15 HOMILÍAS PARA LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
9-15

9.

TEMA: LA ELECCIÓN .

FIN: Descubrir el sentido que tiene la elección del don de la fe y sus exigencias como servidores del mundo.

DESARROLLO:

1. El bautismo es por parte de Dios una elección.

2. Elegidos al servicio del mundo.

TEXTO:

El modo cómo nosotros hemos recibido al bautismo a los pocos días de nacer, ha llenado de colores folklóricos este sacramento, y el modo como lo vivimos es prácticamente infantil. Dada la pastoral que aún se practica alrededor del bautismo no es fácil que salgamos de esta situación. ¿Cómo podríamos hacer que el bautismo sea para el creyente el acto más serio de su vida? Pero, ¿podemos hacer honradamente la pregunta anterior mientras sigamos bautizando por sistema a los niños? De todas las maneras enfrentémonos hoy ante nosotros, bautizados ya, y tratemos de descubrir y vivir algunas de las exigencias de nuestro bautismo.

1. El bautismo es por parte de Dios una elección gratuita.

El misterio del bautismo está más allá de los elementos, del agua. Estos son signos que manifiestan la elección que Dios hace de este hombre. «Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia El como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 10-11). Esta elección singular de Dios, constituye el verdadero bautismo de Jesús.

A lo largo de nuestra vida de fe hemos padecido una especie de mecanización de los sacramentos. También del bautismo. Hemos estado tan preocupados por los ritos, que nos desentendíamos de lo que ellos significaban. El sacramento del bautismo supone siempre el don de la fe, lo cual, por parte de Dios, lleva consigo una elección del hombre. Pero el don de la fe exige correlativamente su aceptación. Cuando el hombre acepta entrar dentro de la dinámica de esta elección, es creyente. Esta elección, que es salvadora, nos transforma hasta convertirnos en nuevas creaturas, cuyo lugar de reunión es la Iglesia: sacramento y garantía de esta elección de Dios.

El bautismo del agua es un sacramento de la fe que acepta la elección que Dios ha hecho en nosotros y, a la vez, es un rito por el que somos introducidos en la Iglesia, sacramento de los elegidos.

2. Pero la elección bautismal se ha realizado para ponernos al servicio del mundo. La elección que nosotros afirmamos no es una elección excluyente: sabemos que la salvación es universal y que Dios ofrece el don de la fe a todos los hombres. El que tiene conciencia de elegido no lo hace excluyendo a otros, sino afirmando la experiencia que tiene de que él se siente elegido de Dios. Todos hemos de tener bien «claro, que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia sea de la nación que sea» (Hech 10, 34). «No hay acepción de personas en Dios» (Rom 2, 11; Gal 2, 6; I Ped 1, 17). Desde esta perspectiva del Nuevo Testamento tenemos que afirmar que la elección de Dios se extiende a todo hombre, sin distinción de naciones ni de personas.

La elección del bautismo tenemos que entenderla y vivirla como una misión de servicio para todos los hombres, a fin de manifestarles esta elección universal de Dios. El hecho de que se tenga conciencia de elegido, debe ser para cualquier hombre un testimonio de que él está llamado a la misma elección que yo disfruto. Los creyentes testimonian con su vida a todo hombre que ellos también son elegidos de Dios. Este es el servicio del creyente al mundo: revelar el designio de Dios sobre cada persona. Esta es también la misión de la Iglesia en la sociedad: ser servidora, reveladora, del plan de Dios, de su elección. Dios ha elegido a su siervo y ha derramado sobre él su Espíritu, pero para que sirva a las naciones. «Mirad a mi siervo... mi elegido... Sobre El he puesto mi Espíritu, para que traiga el derecho a las naciones» (Is 42, 1-2).

Jesús es el elegido por excelencia y es el servidor de sus hermanos por antonomasia. En El, el Hijo predilecto, todos somos hijos; por El, el Elegido, todos los creyentes hemos descubierto la elección de Dios.

El bautizado o el elegido, es servidor del plan de Dios sobre el mundo, esforzándose por realizarlo. No sólo en la vida individual, sino también en la vida social.

Estamos acostumbrados a vivir el bautismo, como la fe, de un modo intimista, individualista. Creo que ha llegado el momento de que descubramos que el hombre es mucho más que individuo y que lo comunitario es una parte fundamental de nuestra personalidad. Esta visión más amplia y unitaria del ser humano, tiene también graves consecuencias en el compromiso de la fe y del servicio que los creyentes tienen que ofrecer al mundo.

En la sociedad es donde se realiza fundamentalmente la condición del «mundo injusto». La dimensión comunitaria del hombre, con todas sus estructuras de pecado encima, también ha sido elegida por Dios. El servicio de los bautizados al mundo se cifra en hacerle pasar de la injusticia a la justicia, del pecado a la elección, de la maldición a la bendición. El siervo elegido por Dios «no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra» (Is 42, 4). Este servicio tiene en el mismo texto nombres propios, que no nos costaría nada traducirlos a las situaciones de injusticia actuales: «para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas» (Is 42, 7).

Esto supone que el bautizado debe esforzarse por bautizar al mundo, tratando de anegar su injusticia en el mar Rojo de la destrucción (Exod 14), para que emerja de las aguas un cosmos renovado que oiga la voz complacida del Padre: mi hijo, mi elegido, mi preferido (Mc 1, 11).

En esta Eucaristía hacemos el memorial de Cristo, el Elegido, que fue servidor de todos, que pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos del diablo, luchando contra las situaciones de pecado que nos hacen malditos. Su vida es un testimonio de que Dios estaba con El y de que sigue estando con nosotros (Hech 10, 38).

JESUS BURGALETA
HOMILIAS DOMINICALES CICLO B
PPC/MADRID 1972.Págs. 46 ss.


10.

1. Bautismo: agua y tradición

Hoy la liturgia celebra la fiesta del bautismo de Jesús. Esta fiesta, juntamente con Epifanía y Navidad, forman una trilogía, como si hoy concluyera la fiesta navideña. En efecto, al ser bautizado por Juan y recibir el Espíritu, Jesús nace como enviado e hijo de Dios, y comienza su gran manifestación a los hombres. Es como si hoy concluyera el primer tiempo de la vida de Jesús, el tiempo de su preparación y gestación; como si Jesús no pudiera comenzar a predicar cuando él quisiera, sino, como todo profeta, solamente cuando recibiera la llamada de Dios y, como dice el texto de Isaías que hoy hemos escuchado, cuando Dios pusiera sobre él su Espíritu.

Por otra parte es evidente que el bautismo de Jesús es visto por la primitiva Iglesia como el modelo y proto-tipo del bautismo de todo hombre que quisiera entrar a formar parte de la comunidad cristiana.

BAU/SENTIDO:Por lo tanto, comprender el significado de este bautismo y descubrir los elementos que lo integran es exactamente lo mismo que comprender nuestra propia realidad de bautizados.

Pero es aquí donde comienzan nuestros problemas.

Efectivamente, los cuatro evangelistas al unísono tienen especial interés en hacer resaltar el carácter de «bautizado» que tiene Jesús, como si eso le diera algo de fundamental importancia; como si todo el evangelio no pudiera ser comprensible sin este bautismo en las aguas fangosas del Jordán; como si el haberse sometido al rito del Bautista marcara un hito o un corte radical en su vida.

En cambio, para nosotros el bautismo ha resultado ser, después de muchos siglos de cristianismo, un rito tan vulgar y anodino que a nadie se le ocurre pensar que por el hecho de estar bautizado se haya producido algo ni siquiera medianamente importante en su vida. En nuestros países todo el mundo está bautizado... de la misma forma que todo el mundo está anotado en el registro civil.

Posiblemente nos escandalizaríamos si algún vecino nuestro postergara el bautismo de su hijo durante algún año o más tiempo, pero no nos escandalizamos ante el hecho más grave, por cierto, de que estos bautismos no signifiquen más que una tradición que se debe cumplir para que las cosas queden bien hechas. Por lo demás, es como si no hubiera pasado nada o casi nada.

Parece, en efecto, que hemos llegado a elaborar un concepto un tanto mágico sobre el bautismo. Magia y religión suelen tender a unirse, especialmente cuando lo religioso se transforma en una fuerza tradicional que "debe ser cumplida" para que no nos sobrevenga ningún castigo o cosa rara encima.

En lo mágico es típico su carácter irracional, como si los efectos se produjeran debido a cierta fuerza incontrolada que será buena si hacemos el rito, pero que podrá volverse contra nosotros si no accedemos. Es como si en el inconsciente de muchos padres flotara esta pregunta: ¿Qué le pasará al niño o a nosotros si no lo bautizamos? Esta irracionalidad se pone aún más de manifiesto si, por ejemplo, atendemos a este simple detalIe: Jesús recibe el bautismo a los treinta años y, durante los primeros siglos de la Iglesia, la excepción era bautizar a los niños pequeños. La norma general era que el bautismo, después de dos o tres años de catecumenado, fuera administrado cuando el sujeto era plenamente consciente de lo que hacía y estaba dispuesto a vivir conforme a la enseñanza catequética recibida; o sea: como adulto.

Pero existen otros detalles que nos llaman la atención.

El bautismo, como rito purificatorio, existe desde mucho antes del cristianismo, y no sólo se dio entre los judíos, sino en otras culturas, si bien con detalles más o menos particulares. El sumergirse en las aguas de un río como gesto de purificación es algo que aún hoy millones de hinduistas practican en el Ganges. Esto se debe a que el agua tiene un símbolo de lavado o purificación, y de esta manera expresa la actitud interior del hombre que desea extirpar de sí toda mancha de impureza legal o cultual.

Ahora bien, mientras nosotros le damos al agua bautismal un lugar de primerísima importancia, los textos evangélicos tienden a soslayarla, enfatizando que el bautismo nuevo de Cristo es, antes que nada, bautismo en el Espíritu. El agua representa aún lo viejo del judaísmo, es como el nexo entre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Por eso Jesús se hace bautizar en agua por Juan, «para cumplir lo que Dios quiere»; mas inmediatamente después recibe el Espíritu y la voz de Dios lo consagra como su hijo y enviado.

En el bautismo de Jesús no se reniega del rito de Juan, ya que el cambio interior preconizado por el Bautista es el camino en el desierto, que prepara la llegada del Señor; pero se diría que con Jesús se da un paso más adelante: como si el cristianismo fuese algo más que una reforma moral del individuo.

Y ese «algo más» es la acción del Espíritu Santo, don exclusivamente mesiánico y típicamente neotestamentario.

Por lo tanto, no podemos entender el bautismo de Jesús o bautismo cristiano sino desde la perspectiva del Espíritu. En caso contrario estaremos como aquellos discípulos de Éfeso con quienes se encontró Pablo en su tercer viaje misionero, y que, aunque se consideraban "cristianos", no conocían el Espíritu ni habían sido bautizados en él (He 19,1-7).

Sólo ahora llegamos al punto crucial del problema: ¿Qué puede significar este Bautismo en el Espíritu?

2. Bautismo nuevo en el Espíritu

Por desgracia, no tenemos en los escritos del Nuevo Testamento una explicación clara, al menos según nuestro gusto occidental, de todo lo que implica la novedad del bautismo de Jesús en el Espíritu.

Sin embargo, ayudados por todo el contexto evangélico y los textos de Isaías, podríamos llegar a ciertas conclusiones.

a) En primer lugar, no hay duda de que el bautismo representó para Jesús como «ungido de Dios» la consagración para una misión concreta y específica que Dios le encomendaba. Esta misión parece bien resumida en el texto de Isaías que hoy fue leído como primera lectura, texto de gravitación constante en todos los evangelios.

Jesús, en cuanto Mesías o consagrado por Dios en el Espíritu, es enviado a los hombres para realizar la nueva alianza, para ser luz de los pueblos, para liberar a los cautivos, para promover la justicia.

No insistiremos sobre el contenido de estos conceptos, pues ya lo hemos hecho en domingos anteriores. Lo que sí debemos hacer resaltar es que el bautismo en el Espíritu convoca al hombre para una tarea concreta, para una misión de compromiso, que lo define, le da identidad y personalidad.

Antes que un rito, el bautismo es una convocatoria, o si se prefiere, una vocación: el hombre es llamado a realizarse como hombre-en-el-Espíritu porque orienta toda su vida según cierto objetivo claramente expresado en el Evangelio: la liberación total del hombre. BAU/COMPROMISOS: En otras palabras: sin este compromiso no hay bautismo nuevo, aunque el hombre "se arrepienta de sus pecados". Arrepentirse no está mal; pero no es todo. Es, si se quiere, mirar hacia atrás de uno mismo, hacia el pasado. El bautismo es mirar hacia adelante para construir un nuevo proyecto que edifique y desarrolle al hombre.

De la lectura de los evangelios se desprende claramente que Jesús llevó a cabo este proyecto hasta sus últimas consecuencias, hasta morir por él. Precisamente porque estaba bautizado en el Espíritu, su bautismo no terminó cuando se evaporó el agua de su cuerpo, porque el Espíritu es vida, es presencia constante, es fuerza que no se detiene. Para el cristiano lo importante no es ser bueno porque no peca; el cristianismo trasciende esta bondad porque su proyecto es mucho más ambicioso y total. El cristiano no se bautiza sólo para sí mismo, sino para todos los hombres. Está bautizado para la humanidad.

BAU/MU: Por esto Pablo interpreta el bautismo como una muerte. Efectivamente, comprometerse en este plan es arriesgarse a perderse uno mismo para que el proyecto se salve. Y salvándose el proyecto, esta es la paradoja, se salva el propio individuo.

Seguramente que en este momento vienen a nuestra mente muchos textos que rubrican esta afirmación («Si el grano de trigo no muere...» «El que se pierda a si mismo, se salvará...», etc.), como, al mismo tiempo, el testimonio de Jesús y de Pablo, que interpretan su existencia como un morir para que, salvándose otros, se salven ellos mismos.

Ahora no es fácil darnos cuenta de que para llegar a tal bautismo -un dejarse llevar por el Espíritu para la creación del proyecto de una humanidad nueva- no sólo se necesita algo más que un poco de agua y dos padrinos, sino que el bautizado debe ser consciente de aquello a lo que se compromete.

Si esta conciencia no la puede tener cuando niño, es obvio pensar que debe asumirla como adulto. Sólo entonces puede hablarse de un bautismo en el Espíritu...

Hace unos momentos hablábamos de la mentalidad mágica sobre el bautismo. Pues bien, es mentalidad mágica pensar que el solo rito ya lo realiza todo. Si Jesús no recibe el bautismo del Espíritu hasta los treinta años, por algo será. Por lo tanto, no es de extrañar que hoy lleguemos a la conclusión de que nuestro bautismo aún está incompleto, pues el bautismo en el Espíritu se va realizando en el tiempo en la medida en que el hombre se va entregando a la obra de Dios. Podemos decir que nos vamos bautizando de a poco, constantemente, como si nunca pudiéramos tocar fondo en estas aguas en cuyo cauce subyace la energía divina.

b) En segundo lugar, y este es otro tema digno de mayor profundización, el Espíritu representa en los textos evangélicos la llegada del hombre a una nueva manera de interpretar sus relaciones con Dios.

BAUTIZARSE/EN-E:Bautizarse en el Espíritu es acceder a un «culto espiritual» por el cual la madurez religiosa del hombre llega a tal grado, que ya no tienen vigencia el templo, los ritos, la ley y los preceptos.

¿Significa esto la anarquía total? No, simplemente la primacía absoluta del amor interpersonal. Se trata del hombre que ha superado la etapa infantil, en la cual necesitaba «contentar o satisfacer» a Dios con ciertas cosas para obtener a cambio otros tantos beneficios.

Todas las religiones que navegan en esta inmadurez sufren la ansiedad de equilibrar la balanza de pagos entre el hombre y Dios. Hay una preocupación por no desatar las iras del Dios temible en cuyas manos está el premio o el castigo.

¡Qué nueva y agradable nos llega la voz de Dios en el bautismo: "Este es mi hijo, el amado, el predilecto"! En el Nuevo Testamento la relación interpersonal perfecta parece encuadrada en el binomio padre-hijo; no olvidemos que el hijo es el heredero del patrimonio y de la sabiduría paterna de acuerdo con un esquema patriarcal. Por eso a nosotros puede resultarnos chocante que la relación padre-hijo sea el mejor fruto del Espíritu.

También aquí debemos atenernos al espíritu y no a la letra de los textos. Si ese binomio representaba en aquella cultura el "non plus" de una relación interpersonal, saquemos una consecuencia lógica según los cánones de nuestra cultura. El bautismo en el Espíritu inaugura una nueva etapa en la que Dios y el hombre se relacionan como un par de amigos, de enamorados, etc. El mismo Nuevo Testamento alude también a estas metáforas en más de una oportunidad, subrayando siempre el final del ciclo sometedor-sometido, superior-inferior, jefe-súbdito, etcétera.

Si así han de ser las relaciones Dios-hombre, podemos ahora hacernos la otra pregunta: ¿Cómo serán las relaciones dentro de la misma comunidad cristiana o Iglesia? No es difícil adivinar la respuesta... Lo que sí nos puede ser difícil es imaginar una comunidad cristiana en el Espíritu en la cual las relaciones entre todos los miembros, laicos y jerarquía, reflejen el tipo de relaciones Dios- hombre.

Que esta tarea no es fácil lo confirma el recuerdo de un solo hecho: las discusiones de los apóstoles en la última cena por el primer puesto, y la respuesta tajante que recibieron de Jesús.

Concluyamos

Hablar del bautismo en el Espíritu es replantearnos toda nuestra fe cristiana, la vida de nuestra comunidad, el acontecer de la Iglesia universal, nuestra relación con la comunidad humana, la tarea pastoral, etc.

Ahora nos damos cuenta de por qué los evangelistas le dan tanta importancia en la vida de Jesús. Sin el bautismo en el Espíritu, el cristianismo no tiene razón de ser, porque de cosas viejas ya está lleno el mundo...

SANTOS BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B.1º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 158 ss.


11.

El tema que da unidad a los textos de hoy no es tanto el acto del bautismo como la unión entre agua y salvación. El agua es el símbolo de la gracia gratuitamente otorgada, purificante y refrescante a la vez.

1. Agua y Espíritu.

En el evangelio de hoy se describe el bautismo del Señor: el cielo se rasga tras su participación obediente en el bautismo con agua al final de la Antigua Alianza, el Espíritu desciende sobre el bautizado y el Padre declara que Jesús es su Hijo amado, su preferido, arquetipo de todos los cristianos que recibirán después el bautismo: todos ellos recibirán el Espíritu de lo alto y nacerán a una nueva vida como hijos de Dios. El agua terrenal no se convertirá por ello en algo superfluo, sino que quedará integrado en el acontecimiento trinitario del bautismo de Jesús. Lo que hasta ahora era un símbolo, se convertirá en lo sucesivo en parte de un sacramento, e incluso en una parte indispensable para todo el que quiera «nacer del agua y el Espíritu» (Jn 3,5) para participar en la vida divina. Esto es así porque el Hijo hecho hombre se sumerge en la historia de la salvación e integra los antiguos signos de esta historia -como la travesía salvífica del arca de Noé por en medio del agua del diluvio (1 P 3,2Os), el paso de los israelitas a través del Mar Rojo (1 Co 10,1-2) y finalmente el bautismo de Juan- en el nuevo acontecimiento salvífico de la Trinidad divina.

2. Agua gratis.

En la primera lectura el agua se convierte anticipadamente en imagen de la gracia dispensada desde lo alto, sin la que tanto la tierra como el corazón sediento del hombre se quedarían resecos. «Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero». Todo lo que se compra con dinero «no alimenta» ni «da hartura». Con Dios no hay trueque que valga, simplemente hay que aceptar sus dones, que se comparan a la «lluvia» que baja del cielo y sin la que nada germina ni da pan sobre la tierra (v. 10). Sólo lo que ha sido impregnado por Dios es capaz de restituir a Dios, en la lluvia enviada por él, el fruto deseado: en la palabra de Dios podemos hablarle, en su Espíritu podemos renacer para él.

3. Agua y sangre.

Pero la segunda lectura no se conforma con «Espíritu y agua», sino que necesita como tercer elemento la sangre, esa sangre que junto con el agua fluye del costado traspasado de Cristo. Jesús, que en el bautismo es reconocido por el Padre como su Hijo amado y preferido, es también el elegido para la cruz, el que tendrá que cumplir en ella toda la voluntad del Dios trinitario. Ahora los «tres: El Espíritu, el agua y la sangre» se han convertido en un único «testimonio de su Hijo». Todo bautizado tiene que comprender que debe su filiación divina a esta unidad de agua y sangre de Cristo; el que entra en la vida de Cristo con el bautismo, tendrá que acompañarle de alguna manera hasta el final, para dar testimonio «junto con el Espíritu» (Jn 15,26-27) de la fe en Cristo.

HANS URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 131 s.


12.

Jesús se manifiesta Hijo de Dios viviendo a fondo, solidariamente, la condición humana

-Jesús empieza su misión en el mundo, viene a mostrar ya en su palabra y su actuaci6n cuál es el mensaje que Dios quiere ofrecer a los hombres. ¿Cómo se realiza esta misión? ¿Cómo nos presenta Jesús el mensaje de Dios? Juan el Bautista, el profeta de la conversión, predicaba e invitaba a la gente a bautizarse como signo de que quería purificarse, cambiar de estilo de vida, seguir un camino de fidelidad al Señor. Y un amplio movimiento de gente, de israelitas deseosos de vida nueva, de hombres dispuestos a estar preparados para recibir la salvación de Dios, va a escuchar al Bautista, va a recibir el bautismo de sus manos. Es un reconocimiento colectivo, masivo, de la situación de mal y de pecado en la que los hombres vivimos. Es una afirmación colectiva de la voluntad de superar ese mal y ese pecado.

Y ahí, en medio de este movimiento, aparece Jesús. Y ¿qué hace, entonces? No, no empieza de buenas a primeras a predicar y a anunciar su Buena Nueva. No. Va, se pone en la fila de los pecadores, y recibe aquel bautismo de reconocimiento del pecado y de deseo de cambio. Se pone en aquella fila, y así se muestra solidario de todos los hombres marcados por este mal y este pecado. El no es uno que viene de fuera para decirnos lo que hay que hacer, sino que es alguien que asume, que hace suyo, todo lo que es la vida de los hombres: el mal, el pecado, el dolor, la limitación. Y así, asumiéndolo, haciéndolo suyo, abre la posibilidad de un camino nuevo, de un camino purificado y liberado.

-Será en este momento, recibiendo este bautismo de conversión, cuando se podrá reconocer la presencia del Espíritu Santo sobre él y la palabra del Padre: "Tú eres mi Hijo amado, mi preferido".

Sí, este es el Hijo de Dios, lleno del Espíritu Santo. Este que se hace solidario del pecado del mundo y se une al camino de todos los que quieren luchar y hacerlo desaparecer. Este que convierte toda su vida, como dice san Pedro, en un "pasar haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo". Este que, como dice Isaías, "promoverá fielmente el derecho, no se quebrará ni vacilará hasta implantar el derecho en la tierra", pero lo hará desde dentro, desde la pobreza de la condición humana, sin valerse de ningún poder más allá del amor y del esfuerzo constante: "No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará".

Y así, asumiendo totalmente nuestra condición humana, ese Jesús que contemplamos bautizado en las aguas del Jordán nos manifestará el camino de Dios, nos mostrará quién es Dios y hacia dónde quiere conducirnos Dios. Aquí, dice san Pedro, aquí, en este momento en que él se apunta a la fila de los pecadores y se muestra totalmente hombre como nosotros, podemos decir que "Dios lo ungió con la fuerza del Espíritu Santo". Y será -prosigue san Pedro- a través de su acción en el mundo, haciendo el bien y liberando del diablo -liberando del mal-, cuando nosotros nos daremos cuenta de que "Dios estaba con él", Dios estaba plenamente con él.

Este es Jesús de Nazaret, nuestro Señor, nuestro Mesías, nuestro Guía. El, entrando en el agua del Jordán, ha comenzado la liberación del mal y del pecado para todos los que quieren seguirle. El, bautizado por Juan, abre un camino de fidelidad a la tierra y a los hombres que es por eso mismo de fidelidad a Dios. Un camino que lo llevará hasta la cruz. Y allí, en la cruz, por la resurrección, se manifestará de nuevo, y definitivamente, que Dios se nos revela viviendo hasta el fondo la vida de los hombres con toda su carga de pecado y de mal. Y que así nos salva. Así nos llena de su mismo Espíritu y nos hace hijos suyos. Nosotros, los creyentes, hemos reconocido a Jesucristo como el Hijo amado de Dios, y por la fe y el bautismo nos hemos incorporado a su camino, a su vida plena. Una vida que se hace realidad ahora, cada día, en nuestra condición humana.

J. LLIGADAS Págs. 13-15


13.

Nexo entre las lecturas

En el bautismo de Jesús, como en todo bautismo, el agua ocupa el puesto central (evangelio). En el banquete de alianza entre Dios y los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua, al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en su primera carta nos dice que "Jesucristo vino por agua y sangre" y que "tres son los que dan testimonio de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo" (segunda lectura). En el evangelio, después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. El agua es la realidad más presente en todos los textos, el agua con toda su riqueza simbólica y con los demás elementos que la acompañan y completan.


Mensaje doctrinal

1. El hombre, sediento de Dios. El hombre es un ser naturalmente sediento: sediento de gozo y felicidad, sediento de justicia y de paz, sediento de eternidad, sediento de Dios. "El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha de no cesar de buscar" (CIC 27). Esta sed de Dios nadie la puede apagar, si no es el mismo Dios. Por eso, Dios, a través de Isaías, invita y exhorta a los hombres: "Venid por agua todos los sedientos... prestad atención, venid a mí; escuchadme y viviréis" (primera lectura).

2. El agua y Jesús. El agua que apaga la sed del hombre es el agua del bautismo. Jesús, prototipo de todo ser humano, quiso sumergirse en esas aguas de purificación, no por ser él pecador, sino por haber cargado con el pecado del mundo. En las aguas del Jordán, en las que Cristo se sumergió, la humanidad entera se sumergió en él y con él, y quedó purificada de su pecado. Jesucristo, el Santo de Dios, además santificó las aguas del Jordán, y así la sed de santidad que todo hombre tiene comienza a satisfacerse con el agua del bautismo y busca apagarse con el agua del Espíritu, a través de una existencia espiritual, es decir, guiada y promovida por el Espíritu de Dios.

3. El agua y la sangre. ¿Basta el agua para apagar la sed? En la existencia cristiana se añade la sangre, esa sangre que, junto con el agua, brotó del costado de Cristo (Jn. 19, 34). Del costado de Cristo, atravesado por una lanza, manaron, nos dirán los Padres de la Iglesia, dos sacramentos: el bautismo y la eucaristía. Ellos forman, junto con la confirmación, los sacramentos de la iniciación cristiana. Ahora ya no sólo el hombre tiene sed de Dios, sino que tiene sed del Dios, revelado en Jesucristo, "imagen perfecta de su ser" (Heb 1,3). "Bebed todos de ella (la copa), porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" (Mt 26, 28).

4. El agua, la sangre y el Espíritu. "Los tres están de acuerdo" (segunda lectura). ¿En qué consiste este acuerdo? En revelar el amor de Dios, que se nos ha hecho visible en Cristo Jesús. En efecto, el agua (bautismo de Jesús) y la sangre (crucifixión de Jesús) manifiestan que la humanidad de Jesús es una humanidad como la nuestra, contra toda idealización platónica o toda manipulación gnóstica. El Espíritu, por su parte, que viene del cielo, revela que ese Jesús, enteramente hombre, es el Hijo en que Dios tiene todas sus complacencias. ¿En qué consiste este acuerdo? Consiste además en que el Espíritu es quien da eficacia al agua para purificar del pecado y a la sangre para saciar la sed de redención. "El Misterio de salvación se hace presente en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo" (CIC 1111) y "la misión del Espíritu Santo es hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo con su poder transformador" (CIC 1112).


Sugerencias personales

1. La espiritualidad bautismal. Por el bautismo, el cristiano se ha revestido de Cristo, imagen y prototipo del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, y tiene delante de sí la tarea de hacerlo crecer hasta la plena madurez interior. La verdadera novedad abarca a todo el hombre, pero radica especialmente en el corazón, un corazón nuevo capaz de conocer, amar y servir a Dios con espíritu filial, y de amar a los hombres y a las cosas de Dios. Esta es la tarea inaplazable, fundamental y permanente de toda vida cristiana, en cualquier estado, en cualquier época y en cualquier situación.

A partir de este nuevo modo de ser, vivido conscientemente por acción del Espíritu Santo, el hombre nuevo imprime a su vida un dinamismo interior orientado a desarrollar los rasgos de su conducta religiosa y moral, en conformidad con su modelo Jesucristo, y mediante la purificación incesante de sus pasiones desordenadas de sensualidad y soberbia.

2. La construcción, día tras día, de este hombre nuevo constituye el objetivo primordial de la vida cristiana y del apostolado en la Iglesia. De aquí que sea necesario meditar asiduamente en la riqueza y hondura del don del bautismo y del compromiso que conlleva, una meditación tanto individual como comunitaria. Porque "todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo bautismo", ya que éste le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales; le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo; le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales (CIC 1266). ¿Tenemos los cristianos suficiente conciencia de la espiritualidad bautismal? ¿Qué puedo hacer para desarrollar esta espiritualidad en mí mismo y en mis hermanos?

P. Octavio Ortiz


14.

3-7.vv. 7-8 Y proclamaba: «Llega detrás de mí el que es mas fuerte que yo, y yo no soy quién para agacharme y desatarle la correa de las sandalias. Yo os he bauti­zado en agua, él os bautizará con Espíritu Santo».

Juan no se considera protagonista, anuncia la llegada de otro supe­rior a él, que el lector identifica con Jesús. Será superior a él en fuerza, pues poseerá la plenitud del Espíritu; también en su misión, que consis­tirá en fundar un nuevo pueblo, una sociedad nueva (nueva alianza), pues el papel de Esposo, propio de Dios en el AT (Os 2,4ss; Is 54,62; Jr 2; Ez 10), corresponde ahora a Jesús (cf. 2,19s); así lo supone la frase no soy quién para... desatarle la correa de las sandalias, que alude a la ley judía del levirato: quitar la sandalia significaba apropiarse del dere­cho de esposo (cf. Rut 3,5-11). La actividad del Mesías consiste en infun­dir el Espíritu (cf. Is 44,3-5; Ez 36,26-28), que potencia y consagra al hom­bre (Santo/ santificador): el hombre nuevo será el fundamento y el artífice de la nueva sociedad, etapa terrena del reino de Dios.


v. 9 Sucedió que en aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea, y Juan lo bautizó en el Jordán.

En aquellos días es una fórmula usada por los profetas para anunciar la nueva alianza Jr 31,31.33) o la efusión del Espíritu (Jl 3,2), señalando la época del cumplimiento de las promesas. Mc presenta a Jesús, el pro­tagonista del evangelio: llega de Nazaret, un pueblo perdido de la región más nacionalista de Galilea.

Con su bautismo manifiesta Jesús su apoyo al movimiento suscitado por Juan y a su exhortación al cambio de vida, mostrando su compromi­so por la eliminación de la injusticia. Su bautismo, sin embargo, no signi­fica, como el de la multitud, una muerte al pasado (no hay confesión de pecados), sino un compromiso de entrega por el bien de la humanidad, que incluye la disposición a dar la vida por procurarlo (cf. 10,38s).


v. 10 Inmediatamente, mientras salía del agua, vio rasgarse el cielo y al Espí­ritu bajar como paloma hasta él.

El compromiso de Jesús, expresión de su amor sin medida a la humanidad, provoca inmediatamente una respuesta celeste, que el evan­gelista describe con rasgos figurados. Ante todo, se rompe la frontera entre el mundo divino y el humano y, en la persona de Jesús, se estable­ce la plena y permanente comunicación entre Dios y el hombre (rasgarse el cielo).

Dios comunica a Jesús la plenitud de su vida/fuerza, el Espíritu, que constituye la unción mesiánica (cf. Is 11,9s; 42,1-4; 61, ls). La paloma remi­te a la primera creación (Gn 1,2: «el Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas»): el Espíritu termina la creación llevando a Jesús a la plenitud humana al conferirle la condición divina: el Mesías ungido es el Hom­bre-Dios.

La experiencia interna de Jesús se formula de dos maneras: en térmi­nos de visión (vio al Espíritu...) y en términos de audición (11: una voz del cielo).


11 Hubo una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, en ti he puesto mi favor.

La voz del cielo explicita los efectos de la bajada del Espíritu: declara a Jesús «el Hijo de Dios», es decir, el rey Mesías (cf. Sal 2,7), «el amado», como el nuevo Isaac, cuya entrega acepta el Padre (cf. Gn 22,2), y el que es objeto del favor divino (en ti he puesto mi favor), como se dijo en otro tiempo del Servidor de Dios (Is 42,1), con misión universal (Is 49,1-13), que daba su vida para realizarla (Is 50,4-9; 51,1-8; 52,13-53,12).

La escena describe así la investidura mesiánica de Jesús, pero es la de un Mesías muy diferente del «hijo sucesor de David» esperado por el pueblo judío (10,47s; 11,9s; 12,35-37). Ha llegado el que es más fuerte que Juan (1,7).

Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por Jesús Peláez)


3-8.El Evangelio, tomado hoy de Marcos, nos presenta la escena del bautismo de Jesús en el Jordán. Dos de los testigos mencionados en la 1ª lectura están presentes también aquí: son el agua del bautismo y el Espíritu de Dios que baja sobre Jesús con toda su potencia sutil, como el aletear de una paloma. El Bautista confiesa humildemente su testimonio de que Jesús es más poderoso y de que no es digno de desatarle la correa de las sandalias. Y, en contraste con el testimonio de Juan, la voz celeste, que no es otra que la voz de Dios, declara que el humilde campesino de Galilea es su Hijo amado, su predilecto. Este Jesús humilde y divino, cuyo nacimiento celebramos con tanta pompa en estos días, cuando están a punto de cumplirse 2000 años de su historia, es el objeto de la fe que nos encarece Juan en la 1ª lectura. Él trae la vida eterna a este mundo de muerte, la paz a la guerra, el amor que acalla el odio. Si nos tomamos en serio sus palabras y si seguimos su camino.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


15. Por, Neptalí Díaz Villán CSsR

JESÚS, EL HIJO MUY AMADO

“Graduarse” en la escuela del Bautista, fue para Jesús el punto de partida para su ministerio. Podríamos decir que allí terminó su formación pre-ministerial, ya que fue después del bautismo cuando Jesús inició su vida pública. (Vale esto también, para recordar que en el trabajo evangelizador, además de fe y entrega por la obra del Señor, se necesita una formación sólida en distintas disciplinas).

Los evangelistas presentan al Bautista en el desierto y en el río Jordán, aludiendo a Elías, el precursor de los profetas (2Re 1,6-7). Con una vida muy austera, propia de los verdaderos profetas, vestido con un manto hecho de piel de camello, y alimentado con langostas y miel silvestre. Muy ubicado en su historia; con una madurez humana digna de admirar y una humildad tal, que le permitió reconocer en Jesús, algo más grande que él, indigno de desatarle las sandalias.

El Bautista no compitió con Jesús, comprendió que los dos eran parte del gran proyecto de salvación para el ser humano y no desperdició su vida creyéndose el protagonista central. (No pensó, como piensan algunos personajes de nuestro panorama mundial con delirios mesiánicos, que son el ombligo del mundo, que con ellos empieza la historia y sin ellos estaríamos perdidos). Supo cuándo actuar y cuándo retirarse para darle campo a otro, sin esa competencia desleal que se ve en nuestro mundo y algunas veces también en nuestras comunidades cristianas, animadas por deseos de sobresalir por encima de los demás.

Reconocer en Jesús alguien más grande que él no lo llevó a infravalorar lo propio. Supo que su bautismo tenía sentido porque era de conversión, pero el de Jesús iba más allá porque era del Espíritu Santo. (Mt 28,19 complementa y dice que es en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tal como lo tenemos ahora en la Iglesia).

Desde Nazaret fue Jesús en busca del Bautista. Hizo fila entre los que buscaban el perdón de los pecados, un alivio a sus dolores y salidas para sus muchos problemas. El nazareno hizo parte de los que estaban ansiosos por la liberación de su pueblo, con la esperanza de un Mesías que los salvara de todo tipo de esclavitud. La escuela del Bautista y su bautismo fueron las pinceladas finales en la formación de Jesús, para descubrir que tenía una misión especial en el mundo. El bautismo no es punto de llegada, como muchos en la actualidad lo ven, llevando una religiosidad mediocre, cumplidora y conformista; el bautismo es punto de partida para todo un camino con un compromiso a realizar.

En el bautismo de Jesús se hizo presente el Espíritu que lo acompañó toda su vida y fue el móvil de todos sus actos, y el Padre que lo declaró su Hijo muy amado en el que se complacía.

Jesús fue un Hijo que experimentó el amor. El Amor del Padre Dios manifestado primero en sus padres y luego de todas las personas con las que creció y compartió su vida, le permitió como dice Lucas, crecer en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 2,52). El amor es más importante de lo que nosotros pensamos. La falta de afecto sobre todo en la etapa de formación, trae consecuencias muy graves. Mucha gente vive llena de frustraciones, odios, rencores por su fría formación o en el extremo, cargada de violencia y agresividad.

John Watson[1], un reconocido investigador del siglo pasado, aseguraba que el afecto paternal debía ser dosificado para no maleducar a los hijos: “nunca los abrace ni los bese y tampoco los deje sentar en su regazo”. Pero no podemos quedarnos con eso porque hoy sabemos que por la frialdad en las relaciones muchas personas carguen una pesada cruz que no les permite desarrollarse plenamente. Como la canción del gusanito: “nadie me quiere todos me odian, me voy a comer un gusano. Le quito la cabeza, le quito las paticas y uchchchc qué rico gusano…”.

Un estudio publicado en la revista Proceedings of the national academies encontró que en los primeros años de vida el contacto de los bebes con sus padres es vital para su desarrollo afectivo posterior, carecer de él trae consecuencia muy negativas. Esto no quiere decir que en una persona maltratada o con una infancia dolorosa, todo esté perdido. Pero, como dijeron los investigadores: “esta es una ventana para entender la base biológica por la cual suceden estos problemas y cómo podríamos atacarlos”.

Jesús fue antes que todo, el Hijo muy Amado. La vivencia del amor fue lo que le permitió a Jesús adquirir su capacidad de Amar, de perdonar, de sanar, de reclamar y de enfrentar la injusticia, de construir comunidad de discípulos y discípulas con una única norma suprema: el amor. En toda la vida y obra de Jesús, en su compromiso con el ser humano, especialmente con los pobres y excluidos de la sociedad transparentó el amor de Dios. Todo fue motivado por el Espíritu Santo que es el amor de complacencia.

Jesús, y ahora la ciencia lo confirma, nos ayuda a reconocer que el mejor estímulo, la mejor medicina y el mejor impulso para vivir es el amor. Que el mejor sentimiento por el que vale la pena luchar y entregarse, es el amor. Que sin amor nada somos y con amor todo se puede aún cosas inalcanzables para la razón, porque como dijo Anthony de Saint Exupery: “el corazón tiene razones que la razón no alcanza”.

Nosotros tenemos la oportunidad de abrirnos al amor de Dios manifestado en las personas y en la intimidad con Él. No dejemos pasar la oportunidad para brindar amor a nuestros hijos, a nuestros familiares, a los hermanos en la fe y a toda la humanidad. Dejémonos amar y demos amor, que en últimas ahí encontraremos el sentido de la vida. Si el amor es el motor de toda nuestra vida lo demás vendrá como consecuencia de ello. Entonces agradaremos al Padre tal como lo hizo Jesús, el Hijo muy amado en el que el Padre Dios encuentra toda su complacencia, porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8).


Oraciones de los fieles

1. Por la Iglesia, extendida por el mundo: para que nunca desfallezca en su misión de predicar y bautizar en todas las partes del mundo. Roguemos al Señor.

2. Por el Papa N., nuestro obispo N. y los demás obispos: para que Dios los visite con su gracia, los ilumine y les dé fuerzas. Roguemos al Señor.

3. Por los padres de familias: para que como los primeros educadores en la fe, den buen ejemplo a sus hijos. Roguemos al Señor.

4. Por todos los que estamos reunidos en el Señor: para que Dios nos conceda perseverar en la fe, y creer siempre en el amor. Roguemos al Señor.

5. Por el progreso espiritual y material de todos los pueblos: para que todos tengan escuelas, hogar y el pan de cada día. Roguemos al Señor.


Exhortación Final

Padre nuestro, en este día en que celebramos
El bautismo de Jesús y nuestro propio bautismo en el Espíritu,
Te pedimos el coraje que nos es indispensable para confesar
a Cristo como Señor de nuestras vidas, para ser cristianos,
para poder rezar el padrenuestro y abrirnos al amor fraterno,
para ser miembros conscientes y adultos de tu pueblo, la Iglesia
a fin de que el mundo vea el testimonio de nuestra fe y conducta,
para derretir nuestro hielo y llenar nuestro vacío interior,
para vencer el pecado con la fuerza de tu amor en el corazón,
para vivir, en fin, la moral cristiana con talantes de hijos tuyos
y como Ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús

Amén