Suponed un árbol bueno, y su fruto será bueno;
suponed un árbol malo, y su fruto será malo;
porque por el fruto se conoce el árbol.
Mateo 12,33
Puesto que el universo no está terminado, hay que decir que el mundo de mañana será, en buena parte, el resultado de aquello que imaginemos de él hoy. Tampoco el hoy existía ayer, salvo en la imaginación de algunas personas. Donde se ve que tener verdaderamente imaginación es también tener inteligencia del futuro.
Imaginar es vencer en la mente la clausura de lo que las cosas son ahora. Es relativizar el ahora, es levantarse sobre lo inmediato; es, en cierto modo, rebelarse contra los puros datos para no sumarse a ellos. Porque una vez que la imaginación está presa, nada queda libre en el hombre. No en vano la propaganda (comercial, política, religiosa) procura sobre todo llenarnos de imágenes —ante todo con imágenes de lo que debe significar para nosotros la felicidad. En este sentido, tener imágenes y tener imaginación son casi que antónimos.
Si la imaginación es esa distancia del pensamiento ante la realidad inmediata; si es esa especie de salto por encima de lo obvio, es claro entonces que la imaginación, en sí misma, puede ser refugio o fortaleza: el escape de quien se declara vencido o el comienzo de quien se anuncia vencedor. Porque el exceso de imaginación es locura o genialidad. En esto no hay términos medios.
Desde un punto de vista ético, podemos decir que imaginar es atreverse con el mundo, y quizá más: es adentrarse en el taller del Creador. Bien entendida y bien vivida, es algo así como la suprema conversación del corazón del hombre con la mente de su Dios. Y de veras: ¿qué será imaginar, sino buscar con la seriedad del amor qué anda pensando Dios? ¿Hay un intento más noble, más hermoso, más humano?
1. ¿Cómo imaginas tu felicidad?
2. ¿Con qué características imaginas al mejor de los amigos?
3. Describe tu imagen del Cielo.
4. ¿Cómo imaginabas (o imaginas) a tus hijos?
5. Por algo se llama este verbo imaginar no?. Entonces imaginate al Padre de Jesucristo nuestro Señor y describelo.
6. Imagínate un encuentro con el Papa. ¿qué le dirías?
7. ¿Cómo imaginas al hombre de paz y «su» mundo?
8. ¿Hay algo que no quisieras imaginar?
9. Vence tu imaginación y describe tu realidad de ahora.
10.¿Por qué razón imaginas que a ti se te podría canonizar?
1 El Señor es Rey, goza la
tierra,
se regocija el mar y sus países.
2 Nube misteriosa lo rodea,
Justicia y Rectitud son las bases de su trono.
3 Delante de él avanza el fuego,
para incendiar a sus enemigos;
4 Sus relámpagos iluminan el mundo,
al verlos la tierra se estremece.
5 Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Soberano de toda la tierra.
6 El cielo proclama su justicia,
y contemplan su gloria todas las naciones;
7 los que adoran ídolos se cubren de vergüenza,
los que ponen su orgullo en falsos dioses.
Todos los dioses se arrodillan ante él.
8 Sión lo ha escuchado y se llena de alegría,
se regocijan las ciudades de Judá
al saber de tus sentencias, oh Señor.
9 Porque tú, Señor, eres soberano de toda la tierra
y estás muy por encima de todos los dioses.
10 Los que aman al Señor, aborrezcan el mal,
pues él protege la vida de sus fieles
y los libra del poder de los malvados.
11 Ya va a brillar la luz para los justos,
la alegría para los de corazón sincero.
12 Que los justos encuentren su dicha en el Señor
y alaben su santo nombre.
· Nadie en este mundo ha visto ni puede ver a Dios Padre; éste se da a conocer en sus imágenes (cf. Jn 1,18). Esta afirmación parece contradecir el precepto fundamental del Decálogo que prohibe toda representación o imagen (Dt 27,15; Éx 20,4; Dt 4,9-28). Hay que entender, sin embargo, que esta supresión de toda imagen tenía un objetivo claro: luchar contra la magia idolátrica y preservar la trascendencia de Dios.
· Es claro, en efecto, que Dios, siendo invisible, desde el principio de la revelación ha manifestado (visiblemente) quién es y con cuánto amor y sabiduría se ocupa de cada uno de nosotros (Os 8,5s; Sab 13; Rom 1,19-23). De modo que la prohibición de las imágenes y la trascendencia misma de Dios no son su huida de nosotros, sino una manera de protegernos de nosotros mismos y de una visión pobre y reductiva de su misericordia, su poder y su gracia. Cuando luego se nos dice que el hombre mismo es “imagen de Dios” (Gén 1,26), al mismo tiempo queda clara la grandeza del Creador y la altísima dignidad de su creatura.
· Lo prohibido, pues, es que nosotros hagamos imágenes de Dios, no que él haga brillar su gloria incluso sensiblemente. En efecto, nuestras imágenes e imaginaciones pueden convertirse en instrumentalizaciones de su poder, de modo tal que ya no busquemos su gloria y su voluntad sino las nuestras. La venida de Cristo en carne mortal tiene por ello el infinito valor de la revelación plena. Jesucristo —humanidad unida al Verbo— sana y eleva nuestra imaginación, pues quien ve a Cristo ve al Padre (Jn 14,9); en él brilla toda la gloria del Padre (Jn 17,5.24) y sólo de él puede decirse que es “imagen de Dios invisible” (Col 1,15; cf. 3,10).
· Con algo muy pequeño y una idea muy grande hace Dios sus obras maestras. —Olle-Laprune.
· Si eres un hombre de acción, júzgate según lo que haces; si eres un hombre de ensueños, júzgate segun lo que no haces. —Palau.
· La imaginación es más importante que el conocimiento. —A. Einstein.
· El criterio es el portero de la imaginación; su función consiste en no dejar entrar ni salir las ideas sospechosas. —Sterne.
· Si avanzas en la dirección de tus sueños, alcanzarás el éxito, quizá de modo inesperado. —Henry David Thoreau.
· Sólo el hombre es capaz de soñar. —Octavio Colmenares.
· Un hombre no es solamente lo que está comprendido entre los pies y la cabeza. —Walt Whitman.
· Uno es tan joven como su fe y tan viejo como su duda. —Samuel Ullman.
· Aunque pusieran silencio a las lenguas, no lo pudieran poner a las plumas. —Miguel de Cervantes.
· Si un noviazgo ha sido sólo comedia, el matrimonio será sólo tragedia. —Lamartine.
· Podemos cambiar nuestro futuro si cambiamos nuestras actitudes. —W. James.