COMENTARIOS AL SALMO 26
1.
PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL
* Este es un "salmo de confianza"... Compuesto quizá en dos ocasiones. En su estado actual, llama la atención el admirable ritmo de sentimientos:
-Afirmación del credo "Dios es salvación".
-Matiz: esta salvación conlleva una participación del hombre, un combate.
-Este valor tiene una fuente: la oración.
-Y la vida con sus combates sigue su curso, ansiosa.
-Pero todo culmina de nuevo en una certeza, apoyada en Dios.
Hay que notar en el versículo 7, el cambio sorprendente de "persona": hasta allí, el salmista habla de Dios en tercera persona... Bruscamente, empieza a hablar a Dios en segunda persona: "¡escucha, te llamo!".
El hebreo es una lengua concreta: saboreemos las imágenes. La muralla. Temblar. La carne destrozada. Hacer pie. El despliegue del ejercito enemigo. La entrada en batalla. Habitar en la casa de Dios, etc...
SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS
** Una vez más, descubrimos que Jesús recitó este salmo. He aquí algunas alusiones conmovedoras:
-"Los malvados se acercan para destrozar mi carne..." La flagelación, la pasión.
-"Falsos testigos se levantaron contra mi..." (Mateo 26,59). "Habitar en la casa del Señor..." Nos remite a este deseo de Jesús, que se patentiza desde su primera peregrinación al templo: "¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?" (Lucas 2,49). Jesús Niño, se dejó moldear por este deseo del salmista: Habitar "en la casa de Dios", y lo realizó en la primera ocasión que se le presentó.
-"La única cosa que busco"... Buscad primero el Reino de Dios (Mateo 6,33).
-"A quién temeré"... No temáis pequeño rebaño (Lucas 12,32).
-"Que empiece la batalla, yo sigo confiando..." "Las potencias del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia". (Mateo 16,18).
-"Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá..." Cuando todo apoyo humano lo abandona, Jesús dice: "Ustedes me dejarán solo: No, nunca estaré solo, el Padre está conmigo". (Juan 16,32; 8,16; 8,29)
-"Dios Luz"... "La luz vino al mundo" (Juan 3,19) "Yo soy la luz del mundo" (Juan 8,12 ;12,46).
"Veré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes": "Antífona de la liturgia de difuntos... Certeza de la Resurrección..." "Voy hacia el Padre" (Juan 14,28).
TERCERA LECTURA: CON NUESTRO TIEMPO
¿Cuál es "el hoy de Dios"? Es el hoy del mundo, el hoy de la Iglesia, mi hoy, familiar, profesional, etc... Este salmo, hay que actualizarlo, meditarlo con este Aggiornamento. Tema de la esperanza. Una de las actitudes espirituales que el mundo moderno necesita más urgentemente es la esperanza. Tener confianza. Dar confianza. Tener fe en el éxito. Luchar por ello. La esperanza no es una virtud lenitiva y fácil: es una actitud de valor y fortaleza. No es solamente una virtud "humana", sino un "don del Espíritu", una virtud teologal que se fundamenta en la oración, en el deseo de intimidad con Dios... "¡La única cosa que busco!" ¿es esto cierto?
Tema de la crisis. El mundo está en crisis. La Iglesia está en crisis. La esperanza que canta este salmista es ansiosa: el miedo ronda las puertas... Se da la señal de batalla. Así traduce Paul Claudel este pasaje: "¡Si me declaran la guerra, es ganancia para la esperanza!... ¡Fuego! Yo grito: ¡hurra!".
¿Creemos, sí o no, que Dios es nuestra defensa? ¿Querríais que yo temblara?"
Tema de la escatología. Dios tendrá la última palabra "estoy seguro, veré la bondad de Dios... Veré el rostro de Dios" (I Corintios 13,12). Pero este logro de Dios (esta salvación "esta luz", esta "habitación en Dios") hacia la cual avanzamos, ya ha comenzado; nuestra tarea humana consiste en tomar parte en ella desde ya: "espera... Sé fuerte y valeroso". En otras palabras: "¡puedes contar con Dios, sí!" ¡pero es necesario también poner de tu parte! La gracia y la libertad.
Tema de la oración. Nuestro mundo materialista suscita en muchas personas una sincera vuelta a la oración que toma con frecuencia la forma hoy muy en boga de los místicos orientales. Este salmo, característico de Cuaresma, nos brinda la ocasión de hacer la experiencia más prolongada de intimidad con Dios. El salmista se consideraba "huésped" de Dios: "sólo una cosa le he pedido al Señor, sólo una cosa deseo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida... Me oculta en lo más secreto de su morada... Tu rostro, Señor, yo busco". ¿Por qué no hacemos la experiencia de la proximidad sabrosa de Dios? "Jesús inspirado en este salmo, nos invita a una oración íntima". "Cuando quieras orar: entra en el silencio de tu habitación la más retirada, cierra la puerta y dirige tu oración al Padre que está allí, en lo secreto". (Mateo 6,6). Se trata de la misma fórmula del salmo: "El me oculta en lo más secreto de su morada". Alejarse en Dios. Ocultarse en Dios. Expresión de ternura.
Tema del Rostro de Dios. Si hay un sentimiento vivo hoy, es el de la "ausencia" aparente de Dios. El hombre occidental contemporáneo está realmente traumatizado por "el silencio" de "Dios". Concluye sin más que Dios no existe, que "Dios ha muerto". La fórmula de este salmo 26, es dramática en este sentido: "No olvido que tú has dicho: ¡BUSCAD MI ROSTRO! Tu rostro busco, Señor". El salmista de otros tiempos debía, como nosotros, experimentar la dificultad de encontrar a Dios. Pero su canto termina con un grito de fe: "Estoy seguro, veré las bondades del Señor".
Tema del combate de cada día. El intimismo de este salmo de confianza, no debe llevarnos a lo ilusorio. La oración, "la habitación en Dios", la búsqueda de su rostro no justifican la huida egoísta de la realidad. El salmo está impregnado de punta a punta por una atmósfera de batalla. Los "malvados", los "adversarios", los "enemigos", "aquellos que me acechan", están allí, junto al que ora. La búsqueda del rostro de Dios conlleva todo un programa de lucha contra el mal, que puede convertirse en un verdadero programa para una verdadera Cuaresma.
NOEL
QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo I
PAULINAS, 2ª Edición
BOGOTA-COLOMBIA-1988.Págs. 62-65)
2. La libertad gloriosa
El salmo 27 se encuentra en las mismas armónicas que aquella gran melodía que viene resonando desde las primeras páginas de la Biblia: no tengas miedo,, yo estoy contigo. Moisés, Josué, Gedeón, Samuel, David, y todos los profetas, en los momentos decisivos, al experimentar el peso de su fragilidad frente a la altura de una responsabilidad, escucharon, en diferentes oportunidades, y en múltiples formas, estas o semejantes palabras, que les liberaron de temores y les infundieron coraje.
Esta melodía adquiere, en ciertos momentos, una tensión verdaderamente conmovedora. Así, por ejemplo, cuando, muerto Moisés, Josué tuvo que ponerse al frente del pueblo, en su marcha conquistadora hacia la Tierra Prometida; sintiéndose (Josué) indeciso para cruzar el río Jordán, frontera de la futura patria, el Señor le infundió aliento y esperanza con estas palabras: «como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres. Sé, pues, valiente y firme... No tengas miedo ni te acobardes, porque tu Dios estará contigo a donde quiera que vayas» (Josué, 1, 1-10).
Estas palabras acompañaron a Josué, como luz y energía, durante las mil y una aflicciones que tuvo que soportar en los años en que Israel se instaló en la tierra de Canaán, instalación que no fue una posesión pacífica de una tierra regalada, sino una conquista sangrienta en medio de mil atrocidades.
*****
Esta melodía o leit motiv -la asistencia leal y amorosa de Dios- adquiere una tonalidad todavía más intensa y alta en los profetas, sobre todo en Isaías: «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre: "eres mío". Si pasas por las aguas, yo estoy contigo; si por los ríos, no te anegarán. Si andas por una hoguera, no te quemarás, porque yo soy tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador (Is 42,1-4). Numerosos textos, semejantes a éste, diseminados aquí y allá, en diversos profetas, expresan la misma convicción.
Una larga serie de salmos contiene, también, de forma múltiple y vigorosa, la certeza de esta asistencia liberadora de temores y angustias: salmos 23 (22); 27 (26); 31 (30); 71 (70); 91 (90); 118 (117); 131 (130), y otros. En términos generales, se podría decir que esta convicción (¿actitud?, ¿estado de ánimo?) es el sentimiento más generalizado e insistente en los 150 salmos.
De esta certeza, reiteradamente confirmada a lo largo de los siglos bíblicos, deduce San Pablo una cadena de alentadoras conclusiones: «Ante esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Estoy seguro de que, ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios» (Rom 8,31-39).
Soledad, miedo, angustia MIEDO/SALMOS
El salmo 27, sobre todo en su primera parte, suena en estas mismas armónicas. El salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas direcciones, con metáforas cada vez más brillantes y audaces:
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quien temeré? El señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?... Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla, si me declaran la guerra, me siento tranquilo.
¿Cómo llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el contenido del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra tales resonancias de vida que no hay manera de traducirlo a otros idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota los contenidos vivos de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad, restándole un cierto eco edonista que este término oculta.
Pero, ¿cuál es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es el contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita dentro del salmo? ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda sintetizarlo? Entiendo que sí. Y podría ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión, de cuño negativo, encierra a su vez una carga de profundidad, desbordante de varias riquezas: seguridad, libertad, gozo, paz, alegría. Por sintetizarla con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior, entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias interiores recién señaladas. En todo caso, después de todo, como veremos, no se trata de otra cosa que de ausencia de miedo.
Como hemos dicho, la Biblia repite invariablemente los mismos términos: yo estoy contigo; no tengas miedo. Al primer golpe de vista, aparece obvio que la causa que desencadena un hecho es la presencia divina (yo soy contigo); y el hecho, el efecto producido, es la remoción del temor (no tengas miedo). Hay, pues, una relación de causa a efecto. Esta es la explicación radical que, según creo, yace en el fondo del salmo 26, y en el fondo de no menos de diez o quince salmos más. Considero, pues, que es conveniente y provechoso hacer un análisis y escudriñar las entrañas del fenómeno miedo, con cierta prolijidad.
En el fondo del fenómeno está la soledad, entendiéndose por soledad el hecho de sentirse solo; y esto, a su vez, equivale a sentirse desvalido, indigente, impotente, limitado. A todo esto lo llamamos solitariedad. Hay dos circunstancias que dramatizan esta situación o sensación: en primer lugar, el factor temperamental: hay personas que nacieron con una predisposición especial a sentirse especialmente desvalidas; y a otras, ciertos acontecimientos desdichados las dejaron con las alas recortadas, enfermas de inseguridad.
Por otro lado, una alta responsabilidad le hace sentirse al hombre, normalmente, solitario, incierto, inseguro; porque, siempre, el peso de una responsabilidad es el peso de una soledad. Es lo que les sucedió a Moisés, Jeremías y otros profetas.
Y, aquí y ahora, nace el temor, como consecuencia y efecto de esa soledad desvalida. El miedo está constituido fundamentalmente de incertidumbre e inseguridad. El miedo sería, pues, consustancial al hecho de sentirse hombre, a partir de su radical soledad e indigencia.
El miedo acompaña al hombre bajo muchas formas y variantes, y, a veces, bajo formas disfrazadas. Su presencia, con frecuencia oculta y larvada, es constante, aunque el hombre no tenga conciencia de ello.
Las diversas formas del miedo permanecen vivas, pero enterradas, en las capas profundas de la subconsciencia: son fuerzas en movimiento, completamente oscuras, sin que se sepa exactamente de dónde vienen, a dónde se dirigen, y, sobre todo, a dónde nos llevan. Los factores que desencadenan las formas y variantes del miedo son innumerables e imprevisibles.
El estado de miedo (el miedo en cuanto se ha instalado en la conciencia) puede surgir un tanto repentinamente, y apagarse pronto. También puede hacerse presente paulatinamente; en este caso, sus efectos pueden ser persistentes, y llegar a transformarse en una fijación de carácter permanente, entrando (el miedo) a formar parte constitutiva de la personalidad, e incidiendo en muchas de las manifestaciones de la vida.
*****
El hecho de vivir envuelve, de alguna manera, una cierta amenaza general o peligro. Donde hay seres humanos que sienten, desean y proyectan, los peligros estarán al acecho, a la puerta. El hombre puede desear ardientemente la independencia, y luchar por ella, pero no puede liberarse totalmente de las dependencias. Siempre estará inserto en algún grupo o sistema social; y, mientras esto suceda, por mucho que se esfuerce por ser autónomo, siempre existirán algunas formas de dependencia,y, oculto entre sus pliegues, el eventual conflicto que, en cualquier momento, puede estallar.
En las entrañas del miedo, frecuentemente, nace y crece, tensa y a la defensiva, la resistencia mental, resistencia a algo, por lo general sordo y oscuro, que intuimos como posible peligro o amenaza a nuestra seguridad, amenaza que se intenta anular resistiéndola. Esta resistencia tiene un nombre: angustia.
ANGUSTIA/SALMOS: A menudo es difícil distinguir la frontera divisoria entre el miedo y la angustia. Teóricamente, la angustia es hija del miedo, pero no rara vez ignoramos dónde está la madre y dónde la hija. Por eso, hay una serie de términos que, en el lenguaje corriente, resultan sinónimos del miedo: temor, angustia, ansiedad, congoja, pánico... Y, digamos de paso que, aunque mucho se parezcan, el miedo, de por si, es completamente diferente de la timidez.
No siempre el miedo tiene una motivación objetivamente válida. Hay que tener en cuenta que todo hombre arrastra unas buenas dosis de subjetivismo, que hacen parte de la individualidad; y esto sin pensar en los sujetos que, constitutivamente, muestran fuertes tendencias subjetivas.
Por eso, el miedo crea fácilmente fantasmas, ve sombras, distingue enemigos, o los sobredimensiona, se mueve entre suposiciones. Y si la persona tiene tendencias subjetivas muy marcadas, puede vivir, sobre todo en los momentos de crisis, entre alucinaciones, viendo adversarios por todas partes, imaginando conspiraciones, suponiendo conjuras. Es lo que le sucede al autor de algunos salmos, como, por ejemplo, el 31 (30), el 71 (70), y otros.
MIEDO/UNICO-ENEMIGO: Después de todo, el miedo es, no enemigo número uno del hombre, sino enemigo único. El mal de la muerte no es la muerte, sino el miedo de la muerte. El mal del fracaso no es el fracaso, sino el miedo a fracasar. El mal de que no me quieran o me marginen no es el hecho de que eso suceda, sino el miedo de que suceda. De todo lo dicho surge, espontánea y obvia, la siguiente conclusión: removido el miedo de los enemigos, los enemigos desaparecen, por muy altaneros que se presenten ahí, frente a mí.
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Hijos de la Omnipotencia
Y hemos llegado al punto de partida. ¿Por qué, de qué manera, con qué mecanismos la presencia de Dios (yo estoy contigo) desplaza y anula el miedo (no tengas miedo)? La explicación es esta: la presencia de Dios no «ataca» directamente al miedo, sino a la soledad, madre del miedo.
Cuando el hombre abre sus espacios interiores a Dios, en la fe y en la oración; cuando siente que sus soledades interiores quedan inundadas por la presencia divina; cuando percibe que su desvalimiento e indigencia radicales quedan contrarrestados por el poder y la riqueza de Dios; cuando el hombre experimenta vivamente que ese Señor, que llena y da solidez, además de todopoderoso, es también todocariñoso; que Dios es «su» Dios, el Señor es «su» Padre; y que su Padre lo ama, y lo envuelve, y lo compenetra, y lo acompaña; y que es su fortaleza, su seguridad, su certidumbre y su liberación..., entonces, díganme, ¿miedo a qué?
Si el Señor es mi fuerza y mi salvación, ¿temer, a quién? Si el Señor es la defensa de mi vida, ¿temblar, ante quién? (v. l). El miedo ha desaparecido porque la soledad ha quedado poblada por Dios. Y, en este momento, el hombre comienza a participar de la omnipotencia de Dios: ni la vida, ni la muerte, ni la mentira, ni la calumnia podrán causarme el más pequeño rasguño. Es, pues, el hombre, a partir de ese momento, hijo de la omnipotencia, invulnerable ante los peligros y amenazas.
Y este sentimiento de omnipotencia va acompañado de seguridad, euforia, júbilo, libertad, sentimientos que afloran en muchos salmos con expresiones exultantes. ¿Cómo llamar a todo esto con una sola palabra? Nosotros lo hemos llamado libertad interior, pero esta expresión aún es muy pálida. En realidad, se trata de una sensación de omnipotencia: es lo que sentía San Pablo al escribir: «Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni las potestades, ni altura, ni profundidad ... », nada ni nadie puede conmigo, porque Dios está conmigo, y participo de su propio poder.
No es que a los enemigos se los haya tragado la tierra, o hayan sido fulminados por un rayo, o pasados a espada. No. Los adversarios siguen en pie, están ahí, insolentes, esparciendo su veneno. Pero el salmista se siente de tal manera arropado por la presencia divina, de tal manera cohesionado interiormente, de tal manera partícipe de la omnipotencia divina, y por lo mismo, invencible, que no siente miedo alguno, no le afectan los insultos ni le alcanzan los dardos, nada lo hiere, nada lo lastima; se siente libre, libre de los males y la adversidad.
No se trata, pues, de una situación objetiva, como si los enemigos hubieran caído abatidos y derrotados, sino una sensación subjetiva, la sensación de una libertad gloriosa, acompañada de júbilo, euforia y plenitud vital. Este es el mecanismo, el sentido profundo que late en el seno de¡ salmo 26 y de tantos otros.
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Ahora bien; como dijimos, si el miedo es removido, desaparecen los enemigos, no del frente de batalla, sino de la mente. Y, entonces, la situación real es tal que el hombre se siente como si los enemigos de hecho no existieran; y no sólo los enemigos, sino todos los males y desgracias de la vida; de ahí esa santa euforia, esa libertad gloriosa.
Si se levantan contra mi los resentidos de siempre, para derribarme y devorarme, cuando me vean invulnerable a sus espadas y mentiras ellos mismos serán presa de confusión y perplejidad, «ellos, adversarios y enemigos, tropiezan y caen» (v. 2), son ellos los que se sentirán derrotados.
Aunque un ejército entero (v. 2), organizado en orden de batalla, acampe frente a mi casa, mi corazón no se inmuta. Y si, bayoneta en alto, avanzan con intención de traspasarme, ni siquiera me inmuto, porque nada pueden hacerme, me siento libre, invulnerable. «¿Qué puede hacerme el hombre?»
«En el día del peligro» (v. 5), cuando me ronde la desdicha, cuando la muerte llame a mi puerta, cuando me asalten los mastines de la incomprensión y la soledad, el desprestigio y la enfermedad, el Señor «me protegerá en su tienda». Dios no tiene tienda ni cabaña. El mismo es la cabaña de refugio. El problema está en que yo me refugie, me acoja, me abandone en sus manos. Pero Dios no tiene manos; se trata de una metáfora para significar su presencia. Hay quienes traducen, con gran acierto, este versículo, diciendo: «Dios me abrigará. » Correcto. De eso se trata: de que yo me abrigue, que yo me cubra con la presencia divina, como con un abrigo. Una vez más, y siempre, la libertad gloriosa presupone una experiencia viva de Dios.
*****
Y continúa el versículo: «Me esconderá en lo más escondido de su morada.» Dios no tiene escondites; El es el escondite, y la gruta de refugio, y la cabaña para guarecerse en tiempo de tormenta. Otra vez, y siempre, el problema está en mí: soy yo quien tiene que buscar el refugio de sus alas; soy yo quien tengo que envolverme con su presencia, que me protegerá de las saetas.
«Me alzará sobre la roca» (v. 5). Tampoco tiene Dios roca alguna. El es la roca, y una roca prominente, inaccesible. Y soy yo quien debo encaramarme sobre esa roca para ponerme fuera del alcance de las flechas de los enemigos. Brillante metáfora que recuerda los castillos inexpugnables de otros tiempos, construidos, como nidos de águila, sobre riscos altísimos, rodeados por todas partes de barrancos profundos. Estas torres eran, pues, inaccesibles, y por lo mismo, inexpugnables. Los hombres, refugiados en su interior, estaban seguros y libres de sus enemigos.
«Y levantaré la cabeza sobre el enemigo que me cerca» (v. 6). Espléndida figura, muy repetida en la Biblia, que resume cuanto el salmista ha dicho hasta ahora. Esto es: si los enemigos (que pueden ser personas, o bien acontecimientos, o elementos adversos de la naturaleza) rugen en torno, me amenazan y me disparan, pero yo soy invulnerable porque estoy revestido con un abrigo antibalas, que es Dios, y me siento insensible a sus amenazas, y, por lo mismo, libre, entonces, el triunfo es mío, lo que equivale a quedar yo con la cabeza levantada por encima de mis enemigos.
«En su tienda sacrificaré sacrificios de aclamación, cantaré y tocaré para mi Dios» (v. 6). Era inevitable; siempre sucede así: una gesta de liberación acaba siempre en un himno de liberación. El salmista, sintiéndose completamente liberado y profundamente dichoso, necesita explotar; no puede callarse, y en un arrebato de agradecida emoción, prorrumpe en música y danza, en gritos de júbilo y alabanza para el Gran Liberador.
Tu rostro busco, Señor
Todo lo que hemos dicho hasta ahora corresponde a la primera parte del salmo, cuyo contenido fundamental es la ausencia de miedo (no tengas miedo). Y el núcleo esencial de la segunda parte es el asegurar la presencia divina: buscar su rostro. Premeditadamente nos hemos saltado el versículo 4, porque, por su contenido, corresponde más bien a la segunda parte.
«Una cosa pido al Señor, y eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida» (v. 4). Si la experiencia liberadora, descrita hasta ahora, es realmente así, entonces se impone una conclusión; si Dios, vivo y vivificante en la interioridad humana, es la fuente de toda dicha y de toda libertad, entonces, concluyamos: sólo una cosa vale, sólo una cosa importa, sólo una cosa procuraré, pediré y buscaré eternamente: «habitar en la casa del Señor».
Es necesario entender estas palabras en su verdadera profundidad, es decir, en su sentido figurado: vivir en el «templo» de su intimidad, cultivar su amistad, acoger profundamente su presencia; «gozar de la dulzura del Señor» (v. 4), esto es, experimentar vivamente la ternura de mi Dios, su predilección, su amor, que se me da sin motivos ni merecimientos, cultivar interminablemente, «por todos los días de mi vida», la relación personal y liberadora con el Señor, mi Dios.
*****
«Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.» Otra vez lo precisamos: Dios no tiene rostro. Este término, rostro, tan repetido desde los días de Moisés, como la expresión de la intimidad más entrañable, quiere indicar, hace referencia, una vez más, a la presencia divina, al Dios personal, vivo y verdadero, a Dios mismo, percibido vivamente en la fe y en la oración.
ROSTRO-D/BUSCARLO: Volvemos a insistir: el Señor será el vencedor de la soledad y el liberador de las angustias, en la medida en que sea el Dios viviente en el fondo de mi conciencia. La única condición para que Dios sea verdaderamente mi liberador es ésta: que no sea (Dios) una abstracción teórica, un entresijo de ideas lógicas para hacer acrobacias intelectuales, sino que sea, dentro de mí, una persona viviente: padre, madre, hermano, amigo, mi Dios verdadero. A esta realidad, por llamarla de alguna manera, la llamamos rostro.
Y el salmista, sabiendo por experiencia que ese Rostro es la clave de todo bien, fuente de fuerza y transformación, así como de plenitud existencial, en seis oportunidades consecutivas apela a ese Rostro: 1) «tu rostro buscaré, Señor»; 2) «no me escondas tu Rostro»; 3) «no rechaces a tu siervo»; 4) «no me abandones»; 5) «no me dejes»; 6) «aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá».
El salmo, que comenzó con una entrada triunfal, finaliza también con una salida victoriosa, con un par de versículos en que campea, invenciblemente, la esperanza. «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida» (v. 13). País de la vida es esta vida, oportunidad que Dios nos da para ser felices y hacer felices. Gozar de la dicha del Señor es, simplemente, vivir, ni más ni menos. Mucha gente no vive, agoniza. Los que arrastran la existencia anegados entre temores y ansiedades no viven, su existencia es una agonía; en el mejor de los casos, vegetan. Pero ahora que el viento del Señor ha barrido con nuestras sombras y temores, ahora, sí, podemos respirar, sentirnos libres, gozosos, felices. Esto es vivir, ahora esperamos vivir.
Y tanta hermosura como contiene este salmo no podía acabar sino con un grito largo de coraje y esperanza: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (v. 14). El hombre tiene que habérselas con la vida y sus peligros; necesita refugios donde acogerse. Ha aprendido a no confiar en los poderosos de la tierra, «los señores de la tierra»; y sabe por experiencia que sólo salvan el poder y el cariño de Dios. Este poder y amor suscitan la confianza del hombre, y en esta confianza se basa su seguridad. Y esta seguridad se transforma en el gozo de vivir, vivir plenamente, Shalom.
LARRAÑAGA
SALMOS PARA LA VIDA
Publicaciones Claretianas
Madrid-1986-1. Págs. 57-68
3.
BUSCO TU ROSTRO
Este es el deseo de mi vida que recoge y resume todos mis deseos: ver tu rostro. Palabras atrevidas que yo no habría pretendido pronunciar si no me las hubieras dado tú mismo. En otros tiempos, nadie podía ver tu rostro y permanecer con vida. Ahora te quitas el velo y descubres tu presencia. Y una vez que sé eso, ¿qué otra cosa puedo hacer el resto de mis días, sino buscar ese rostro y desear esa presencia? Ese es ya mi único deseo, el blanco de todas mis acciones, el objeto de mis plegarias y esfuerzos y el mismo sentido de mi vida.
«Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro».
He estudiado tu palabra y conozco tu revelación. Sé lo que sabios teólogos dicen de ti, lo que los santos han enseñado y tus amigos han contado acerca de sus tratos contigo. He leído muchos libros y he tomado parte en muchas discusiones sobre ti y quién eres y qué haces y por qué y cuándo y cómo. Incluso he dado exámenes en que tú eras la asignatura, aunque dudo mucho qué calificación me habrías dado tú si hubieras formado parte del tribunal. Sé muchas cosas de ti, e incluso llegué a creer que bastaba con lo que sabía, y que eso era todo lo que yo podía dar de mí en la oscuridad de esta existencia transitoria.
Pero ahora sé que puedo aspirar a mucho más, porque tú me lo dices y me llamas y me invitas. Y yo lo quiero con toda mi alma. Quiero ver tu rostro. Tengo ciencia, pero quiero experiencia; conozco tu palabra, pero ahora quiero ver tu rostro. Hasta ahora tenía sobre ti referencias de segunda mano; ahora aspiro al contacto directo. Es tu rostro lo que busco, Señor. Ninguna otra cosa podrá ya satisfacerme.
Tú sabes la hora y el camino. Tienes el poder y tienes los medios. Tú eres el Dueño del corazón humano y puedes entrar en él cuando te plazca. Ahí tienes mi invitación y mi ruego. A mi me toca ahora esperar con paciencia, deseo y amor. Así lo hago de todo corazón.
«Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo... y espera en el Señor».
BUSCO
TU ROSTRO
ORAR LOS SALMOS
Sal Terrae, Santander-1989, pág. 54
4.
Aborrezco
las luces deslumbrantes
de ídolos y dioses fabricados.
No corro detrás de las luces atrayentes,
espléndidas,
de la gran ciudad.
No me dejo seducir por las luces
sugerentes de la publicidad,
con sus guiños malvados y engañosos:
"Coca-Cola: beba usted.
Carlos III: el amigo en la intimidad.
Fortuna: su tabaco ideal".
Ni me encantan las luces estimulantes
de los escaparates o las discotecas.
Me ciega la luz de las estrellas rutilantes
y me aburre la luz de las pantallas,
grandes o pequeñas.
Son todo luces ficticias y vacías,
luces débiles, mortecinas, grotescas,
siniestras, fantasmagóricas,
que se apagan a golpe de moda
y se compran y venden por dinero.
Yo quiero una luz que nunca se apague,
una luz que me encienda el corazón y las entrañas,
y me convierta en una antorcha viva.
Yo busco una luz viva.
"El Señor es mi luz".
Me encanta, Señor, la luz de tu Palabra:
cada palabra es un lucero.
Me cautiva la luz de tus ojos:
anuncian un océano de dicha.
Me puede la luz de tu costado:
es la puerta del paraíso.
Me embriaga la luz de tu Espíritu:
es un sol que enciende y no quema,
un cielo de amores infinitos.
"Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro".
Tu rostro es mi luz
y mi salvación.
Tu rostro es mi encanto
y mi diversión.
Tu rostro es mi manjar y mi canción.
Lo buscaré como la esposa
al amado del alma.
Lo buscaré en la vigilia y en el sueño,
en el trabajo y en el descanso,
en el gozo y en el sufrimiento.
Lo buscaré siempre.
Pero no lo buscaré
en el monte espléndido,
ni cuando andaba sobre el mar.
Lo buscaré mejor
hecho ascua viva de amor en el madero,
ardiendo en la cera de su propia carne,
alimentado con el aceite inextinguible
del Espíritu.
Lo buscaré siempre
en la cruz de cada día:
en los pobres, enfermos y oprimidos,
pequeños luceros escondidos
que iluminan la noche del mundo.
CARITAS
PASTOR DE TU HERMANO
CUARESMA 1986.Págs. 30 ss.)
5.
¿Creemos que podemos decir: Una sola cosa pedí al Señor? (Sal 26,4). Digámoslo, digámoslo si podemos, como podamos, en cuanto podamos. Mirad cuán feliz es el corazón que usa esa fórmula interiormente, allí donde sólo oye aquel a quien se dice; pues muchos dicen fuera lo que no tienen dentro; se glorían en el rostro y no en el corazón. Vea, pues, cada cual cuán feliz es el corazón que dice interiormente, allí donde sabe lo que dice: Una sola cosa pedí al Señor, esa buscaré, ¿Y cuál es? Dice que es una sola cosa o petición. ¿Cuál es? Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida y contemplar los deleites del Señor (Sal 26,4). Esta es la única cosa; pero ¡qué buena! Pondérala frente a muchas otras. Si ya la has saboreado algo, si ya te intriga algo, si ya aprendiste a calentarte con un santo deseo, pésala y compárala con muchas otras cosas, instala la balanza de la justicia, pon en un platillo el oro, la plata, las piedras preciosas, honores, dignidades, potestades, noblezas, alabanzas humanas (¿cuándo las mencionaré todas?), coloca todo el mundo; mira si tienes alguna visión, mira si puedes colocar esas dos realidades, aunque sólo sea para el examen: todo el mundo y el Creador del mundo.
S.
Agustín
Sermón 65 A
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