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1. La vida de Mahoma
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El Islam es una religión monoteísta, muy extendida por el mundo, especialmente en los continentes de Asia y África. Quienes practican esta religión se llaman a sí mismos muslim, palabra árabe que significa “el que se somete (a Dios)”. No aceptan ser llamados mahometanos (seguidores de Mahoma), ya que para ellos Mahoma es ciertamente el más grande de los profetas, pero sólo un profeta, es decir, un hombre a quien Dios le comunicó un mensaje que él debía transmitir a los demás hombres. |
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Mahoma nació en la ciudad de La Meca, en Arabia, hacia el año 570 de la era cristiana. Cuando tenía unos cuarenta años, en uno de sus frecuentes retiros espirituales en una cueva de los alrededores de su ciudad, creyó oír la voz de un ser sobrenatural, que luego identificaría con el arcángel San Gabriel, que le llamó “enviado de Dios” y le ordenó predicar a sus conciudadanos. El Corán, libro sagrado de los musulmanes, en el que se recogen todas las predicaciones del Profeta, nos da cuenta de este mandato celestial por el que se le ordena predicar:
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“!Recita en el nombre de tu Señor, que ha creado, (Sura 96) |
Con el paso del tiempo Mahoma tuvo muchos seguidores en La Meca, convertidos a la nueva fe monoteísta. Los comerciantes, viendo peligrar sus negocios por la oposición de los musulmanes a la religión politeísta existente en la ciudad, promovieron una persecución contra Mahoma y los suyos, que se vieron obligados a huir de La Meca y refugiarse en la ciudad rival de Yatrib, que unos años después recibiría el nombre de “Medina al Nabi” (la ciudad del profeta). La fecha de esta marcha, llamada la Hégira, el año 622, es muy importante para el calendario musulmán, ya que a partir de este año comienza la cuenta de los años para todos los musulmanes del mundo.
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Pronto Mahoma se hizo jefe político y religioso de la ciudad, haciendo que sus pobladores, judíos y árabes paganos, se convirtieran a la fe musulmana. Quienes no se convirtieron, especialmente algunos judíos que reprochaban a Mahoma su poco conocimiento de la Sagrada Escritura, tuvieron que abandonar Yatrib. Desde ese momento, los primeros musulmanes, que originariamente rezaban de cara a Jerusalén, cambiaron su posición, mirando desde entonces a La Meca. El Islam había roto con el monoteísmo judío y cristiano y se había convertido en una nueva religión. |
Como la antigua enemistad entre los moradores de Yatrib y los de La Meca continuaba, Mahoma dirigió algunos combates entre ambos ejércitos. Es especialmente importante la batalla de Badr, en el que los musulmanes vencieron a los mecanos. Pocos años después, en el 630 de la era cristiana (año 8 de la Hégira musulmana), Mahoma vencía a los defensores de La Meca y entraba victorioso en la ciudad. Sus enemigos fueron perdonados, a cambio de que se convirtieran al Islam y el templo pagano de la ciudad, La Kaaba, donde se encuentra la famosa "piedra negra", fue dedicado como santuario principal de la nueva fe musulmana.
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Cuando poco tiempo después murió Mahoma en Yatrib (año 632), los musulmanes dominaban militarmente casi toda Arabia y sus habitantes se habían ya convertido al Islam. Los califas que sucedieron a Mahoma en el mando político y religioso de la nueva comunidad (Abu Bakr, Omar, Otmán, Alí y los califas de la dinastía omeya), llevaron las conquistas de los árabes a Siria, Palestina, Egipto y todo el norte de África, pasando a España en el año 711. En menos de un siglo los musulmanes habían conquistado la mitad del mundo conocido por entonces. | ![]() |
Los dogmas del Islam no son muchos y están inspirados en las doctrinas del judaísmo y de la fe cristiana, que Mahoma conoció en sus frecuentes viajes por Oriente Medio y en sus relaciones con judíos y cristianos de Arabia. Su intención fue restituir a su pureza la fe en un solo Dios, que según su opinión, los judíos y los cristianos habían adulterado con el paso del tiempo. Las principales doctrinas del Islam son las siguientes:
La profesión de fe en Dios más concisa, llamada la sahada, es la siguiente: “Yo confieso que no hay divinidad fuera de Dios (Alá) y que Mahoma es el enviado de Dios”. La tradición musulmana ha reunido 99 atributos de Dios, los llamados “maravillosos nombres divinos”, que todo buen musulmán recita pasando las cuentas de su rosario de 33 bolas).
Es muy viva entre los musulmanes, especialmente en la piedad popular. En el cielo viven los ángeles buenos para alabanza de Dios y en el infierno los ángeles malos para hacer cumplir los castigos que Dios impondrá a los condenados en el juicio final.
Para el musulmán, los grandes enviados, Moisés, David, Jesús y Mahoma, transmitieron literalmente los libros respectivos que Dios les había dictado: la Torá, los Salmos, el Evangelio (en singular) y el Corán. Para los musulmanes, pues, Jesús de Nazaret, es también un profeta, pero nunca el hijo de Dios. En el Islam se le venera bajo el nombre árabe, Isâ, al igual como a su madre María (Myriam).
Todos los enviados divinos a lo largo de la historia han anunciado el mismo mensaje religioso, sobre todo la concepción monoteísta de Dios y la sumisión a su voluntad. Cada uno fue destinado a un pueblo particular. Son ya musulmanes antes de aparecer el Islam. Tan sólo Mahoma, el último de los profetas, su “sello”, recibe una misión universal en el último período de la historia.
Al final del mundo, habrá una resurrección de los cuerpos, un juicio con la balanza para pesar los actos de los hombres y un premio o un castigo. La felicidad del cielo es descrita con abundancia de promesas materiales, aunque la cumbre de esta felicidad consistirá en saber que uno es aceptado por Dios y en ser feliz eternamente con Él.
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Los musulmanes creen en “el decreto divino para el bien y el mal, lo dulce y lo amargo”. Muchos de entre ellos interpretan este decreto como si todo hubiese sido decidido ya de antemano por Dios y la libertad del hombre no pudiese hacer nada para cambiarlo. Habría realmente una predestinación. Por ello, la actitud humana más consecuente sería la de someterse por entero a la providencia divina, incluso en los momentos de pruebas, enfermedad o muerte. Esta actitud extrema, o la más moderada de pensar que todo en la vida está regido por la voluntad de Dios, les lleva a repetir frecuentemente en señal de sumisión la famosa expresión árabe: “Dios lo quiere” (imch Alá). |
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La vida religiosa del creyente en el Islam está regida por cinco prescripciones que debe observar rigurosamente. Constituyen los cinco preceptos básicos de la piedad y han sido denominados los “cinco pilares del Islam”, ya que son como las columnas sobre las que se asienta toda la vida religiosa del buen musulmán. Por lo general son cumplidos con mucha diligencia por los fieles, varones y mujeres, desde que tienen uso de razón. Los cinco preceptos básicos de la piedad musulmana son:
La fórmula de este testimonio básico del monoteísmo musulmán es la siguiente: “Atestiguo que no hay divinidad fuera de Dios (Alá), y que Mahoma es el enviado de Dios”. Otra fórmula muy utilizada es Allahu akbar, “sólo Dios es grande”. Con sólo creer en que hay un solo Dios y repetir estas fórmulas delante de dos o más testigos, cualquier persona se convierte en musulmán.
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En condiciones de pureza legal, todo musulmán varón o mujer está obligado a efectuar individualmente cinco oraciones diarias, que forman lo esencial de la liturgia del Islam. El “moecín”, desde lo alto de los agudos minaretes o torres de las mezquitas, recuerda cada día a los musulmanes de la ciudad o del pueblo esta obligación de rezar al amanecer, al mediodía, por la tarde, al atardecer y por la noche. La oración consiste en postrarse en el suelo varias veces para adorar a Dios y en recitar las fórmulas de la confesión en un único Dios, de las que anteriormente hemos hablado. El viernes por la mañana, los hombres tienen que reunirse en la mezquita para la oración en común. |
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Es una especie de diezmo del dinero que se posee y que ha de darse a los más pobres. La zakat se menciona en el Corán, junto con la oración, como una enseñanza de todos los profetas anteriores a Mahoma. Se promete a los que dan limosna el perdón de sus pecados y que irán al paraíso.
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El ayuno del mes de Ramadán.El ayuno consiste en no tomar alimento sólido ni bebida alguna desde el alba hasta la puesta del sol durante todo este mes del calendario musulmán. La cena festiva que se realiza tras el ayuno de cada día es un signo de fraternidad y se celebra con la familia o con las amistades. |
Todos los varones musulmanes tiene que ir una vez en su vida a La Meca. También pueden ir las mujeres. Tras su llegada a la ciudad santa del Islam, el peregrino ha de dar siete vueltas a la Kaaba, el famoso santuario con la piedra sagrada, y recorrer siete veces la distancia que separa las dos colinas llamadas Safa y Marua, en recuerdo de Agar y de Ismael, el hijo de Abrahám, personajes de los que nos habla la Biblia y que los musulmanes consideran como los primeros fundadores del santuario de La Meca, mucho antes de que viviera Mahoma y comenzase la religión del Islam. El día nueve del mes de la peregrinación hay una reunión multitudinaria de todos los peregrinos en la llanura de Arafa, a 16 kms. de la Meca. Allí se tiene un sermón y oraciones personales. Al día siguiente, todos se reúnen en un lugar llamado Mina, y allí tienen lugar los sacrificios de corderos y la lapidación de una figura de piedra que simboliza a Satanás. Terminada la peregrinación, muchos van a visitar la tumba del profeta en la ciudad de Medina, la antigua Yatrib, situada a unos 300 kms. de La Meca, en Arabia.
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El Islam y lo que viene llamándose “su despertar” suscita en el mundo occidental algunas inquietudes y hasta una actitud cercana a la hostilidad. Ello se ve fomentado por la ignorancia sobre su doctrina y por los prejuicios multiseculares. Ciertamente la ola de fundamentalismo islámico, con sus secuelas de violencia en ocasiones, no ayuda al entendimiento entre los creyentes de las grandes religiones monoteístas. Pero hay que apresurarse a decir que el fundamentalismo violento no es, sin más, el Islam y que su expansión por algunas regiones, como África y Asia, no es tampoco motivo para el rechazo o la desconfianza. |
Los cristianos debemos valorar en concreto muchas de las creencias de la religión islámica, pues concuerdan con la fe revelada y en este sentido pueden ser consideradas como “semillas de verdad” que el Espíritu Santo ha puesto en una religión distinta de la nuestra, para que los hombres y mujeres musulmanes, que no han podido reconocer a Jesucristo como el hijo de Dios enviado al mundo, puedan saber algo de Dios, amarle y cumplir su voluntad.
Hablando del Islam, el Concilio Vaticano II declaró:
| “La Iglesia mira también con aprecio
a los musulmanes, que adoran al único Dios, vivo y subsistente,
misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló
a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero,
como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica se refiere de
buen grado. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como
Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces incluso la invocan
devotamente. Además, esperan el día del juicio, cuando Dios
recompensará a todos los hombres una vez que hayan resucitado.
Aprecian, por tanto, la vida moral, y veneran a Dios sobre todo con la
oración, las limosnas y el ayuno”.
CONCILIO VATICANO II, Declaración Nostra aetate, nº3 |
Todos estos valores auténticamente religiosos no nos pueden hacer olvidar, no obstante, que, desde un punto de vista cristiano, la insistencia musulmana en la unicidad de Dios y en su omnipotencia, a la que debe someterse incondicionalmente el hombre, hacen olvidar un tanto el amor y la cercanía de Dios a los hombres, manifestadas por Jesucristo, y el Misterio insondable de su realidad trinitaria. La representación de Dios en el Islam aparece, no tanto, como pretendía Mahoma, como una purificación del concepto del Dios monoteísta revelado a los patriarcas, sino como una simplificación de la inefable realidad divina, manifestada en Jesucristo, que desborda toda comprensión humana.
Es aquí donde radica la diferencia fundamental entre el cristianismo y el Islam. Para Mahoma y para todos los musulmanes, Jesús fue solamente un hombre.Un profeta elegido por Dios para transmitir el mensaje religioso monoteísta, a la misma altura que Moisés o David, los grandes enviados al pueblo judío. Para el cristiano, por el contrario, Jesús es la suprema y definitiva revelación de Dios al mundo, ya que es precisamente el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre para salvarnos y llevarnos tras la muerte al reino de los cielos. |
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El Catecismo de la Iglesia Católica resume así la confesión cristiana en Jesucristo:
| “En el momento establecido por Dios,
el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e imagen
substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina
asumió la naturaleza humana. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
Hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único
Mediador entre Dios y los hombres”.
Catecismo de la Iglesia Católica, números 479-480 |
Respecto de la cuestión sobre si los musulmanes pueden salvarse y llegar a la vida eterna con Dios tras la muerte, es preciso recordar que el concilio Vaticano II ha reafirmado claramente la
incluso más allá de los límites de la Iglesia. Esta doctrina nada dice en contra del puesto central de Cristo y de su Iglesia en la universal obra de salvación de la humanidad:
| “Los que inculpablemente desconocen el
evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se
esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su
voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios
necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no
llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se
esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta.
La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que entre ellos se da, como
preparación evangélica y dado por quien ilumina a todos los hombres
para que al fin tengan la vida”.
CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium, nº 16 |
Hay que tener en cuenta que desconocer a Jesucristo no es solamente no haber oído nunca hablar de él. Un musulmán contemporáneo, por ejemplo, puede tratar diariamente con cristianos, saber por lo tanto quién es la persona a quien ellos invocan como Dios y, no obstante, reconocerlo nada más que como un profeta, inferior incluso a Mahoma, y pensar que es inaceptable, desde un punto de vista monoteísta, considerarlo como el Verbo encarnado, de la misma naturaleza divina. Ese musulmán no conoce a Jesucristo como Hijo de Dios y revelación definitiva de lo divino y, por lo tanto, inculpablemente, no se entrega a él por la fe ni se adhiere a su Iglesia.

La universalidad de la salvación ofrecida por Dios a todos los hombres, sean cristianos o pertenezcan a otras religiones, ha sido puesta de relieve también por el Papa Juan Pablo II:
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“la universalidad de la salvación no significa que se conceda solamente a los que, de modo explícito, creen en Cristo y han entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos, debe estar en verdad a disposición de todos. Pero es evidente que, tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la posibilidad de conocer o aceptar la revelación del evangelio y de entrar en la Iglesia. Viven en condiciones socio-culturales que no se lo permiten y, en muchos casos, han sido educados en otras tradiciones religiosas. Para ellos, la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo: ella permite a cada uno llegar a la salvación mediante su libre colaboración”. JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris Missio, nº 10. |
En estas condiciones, puede afirmarse desde un punto de vista cristiano que también los musulmanes pueden salvarse y llegar al reino de los cielos.