SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Si te fijas en el espacio está lejos; pero si te fijas en el amor está con nosotros
Hoy celebramos la Ascensión del Señor al cielo. No escuchemos en vano las palabras: «Levantemos el corazón», y subamos con él, con corazón íntegro, según lo que enseña el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba donde está sentado Cristo a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-2). La necesidad de obrar seguirá en la tierra; pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo. Aquí la esperanza, allí la realidad. Cuando tengamos la realidad allí, no habrá esperanza ni aquí ni allí; no porque la esperanza carezca de sentido, sino porque dejará de existir ante la presencia de la realidad. Oíd también lo que dijo el Apóstol acerca de la esperanza: Hemos sido salvados en esperanza. Mas la esperanza que se ve no es esperanza, pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Pero si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos (Rom 8,24-25).
Prestad atención a los mismos asuntos humanos y considerad que si alguien espera tomar mujer es porque aún no la tiene. Pues si ya la tiene, ¿qué espera? Se casa efectivamente con la mujer con la que esperaba hacerlo y no esperará ya más tal cosa. La esperanza llega a su término felizmente, cuando se hace presente la realidad. Todo peregrino espera llegar a su patria; hasta que no se vea en ella, seguirá esperándolo; más una vez que haya llegado, dejará de esperarlo. A la esperanza le sucede la realidad. La esperanza llega felizmente a su término cuando se posee lo que se esperaba. Por tanto, amadísimos, acabáis de oír la invitación a levantar el corazón; al mismo corazón se debe el que pensemos en la vida futura. Vivamos santamente aquí para vivir allí.
Ved cuán grande fue la condescendencia de nuestro Señor. Quien nos hizo descendió hasta nosotros, puesto que habíamos caído de él. Mas, para venir a nosotros, él no cayó, sino que descendió. Por tanto, si descendió hasta nosotros, nos elevó. Nuestra Cabeza nos ha elevado ya en su cuerpo; adonde está él le siguen también los miembros, puesto que adonde se ha dirigido antes la Cabeza han de seguirle también los miembros. Él es la Cabeza, nosotros los miembros. Él está en el cielo, nosotros en la tierra. ¿Tan lejos está de nosotros? De ningún modo. Si te fijas en el espacio está lejos; si te fijas en el amor está con nosotros.
En efecto, si él no estuviese con nosotros, no hubiese dicho en el evangelio: Ved que estoy con vosotros hasta la consumación del mundo (Mt 28,28). Si él no está con nosotros mentimos cuando decimos: «El Señor esté con vosotros». Tampoco hubiese gritado desde el cielo cuando Saulo perseguía, no a él, sino a sus santos, a sus siervos, o, para usar un término más familiar, a sus miembros: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4). He aquí que yo estoy en el cielo y tú en la tierra y entre los perseguidores. ¿Por qué dices me? Porque persigues a mis miembros, mediante los cuales, yo estoy aquí. En efecto, si se pisa a alguien el pie, no se calla la lengua. Así, pues, aquel por quien fue hecho el cielo y la tierra descendió a la tierra por aquel que hizo de la tierra y elevó a la tierra de aquí al cielo. Esperemos, por tanto, para el final lo que ya nos ha anticipado él. Él nos dará lo prometido; tenemos esa certeza porque nos dejó una garantía. Escribió el evangelio; nos dará lo prometido. Más es lo que nos ha dado ya. ¿Acaso vamos a pensar que no nos dará la vida futura quien ya nos dio su muerte?... Caminemos confiados hacia esa esperanza porque es veraz quien ha hecho la promesa; pero vivamos de tal manera que podamos decirle con la frente bien alta: «Cumplimos lo que nos mandaste, danos lo que nos prometiste».
Sermón 395
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