SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Jn 15,9-17: El fruto que debemos dar: el amor
En el texto anterior a éste, había dicho el Señor: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he puesto para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, a fin de que el Padre os conceda cuanto le pidáis en mi nombre (Jn 15,16). Recordáis que ya hablé sobre esas palabras, cuanto me concedió el Señor. En el texto siguiente, que acabáis de oír, dice: Esto os mando: que os améis los unos a los otros (Jn 15,17). De donde debemos colegir que éste es nuestro fruto, del que dice: Os he elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca; y lo que sigue: a fin de que el Padre os conceda cuanto le pidáis en mi nombre, indica que nos lo dará, si nos amamos mutuamente.
Él mismo nos ha dado este amor mutuo, al elegirnos sin tener fruto alguno, por no ser nosotros los que lo elegimos a él. Y nos ha puesto en condición de ir y dar fruto; es decir, de amarnos mutuamente, cosa que no podemos hacer sin él, de igual manera que el sarmiento no puede dar fruto separado de la vid. El amor es, pues, nuestro fruto que, según el Apóstol, nace de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida (1 Tim 1,5). Con este amor nos amamos unos a otros y amamos a Dios, porque nuestro amor mutuo no sería verdadero sin el amor de Dios. Se ama al prójimo como a sí mismo si se ama a Dios, porque el que no ama a Dios tampoco se ama a sí mismo. De estos dos preceptos del amor penden toda la ley y los profetas. Éste es nuestro fruto. Refiriéndose a este fruto dice: Esto os mando, que os améis los unos a los otros.
Consiguientemente, queriendo el Apóstol recomendar los frutos del Espíritu en contra de las obras de la carne, pone como base el amor. Los frutos del espíritu son el amor; y luego, como manando de esa fuente y en íntima relación con ella, enumera los otros: El gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la castidad (Gál 5,22). Y, en verdad, ¿quién puede tener gozo si no ama el bien del cual se goza? ¿Quién puede tener verdadera paz, si no la tiene en aquel a quien ama de verdad? ¿Quién puede tener longanimidad para permanecer en el bien, sino es por el amor? ¿Quién es benigno si no ama al que socorre? ¿Quién se hace bueno, si no es por el amor? ¿De qué provecho puede ser la fe que no obra por el amor? ¿Qué utilidad puede haber en la mansedumbre si no es gobernada por el amor? ¿Quién huye de lo que puede mancharle si no ama lo que le hace casto? Con razón, pues, encarece el amor el maestro bueno, como si sólo él mereciese ser encarecido, y sin el cual no pueden ser de utilidad los otros bienes ni puede estar separado de los otros bienes que hacen bueno al hombre.
En virtud de ese amor debemos soportar con paciencia el odio del mundo, porque necesariamente ha de odiar a quien sabe que no ama lo que ama él. Nos es de gran consuelo el ejemplo del Señor. Después de haber dicho: Esto es lo que os mando, que os améis los unos a los otros, añadió: Si el mundo os odia, sabed que antes me odió a mí (Jn 15,18). ¿Por qué el miembro quiere ser más que la cabeza? Renuncias a estar en el cuerpo si no quieres sufrir el odio del mundo en compañía de la cabeza. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo que es suyo (Jn 15,19). Esto lo dice a la Iglesia universal, a la que con frecuencia da el nombre de mundo, como en aquel texto: Dios moraba en Cristo para reconciliar consigo al mundo (2 Cor 5,19)... Luego la Iglesia es todo el mundo, y todo el mundo odia a la Iglesia. El mundo odia al mundo: el mundo enemigo de Dios al reconciliado, el condenado al salvado, el manchado al inmaculado.
Comentarios sobre el evangelio de San Juan 87,1-2
De siervos a amigos
Después de habernos encarecido el amor que nos manifestó muriendo por nosotros con aquellas palabras: Nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por sus amigos, Jesús continúa: Vosotros sois mis amigos, si observáis lo que os mando (Lc 15,13-14). ¡Magnífica condescendencia! El siervo no es bueno, si no cumple las órdenes de su señor. Jesús, en cambio, quiso que fuesen sus amigos quienes ejecutasen las obras que prueban la fidelidad de los siervos. Se trata, como dije, de una condescendencia del Señor el dignarse llamar amigos a quienes son sus siervos. Sabéis que es obligación de los siervos ejecutar las órdenes de su señor. Lo prueba el que el Señor increpa en otra parte a los siervos con estas palabras: ¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo? (Lc 6,46). Cuando le llamáis Señor, demostrad lo que decís, cumpliendo lo que os ordena. Luego dirá al siervo obediente: Bien, siervo bueno; porque fuiste fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el gozo de tu Señor (Mt 25,31). De esta manera, el siervo que es bueno, puede ser siervo y amigo.
Prestemos atención a lo que sigue: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. ¿Cómo hemos de entender que el siervo bueno es siervo y amigo si dice: Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su señor? (Jn 15,15). Les da el nombre de amigos y les retira el de siervos; no han de permanecer ambos en la misma persona, sino que uno ha de sustituir al otro. ¿Qué significa esto? ¿Dejamos de ser siervos, cuando cumplimos los mandatos del Señor? ¿Dejamos de ser siervos, cuando somos siervos buenos? ¿Quién osará ir contra la Verdad que dice: Ya no os llamo siervos? Y señala la razón de sus palabras diciendo: Porque, el siervo no sabe lo que hace su señor. ¿Acaso el Señor no confía sus secretos al siervo bueno y fiel? ¿Por qué, pues, dice que el siervo ignora lo que hace su señor? Supongamos que es verdad, que ignora lo que hace su señor; ¿dejará de saber lo que le manda? Pues, si lo ignora, ¿cómo puede servirle? ¿Y cómo puede ser siervo el que no sirve? No obstante, el Señor dice: Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos. ¡Cosa maravillosa! No pudiendo ser siervos sin cumplir los mandatos del Señor, ¿cómo dejaremos de ser siervos cumpliéndolos? Si observando sus mandatos no soy siervo, y si no podré servirlo sino es cumpliendo sus mandatos, quiere decir que si le sirvo dejaré de ser siervo.
Comprendamos esto, hermanos. El Señor nos conceda comprenderlo y haga que realicemos lo que hayamos comprendido. Si sabemos esto, sabremos sin duda lo que hace el Señor, porque sólo el Señor nos hace tales y de esa manera entramos en su amistad. Como hay dos temores que crean dos categorías de temerosos, así hay dos clases de servidumbres, que originan dos tipos de siervos. Hay un temor que es arrojado fuera por la caridad, y hay otro temor casto que permanece por los siglos de los siglos (1 Jn 4,18 y Sal 18,10). Al temor que va reñido con la caridad aludía el Apóstol al decir: No habéis recibido el espíritu de servidumbre para recaer de nuevo bajo el temor (Rom 8,15). Al temor casto se refería al decir: No te engrías; más bien teme (Rom 11,20). En el temor que es excluido por la caridad está la servidumbre excluida también por la caridad, pues ambas cosas juntó el Apóstol cuando dijo: No recibisteis el espíritu de servidumbre para recaer de nuevo bajo el temor. Al decir: Ya no os llamo siervos, porque el siervo ignora lo que hace su Señor pensaba en el siervo sometido a esa servidumbre. No se refiere al siervo que posee el temor casto, al que dirá: Muy bien, siervo bueno, entra en el gozo de tu Señor, sino al que posee el temor que es excluido por la caridad, del que dice en otro lugar: El siervo no permanece por siempre en la casa, pero sí el hijo (Jn 8,35).
Ya que nos dio la facultad de llegar a ser hijos de Dios, (Jn 1,12), seamos hijos y no siervos, a fin de que, de un modo inefable, pero verdadero, los siervos podamos ser no siervos, es decir, siervos con el temor casto, grupo al que pertenece el que entra en el gozo de su señor, y no siervos con el temor que es excluido por la caridad, grupo al que pertenece el que no permanece en la casa por siempre. Para ser siervos, sin ser siervos, sepamos que esto es obra del Señor. Esto lo ignora el siervo que no sabe lo que hace su señor; y, cuando hace él algo bueno, se engríe como si fuera hechura suya y no del Señor, y se gloría en sí mismo y no en el Señor. De este modo, al gloriarse como si no lo hubiera recibido, se engaña a sí mismo (1 Cor 4,7). Nosotros, hermanos amadísimos sepamos que es obra suya, para poder ser amigos del Señor. Él no sólo nos hace hombres, sino también justos: no nos hacemos a nosotros mismos. Y ¿de quién es obra, sino de él mismo, el que sepamos esto? Porque no habéis recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado. Él es quien da todo lo bueno; y como esto es bueno, ciertamente lo da él, para que sepamos de quién procede todo bien y quien quiera gloriarse se gloríe en el Señor.
Comentario sobre el evangelio de San Juan 85