En la solemnidad de San JoséDios le confió sus tesoros más preciosos |
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Dolores
y gozos de san José |
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Dios
hace cuanto le pide |
![]() Huida a Egipto.Fra Angélico |
| Patrono
de la Iglesia de nuestro tiempo En tiempos difíciles para la Iglesia, Pio IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró Patrono de la Iglesia católica. El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias. ¿Cuáles son los motivos para la confianza? León XIII los expone así: «Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre nutricio de Jesús (...) José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagada Familia (...) Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo». Deseo vivamente que el presente recuerdo de la figura de san José renueve también en nosotros la intensidad de la oración que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle. Esta plegaria, y la misma figura de José, adquieren una renovada actualidad para la Iglesia de nuestro tiempo, en relación con el nuevo milenio cristiano. Encomendándonos a la protección de aquel a quien Dios mismo confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes, aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la economía de la salvación. Que san José sea para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes viven el trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida contemplativa, así como a las llamadas al apostolado. Juan Pablo II. De Redemptoris Custos (1989) |
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