PRIMERA LECTURA
El pueblo liberado de una servidumbre tropieza al paso siguiente con otra, también primaria: sed y carencia de todo en el desierto. El acosante «¿está Dios con nosotros?» pide siempre más pruebas. Pruebas no hay, pero sí señales que orientan hacia Dios: un testigo que muestra, un agua para la sed. Pero la sed de infinitud sigue siempre sin saciarse. La prueba definitiva y el agua que sacia enteramente es Dios mismo para el que está hacia él (Jn 4,13s).
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Lectura
del libro del Exodo 17,3-7.
En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
-¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?
Clamó Moisés al Señor y dijo:
-¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.
Respondió el Señor a Moisés:
-Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel.
Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?
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