FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
-Orientaciones para la celebración.
Terminamos con este domingo las fiestas de Navidad. En la iglesia ha de mantenerse hasta
hoy la decoración navideña. La fuente bautismal ha de estar iluminada y adornada con
flores, con el cirio pascual encendido. Es bueno renovar también las promesas bautismales
después de la homilía, en lugar de recitar la profesión de fe con el Credo. También
sería conveniente celebrar el bautismo en alguna Misa (cf. Ritual, p. 25).
-La gran manifestación.
Las iglesias orientales celebran el bautismo del Señor en la fiesta de la Epifanía. La
iglesia latina ha preferido en esta fiesta leer el evangelio de la adoración de los
magos. Pero, ciertamente la gran Epifanía, tal como consta en los cuatro evangelios, y en
la primitiva predicación de los apóstoles (cf. 2a.lect.), es el bautismo en el Jordán.
Aquí tiene lugar la gran Teofanía que ya anuncia la Pascua. El Padre manifiesta,
proclama, que Jesús es su Hijo, el amado; y el Espíritu desciende del cielo sobre las
aguas como una paloma recordando el fin del antiguo diluvio y el establecimiento de una
Alianza nueva, definitiva.
Fijémonos que todo eso tendrá su plenitud en la Pascua: entonces, en la resurrección, Jesús es declarado Hijo de Dios (cf. Rom 1, 4) y se convierte en emisor del Espíritu (cf. Jn 20, 22).
La Epifanía, celebrada sobre todo en el bautismo del Señor, anticipa la Pascua. Conviene remarcar esta visión sobre todo porque ahora, según la nueva ordenación del año litúrgico, celebramos el bautismo de Cristo el domingo que cierra el ciclo de Navidad. Conviene recordar asimismo que nuestra Pascua empezó el día de nuestro bautismo, porque éste es sepultura y resurrección con Cristo.
Hay que insistir en la valoración del bautismo del Señor como misterio salvador, ya que los fieles occidentales suelen desconocerlo, pues en la liturgia latina nunca se celebraba en domingo y, por esta causa, no se predicaba.
-El Bautismo de Jesús y el nuestro.
Conviene aclarar que el bautismo que recibió Jesús no es el primer sacramento de la
Iglesia que nosotros hemos recibido y que celebramos. Los fieles suelen armarse un lío
con todo eso. Hay que subrayar que el bautismo de Jesús en el Jordán anunció el nuevo
bautismo (cf prefacio de la misa). Efectivamente por el bautismo nosotros somos
incorporados a Cristo, formamos una sola cosa con Él: miembros de su Cuerpo. Sobre
nosotros, pues, baja la voz del Padre: ¡Eres mi hijo! El Espíritu viene también sobre
nosotros y nos pone en el corazón la nueva alianza, el amor de Dios que nos hace
exclamar: ¡Abba!¡Padre! Por eso es apropiado hoy celebrar el bautismo en la misa con la
comunidad reunida, y también renovar las promesas del bautismo después de la homilía
con la profesión de fe bautismal. También es conveniente empezar la misa con la
aspersión con el agua bendita.
-Según Pedro (2a.lect.), el inicio de la vida evangélica de Jesús, el Enviado (Apóstol) del Padre, fue el bautismo en el Jordán. Dios le consagró, le ungió con el Espíritu y Él empezó a "pasar haciendo el bien" por todas partes y liberando a los que vivían oprimidos por el Maligno.
Nuestra vida de enviados del Padre y de Cristo arranca también de la consagración bautismal, de la "unción del Espíritu". En el A.T el ungido es el elegido de Dios, el enviado, el designado para llevar a término una misión salvadora. Por el bautismo y la confirmación (que forman la unidad sacramental básica, juntamente con la eucaristía, de la vida cristiana) nos convertimos en "apóstoles", enviados. Recibimos de Cristo y con Él la misión de pasar haciendo el bien por todas partes.
No hay que olvidar que hoy especialmente, en esta eucaristía dominical, renovamos los sacramentos recibidos: bautismo y confirmación, según las palabras de Pedro en la segunda lectura, y también en el evangelio: la presencia, la unción del Espíritu en el baño bautismal. -El Siervo de Dios, liberador. Como primera lectura leemos un fragmento del primer canto del Siervo de Yahvé. Es un RETRATO MAGNIFICO, para nosotros, los creyentes en Cristo, de LA HUMANIDAD DE JESÚS, enviado del Padre.
Una magnífica introducción, desde el A.T., al misterio de la nueva Alianza que hoy celebramos. El Siervo está totalmente poseído por Dios, quien se ha complacido en él (cf. Mt 3, 17) y le ha dado su Espíritu. El Siervo es el enviado, el ungido, el Mesías por antonomasia. Ha recibido la misión de llevar a término el designio de Yahvé: lo hace con mansedumbre, con humildad, sin gritar. "La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará". Pero permanece firme en su misión: hasta que el designio de Yahvé se haya cumplido. El Siervo-Mesías es el gran liberador: devuelve la vista a los ciegos, la libertad a los presos, saca a la luz a los que vivían en tinieblas.
"Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros" (Jn 20, 21). Los que somos una sola cosa en Cristo por el bautismo-confirmacion- eucaristía participamos de su misión, la continuamos en el mundo. Con humildad, mansedumbre y firmeza hemos de llevar adelante NUESTRA MISIÓN LIBERADORA.
P. LLABRÉS MISA DOMINICAL 1990, nº 1
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