Morir

¿Qué es morir?

Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero,

si él mismo se pierde o se arruina?

Lucas 9,25

Este verbo sólo puede predicarlo bien un santo; sólo uno que sea mártir, pastor y profeta; uno que reúna en sí al sabio, al amigo y al poeta.

La muerte, la “hermana muerte”, que decía San Francisco… sólo la muerte da su rasgo definitivo a la vida. Sólo la muerte hace santos. Sólo la muerte hace réprobos. Es ella esa pincelada que da su sentido al cuadro; aquella cadencia que, oculta ya en la sinfonía, de pronto surge y, en un instante y por un instante, es señora.

No importa cuánto la conozcamos, será siempre una pregunta.

No importa cuánto la aceptemos, siempre se llevará algo que queríamos retener y dejará algo que queríamos llevar.

No importa que parezca lejana, está demasiado cerca.

No importa qué hayamos hecho, su aspecto tendrá siempre algo de condena y algo de indulgencia.

No importa cuánto tarde, llegará de pronto.

No importa si tarda en saludarte: no ha dejado de caminar hacia ti desde que te oyó nacer.

Yo debo ceder la palabra y sentarme como todos a escuchar. Ante la muerte todos somos discípulos. Por eso me acojo a la enseñanza de un santo —así lo cree mi alma—, cuya causa de beatificación felizmente ha sido ya introducida; un hombre que llevó sobre sí el peso de la Iglesia. Es Pablo VI quien nos habla, o mejor, quien habla a Jesucristo en esta meditación[1]:

“Tu rostro, Señor,
está grave y tranquilo:
pero ¡qué violencia padece tu corazón!

“Para ti, que conoces en su esencia
las razones de la verdad y de la justicia,
no podía haber contradicción más cruel
que la condena de la vida a muerte
¡Tú eres la Vida, Cristo!.

“Enséñame, Señor,
la virtud de la aceptación,
la fuerza de una sabia pasividad,
el valor del abandono total
en el cumplimiento de los designios divinos,
aunque los indiquen
la iniquidad humana
y la ciega desventura.

“Gracias, Señor,
por tu piadosa solidaridad
con nuestra miseria:
gracias, Señor,
por haber hecho de tu quebranto
una fuente de expiación y de salud.

“Que yo oiga como dirigidas a mí
las palabras de San Agustín:
“La fuerza de Cristo te ha creado,
la debilidad de Cristo te ha redimido.”

“Tu rostro me parece austero, Jesús:
embargado como está por el único deber,
por el único amor: la voluntad del Padre.

“Gran cosa será llorar y sufrir contigo;
tal es el destino sublime de las almas humildes y piadosas
que, de la compasión con el Hombre-Dios,
hacen su arcana y humilde filosofía,
a la que la más lúcida y orgullosa sabiduría
debe tributar homenaje
para no permanecer muda
sobre el angustioso e inmenso problema
del sufrimiento humano.

“Gracias, Señor,
por habernos entregado tu afligida figura,
abriendo así la contemplación
de tu bienaventurada y beatificante pasión.

“Y sin embargo,
tú estás solo:
porque solo está el que sufre;
incomunicable es el dolor,
tu dolor, especialmente,
Cristo.

“Así sufriste también esta pena,
más pesada que las otras:
la soledad en medio de la multitud,
el aislamiento en medio de las gentes.

“Pero tú, que no necesitas de nadie,
concede que alguno,
yo mismo, si lo permites,
te asista y te comprenda,
y comulgando en tu pasión
comulgue en tu redención.

“Señor,
escucho estremecido tus inspiradas palabras,
que revelan la solemne grandeza
de tu alma.

“Tú piensas más en el dolor ajeno
que en el tuyo presente.

“Tú muestras cuánto más infeliz
es la condición del culpable
que la del sufriente.

“Tú despiertas de nuevo
las almas
del sopor a la conciencia,
y las conduces con amenazas
y con bondad sin par
de la compasión humana
al temor divino.

“Así mientras se apaga
tu cansada y fatídica palabra,
se enciende en nosotros
la vigilante visión
de la ira futura.

“Yo buscaré, Señor,
un consuelo supremo
en tu inefable aflicción.
Ella me da testimonio
de que tú experimentaste
el cansancio supremo de los miembros quebrantados
y te curvaste sobre la tierra
para tenderte al lado
de nuestra desesperada derrota.

“Cristo,
lo has dado todo,
lo has inmolado todo,
incluso tu dignidad,
para mostrarte cuál eres,
víctima sin reservas y sin refugio.

“Única reserva y refugio
es tu conciencia,
santuario de infinita pena
y de infinita fortaleza:
por eso rehúsas, Jesús,
la bebida narcótica que te presentan,
mientras bebes, Salvador,
tu caliz sin nombre,
hasta el fondo de la humillación,
de la vergüenza y del dolor.

“Locura extrema de bondad divina,
eso es tu corazón.

“En el momento fatal de tu muerte,
querría, Jesús, comprenderlo todo:
la violencia de la hora señalada en los siglos,
la fortuna inefable que de allí brota;
la desolación incomparable del mundo
que tiembla y se oscurece,
y el ininterrumpido coloquio de tu espíritu
que cruza hacia el Padre;
la experiencia más evidente y dolorosa
de nuestra ruina en la tuya,
la incipiente esperanza
de nuestra salvación en la tuya.

“En verdad, tú eres el Hijo de Dios:
ten piedad de mí.”

Preguntas para el diálogo

1.    ¿Qué piensas de la muerte?

2.    ¿A que clase de muerte le tienes miedo?

3.    ¿Cómo te gustaría morir?

4.    ¿Dónde quisieras morirte?

5.    ¿Qué cosas quieres hacer antes de morir?

6.    ¿Preferirías que no existiera la muerte? Explica.

7.    ¿Alguna muerte ha afectado tu vida? De qué manera?

8.    En sentido figurado, ¿qué sería “tu muerte”?

9.    ¿Morirías por alguién? Comenta si deseas.

10.¿A la hora de tu muerte a quién querrías tener cerca?

11.¿En el momento de tu muerte que le ofrecerías y encomendarías a Dios?

Oración

Salmo 16
Junto a ti tendré felicidad perpetua.

 1         Protégeme, oh Dios, que me refugio en ti.
 2         Yo te he dicho: Tú eres mi Señor,
                        mi dicha no está en otro sino en ti.

 3         Tus consagrados son mi amable compañía,
                        en ellos tengo gran complacencia.
4          Los que sirven a otros dioses tendrán mucho que sufrir.
            En sus ofrendas de sangre no tendré yo parte,
                        ni pronunciaré su nombre con mis labios.

 5         Señor, tú eres la parte que me tocó en herencia,
                        mi destino está en tus manos.
 6         Me ha tocado una suerte muy bella,
                        estoy dichoso con mi herencia.

 7         Alabaré al Señor que me da sus enseñanzas
                        y en lo interior me instruye por las noches.
 8         Tengo siempre al Señor ante mis ojos,
                        a su lado no estaré en peligro de caer.

 9         Por eso tengo alegre el corazón, me siento muy dichoso,
                        mi cuerpo descansa en paz,
10         porque no me dejarás en el reino de la muerte,
                        no permitirás que tu fiel amigo perezca.
11         Me mostrarás el sendero de la vida,
                        junto a ti no me faltará la dicha,
                        tendré felicidad perpetua.

Referencias

De la Sagrada Escritura:

·       Todo hombre pasa por la experiencia de la muerte: “verá la muerte” (Sal 89,49; Lc 2,26; Jn 8,51); “gustará la muerte” (Mt 16,28; Jn 8,52; Heb 2,29). La revelación bíblica, lejos de esquivarla, comienza por mirarla de frente con lucidez. Es ella amarga para quien disfruta los bienes de la existencia (1Sa 15,32), pero incluso deseable para quien se siente agobiado por la vida (cf. Sir 30,17; 41,1), y así oímos a Ezequías llorar por su muerte próxima (2Re 20,2s) y a Job llamarla a gritos (Job 6,9; 7,15).

·       ¿Hay un “más allá” de la muerte? Muchos textos hablan de una aniquilación: el difunto “no existe más” (Sal 39,14; Job 7,8.21; 7,10). Es que, en efecto, no hay experiencia de “eso” que pueda estar “más allá” o “después”. Y sin embargo, textos muy antiguos hablan de que un “algo”, una “sombra” del difunto subsiste en el sheol. ¿Qué es este sheol? Un concepto negativo: una especie de abismo, un lugar de silencio (Sal 115,17), de tiniebla y olvido (Sal 88,12s; Job 17,13) donde todos los muertos tienen una existencia miserable (Job 3,13-19; Is 14,9s) entregados al polvo (Job 17,16; Sal 22,16; 30,10) y a los gusanos (Is 14,11; Job 17,14). Su existencia no es más que un sueño (Sal 13,4; Dan 12,2) del que no hay retorno posible (Job 10,21s).

·       El pueblo de la alianza tiene gestos funerarios similares a los de sus vecinos y a los de todos los pueblos de la tierra: hay luto (2Sa 3,31; Jer 16,6), entierro ritual (1Sa 31,12; Tob 2,4-8), y otras. Sin embargo, la revelación impone límites a otras costumbres de tipo especialmente supersticioso o mágico: están prohibidas las incisiones rituales (Lev 19,28; Dt 14,1) y especialmente la nigromancia (Lev 19,31; 20,27; Dt 18,11) y toda forma de espiritismo (1Sa 28; 2Re 21,6).

·       Con todo, Dios nada lo creó para la destrucción, ni se recrea en la muerte de los vivientes (Sab 1,14). Por la culpa de un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rom 5,12.17; 1Co 15,21) y en este sentido morimos “en Adán” (1Co 15,22) y la muerte “reina” (Rom 5,14); tras de ella, el “príncipe de este mundo” (Jn 12,31; 14,30; 16,11) es también “homicida desde el principio” (Jn 8,44).

·       Es esencial a nuestra fe cristiana que Cristo, asumiendo nuestra muerte nos libró de la muerte. Él habló de su propia partida a los discípulos, precaviéndolos de escándalo (Mc 8,31; 9,31; 10,34; Jn 12,33; 18,32); deseó su muerte a la manera de un bautismo (Lc 12,50; Mc 10,38). Si tembló ante ella (Jn 12,27; 13,21; Mc 14,33) y suplicó al Padre, que podía librarlo de ese cáliz (Heb 5,7; Lc 22,42; Jn 12,27) no obstante aceptó su amargura (Mc 10,38; 14,30; Jn 18,11) para hacer la voluntad del Padre (Mc 14,36), obediente “hasta la muerte” (Flp 2,8) para salud nuestra (Heb 9) y reconciliación nuestra (Rom 5,10).

·       Pero el mensaje cristiano dice más. Cristo triunfa de la muerte. Ya en su vida mortal mostró signos de victoria sobre la antigua enemiga, especialmente cuando revivificó muertos (Mt 9,18-25; Lc 7,14; Jn 11) y se presentó como la resurrección y la vida (Jn 11,25). Mas su victoria definitiva se da en el terreno propio de la misma muerte, a la que le arrebató las llaves (Ap 1,18). Él es el primogénito de entre los muertos (Col 1,18), liberado por Dios de los horrores el Hades (Hch 2,24) y por lo mismo, el que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, se vio reducido a la impotencia (Heb 2,14). Quienes creemos en él obtenemos por su nombre parte en su triunfo, en el que la muerte quedará para siempre absorbida en la victoria del Señor (1Cor 15,26.54ss).

De diversos Pensadores:

·       Morir es cerrar los ojos a lo que pasa y abrirlos a lo que permanece. —San Bernardo.

·       La vida presente no es más que un prólogo… esto explica muchas cosas. —Marie B. de Vieville.

·       ¿Cuál puede ser una vida, que comienza entre los gritos de la madre que la da y los lloros del hijo que la recibe? —Baltazar Gracián.

·       Haced la vida que quisiérais haber vivido en la hora de la muerte. —Vignot.

·       Ni al sol ni a la muerte se les puede mirar fijamente. —La Rochefoucauld.

·       Tu cadáver te ha de alcanzar. —J. Sabines.

·       Confianza. El combate durará poco y la victoria será eterna. Sufrir pasa, haber sufrido permanece. —Santa Teresa de Jesús.

·       La nada con Dios es todo, y todo sin Dios es nada. —B. Braga.

·       Y cuando llegue la muerte, quiero que me encuentre completamente vivo. —F. Cabral.

·       Debo aprovechar este momento, pues nunca volveré a pasar por este camino. —Proverbio Oriental.

·       Más allá de nosotros, una vida más vida nos reclama. —Octavio Paz.

·       No llenes de flores las tumbas si están vacíos de amor los corazones. —A. Rabatté.

·       La vida entera de los filósofos, ¿qué es, sino un comentario sobre la muerte? —Cicerón.

·       Más triste que la muerte es el morir. —Marcial.

·       El reloj marca la hora; pero, ¿qué es lo que marca la eternidad? —Walt Whitman.

·       El colmo del delito es sentir lástima para poder rematar al que ya está agónico. —Fray Javier Montoya, O.F.M.

·       No se concibe una urbanidad para matar. —Fray Javier Montoya, O.F.M.

·       Amo la vida para buscar a Jesús, amo la muerte para hallarlo. —P. Plus.

·       De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos. —Credo Nicenoconstantinopolitano.


 

[1]Tomado de Oremos con Pablo VI, Publicaciones Claretianas, 1989, pp. 99ss.