SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

 

1 Jn 5,1-6: Será un único Cristo amándose a sí mismo

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios. ¿Qué significa esto, hermanos? Poco antes hablaba del Hijo de Dios, no de los hijos de Dios. Propuso a nuestra consideración a Cristo solamente, y nos dijo: Todo el que cree que Jesús es Cristo, ha nacido de Dios. Y todo el que ama al que lo engendró, es decir, al Padre, ama al que ha sido engendrado por él, es decir, al Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Y sigue: en esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, lo que equivale a decir: en esto conocemos que amamos al Hijo de Dios. Llamó hijos de Dios a lo que poco antes llamó Hijo de Dios, porque los hijos de Dios son el cuerpo del Hijo único de Dios, y siendo él la Cabeza y nosotros los miembros, sólo hay un Hijo de Dios. Luego quien ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios, y quien ama al Hijo de Dios, ama al Padre. Nadie puede amar al Padre, si no ama al Hijo, y quien ama al Hijo ama también a los hijos de Dios. ¿A qué hijos de Dios? A los miembros del Hijo de Dios. Amando se hace él mismo miembro y por el amor entra a formar parte de la trabazón del cuerpo de Cristo, y será un único Cristo amándose a sí mismo.

El cuerpo se ama a sí mismo cuando los miembros se aman mutuamente. Y si padece un miembro padecen con él todos los demás, y si uno es honrado, gozan con él todos los demás. ¿Cómo sigue? Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,26-27). Poco antes hablaba San Juan sobre la caridad fraterna y decía: Quien no ama al hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? (1 Jn 4,20). ¿No amas a Cristo amando al hermano? ¿Cómo no ha de ser así, si amas a los miembros de Cristo? Pues, mira: cuando amas a los miembros de Cristo, le amas a él; cuando amas a Cristo amas al Hijo de Dios y cuando amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor es indivisible. Elige uno de estos tres amores: le siguen los otros dos. Si dices que amas sólo a Dios Padre, mientes. Si realmente le amas, no le amas solo; si en verdad amas al Padre, amas también al Hijo. Supongamos que dices: «amo al Padre y al Hijo, pero nada más; al Padre que es Dios y al Hijo que es Dios y nuestro Señor Jesucristo, que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, Palabra por quien fueron hechas todas las cosas, Palabra hecha carne que habitó entre nosotros; nada más amo». Mientes. Si amas a la Cabeza, amas también a los miembros, y si no amas a los miembros, tampoco amas a la Cabeza.

¿No oyes con espanto la voz de la Cabeza, que clama desde el cielo en favor de sus miembros diciendo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4). Llamó perseguidor propio a quien perseguía a sus miembros; llamó amador suyo al amador de sus miembros. Ya sabéis, hermanos, quiénes son sus miembros: la misma Iglesia de Dios. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios. ¿Y cómo esto? ¿No son cosa distinta los hijos de Dios y Dios? Pero quien ama a Dios ama sus preceptos. Y ¿cuáles son los preceptos de Dios? Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros (Jn 13,34). Nadie se excuse de tener un amor porque ya tiene otro, pues el amor de Dios es así: como él se centra en la unidad, a todos los amores que dependen de él los hace uno y, como fuego, los funde a todos. Todo amor bueno es oro; al fundirse la masa, resulta una sola cosa; mas para fundirse todos en uno se requiere el fuego de la caridad. Conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios.

Comentario a la 1 Carta de San Juan 10,3