobre todos.

Inmediatamente después de afirmar la muerte de Cristo, san Pablo corrobora su resurrección de la muerte (v.15). De donde deduce que esa comunión de muerte con Él crea también la comunión de vida. Al ser resucitado Cristo de entre los muertos, vivimos también nosotros. "Si hemos muerto con Cristo, tenemos fe de que también viviremos con Él" (Rom 6,8). Pero aquellos que ahora tienen una nueva vida, no pueden ya vivir para sí mismos, sino que deben ponerse, con toda su vida, al servicio de aquel que murió y resucitó por ellos. Así como Cristo vivió por otros, eso mismo deben hacer también los cristianos: "En efecto, ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo... Tanto, pues, si vivimos como si morimos, pertenecemos al Señor" (Rom 14,7-8).

A renglón seguido, san Pablo saca nuevas conclusiones del principio fundamental de que todos han muerto. La vida anterior ya ha muerto y pasado para todos. Por lo mismo, el Apóstol ya no puede juzgar a nadie por su pasado. Y por eso, tampoco conoce ya a nadie por su condición humana (v.16). La condición humana no se refiere aquí a los pecados, sino a la transitoriedad del mundo terreno, con todas sus relaciones y circunstancias, tales como el origen racial, la posición, el prestigio ante los hombres, la historia, las riquezas. Todo esto no significa ya nada. Y esto vale también respecto de Cristo. San Pablo se dirige contra sus adversarios, que afirmaban que el ministerio apostólico del Apóstol era inferior al de los doce, elegidos personalmente por Jesús mientras vivía aún en la tierra, mientras que el Apóstol había sido llamado en Damasco, después de la resurrección y ascensión del Señor. También en la carta a los Gálatas (1,11-17) tuvo que defenderse contra un parecido intento de rebajarle. Y en este sentido dice ahora: todas las relaciones con el Jesús terreno son ya accidentales. No encierran privilegios ni ventajas de ninguna clase. No tiene ningún valor invocar estas relaciones frente al hecho de pertenecer a Cristo resucitado, que opera como el Espíritu en la Iglesia (3,17).

San Pablo concluye este razonamiento en el v.17, que tiene como punto de partida el hecho de que en la muerte de Cristo han muerto todos. Ahora afirma que de la muerte de Cristo surge la nueva vida, de la que participan todos aquellos que han muerto con Cristo, es decir, los cristianos. La Iglesia es una nueva creación. El cristiano es el hombre nuevo. El viejo mundo, el tiempo del mundo con sus miserias, sus pecados y su enemistad con Dios han desaparecido. La renovación del mundo prometida por Dios y tan deseada por todos, es ya una realidad. Pero se trata de una realidad en sus inicios, no completada. Por eso afirma el Apóstol que en este mundo presente domina la muerte y en él siguen existiendo faltas, defectos y pecados. Por eso es preciso exhortar sin descanso y amonestar recordando el juicio.

Aplicación

"El amor de Cristo nos apremia..."

La liturgia de la Palabra de este 12º domingo del Tiempo ordinario toca, en la 2ª lectura, un tema fundamental de nuestra vida cristiana: el amor de Cristo que ha muerto por todos los hombres. El Evangelio y la 1ª lectura del libro de Job, en cambio, nos ayudan a descubrir la potencia divina: mientras a Job Dios recuerda su poder sobre el mar, Cristo ejercita su poder aplacando una tempestad. Llama la atención cómo este poder que tiene Cristo no lo utiliza para salvarse de la muerte, sino que, movido por amor a nosotros, ofrece su vida por nuestra salvación.

La primera lectura recoge una parte del bellísimo diálogo de Dios con Job (38,1.8-11), quien viéndose probado duramente titubea en su fe y se pone a pedir cuentas a Dios. En una abrumadora serie de preguntas Dios le revela a Job todo su poder sobre cuanto existe. Concretamente, en este pasaje, le revela su poder sobre el mar. Así quiere ayudarle a reconocer que Dios está por encima de todas las potencias y todas las situaciones en que podemos encontrarnos, particularmente ante las adversidades. Él tiene el poder sobre todo lo creado, pues es el Señor de todo cuanto existe.

El pasaje del Evangelio de este domingo (Mc 5,35-41) nos muestra a Jesús mientras se encuentra con sus discípulos en medio del lago. Al desatarse una fuerte tempestad de viento, los discípulos desesperados por el peligro de hundirse se dirigen a Jesús que duerme y le piden ayuda. Jesús, con su poder divino, increpa los vientos y el mar y de nuevo reina la calma. Entonces reprende a sus discípulos por su falta de fe. Todavía no han comprendido quién es Jesús realmente. Este milagro viene, pues, a reforzar su fe en Él, como hombre-Dios, de modo que reconozcan que Él es verdaderamente Dios, y por lo mismo tiene todo poder en el cielo y en la tierra; tiene el poder divino, porque sólo Dios puede mandar al mar.

En la 2ª lectura el Apóstol nos muestra otra perspectiva de Dios: su amor por nosotros que conduce a Cristo a abrazar la muerte para alcanzarnos la salvación (2Cor 5,14-17). Cristo no quiso utilizar su poder milagroso para huir de la muerte; sobre la cruz no hizo ningún milagro en favor de sí mismo, aunque sus enemigos lo desafiaban a hacerlo: "Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!" (Lc 23,37). En realidad Él tenía la capacidad de liberarse de la cruz, pero no quiso hacerlo. ¿Por qué? Por amor a nosotros. Como san Pablo, también nosotros estamos llamados a dejarnos penetrar por su amor de tal modo que podamos exclamar: "el amor de Cristo nos apremia...", y nos lancemos a una entrega sin límites a Él y a los demás.

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