El
Padre Roger Schutz fue las dos cosas. Se adhirió a la Iglesia de Roma
permaneciendo pastor calvinista. Wojtyla y Ratzinger le dieron la comunión. El
cardenal Kasper explica cómo y por qué
por Sandro Magister
ROMA, 25 de agosto del 2008 – En una entrevista publicada en “L’Osservatore
Romano” el día de la Asunción de la Virgen María, el cardenal Walter Kasper,
presidente del pontificio consejo para la promoción de la unidad de los
cristianos, ha resuelto un enigma relacionado al fundador de la comunidad
ecuménica multiconfesional de Taizé, el padre Roger Schutz (en la foto).
El enigma se refería a la relación de Schutz con la Iglesia católica. Schutz era
pastor protestante, de tradición reformada y de matriz calvinista. Después de su
muerte – ocurrida a la edad de 90 años a manos de una desequilibrada el 16 de
agosto del 2005, durante la plegaria de la noche en presencia de 2500 fieles –
la comunidad de Taizé desmintió que él se hubiese convertido al catolicismo de
manera secreta. Pero como respaldando conversión había diferentes factores:
Schutz había recibido varias veces la comunión eucarística de mano de Juan Pablo
II; comulgaba cada mañana en la iglesia de Taizé, en la misa celebrada en rito
católico; y en fin, el mismo cardenal Joseph Ratzinger le había dado la
comunión, en la plaza San Pedro, en la misa de los funerales del Papa Karol
Wojtyla.
Hecho Papa, con el nombre de Benedicto XVI, Ratzinger comentó con palabras
sentidas – el 19 de agosto del 2005 en Colonia, reunido con representantes de
las Iglesias y comunidades cristianas no católicas – la muerte de Schutz
ocurrida tres días antes en Taizé. Lo señaló como ejemplo luminoso de
“ecumenismo interior y espiritual”, hecho sobre todo de oración. Recordó haber
tenido con él “una relación cordial de amistad” y haber recibido precisamente en
el día de su muerte una carta suya de adhesión a él como Papa.
Benedicto XVI también mantiene una excelente relación con el sucesor de Schutz,
el Hermano Alois Leser, 54 años, alemán, católico. Lo recibe en audiencia
privada al menos una vez al año. La firma del Hermano Alois aparece
frecuentemente en “L’Osservatore Romano”, cuyo director, Giovanni Maria Vian, es
también desde hace muchos años un gran estimador de la comunidad de Taizé.
¿Pero cómo es que Kasper resuelve el enigma? Él niega que el Padre Schutz se
haya “formalmente” adherido a la Iglesia católica. Menos aún que haya abandonado
el protestantismo en el cual nació. Afirma en cambio que él “enriqueció”
progresivamente su fe con los baluartes de la fe católica, en particular el rol
de María en la historia de la salvación, la presencia real de Cristo en la
eucaristía y el “misterio de la unidad ejercitado por el obispo de Roma”. En
respuesta a esto, la Iglesia católica aceptó que él comulgase.
Según las palabras de Kasper, es como si entre Schutz y la Iglesia de Roma
hubiera existido un pacto no escrito, “yendo más allá de ciertos límites
confesionales” y canónicos.
Dejemos al cardenal la explicación precisa del ecumenismo “espiritual”
representado por el padre Schutz. El cual, una vez dijo de sí mismo: “He
encontrado mi identidad de cristiano reconciliando en mí mismo la fe de mis
orígenes con el misterio de la fe católica, sin ruptura de comunión con
ninguno”.
Aquí el texto completo de la entrevista, publicada en "L'Osservatore Romano" del
15 de agosto del 2008:
Roger Schutz,
el monje símbolo del ecumenismo espiritual
Entrevista con Walter Kasper
D. – Han pasado tres años desde el fallecimiento trágico del hermano Roger, el
fundador de Taizé. Usted mismo fue a presidir sus exequias. ¿Quién era para
usted?
R. – Su muerte me conmocionó mucho. Estaba en Colonia por la Jornada Mundial de
de Juventud cuando nos enteramos del fallecimiento del hermano Roger, víctima de
un acto violento. Su muerte me recordaba las palabras del profeta Isaías sobre
el Servidor del Señor: «Maltratado, se humilla, no abre la boca, como un cordero
llevado al matadero, como una oveja ante los que la esquilan» (Is. 53,7).
Durante toda su vida, el hermano Roger siguió el camino del Cordero: por su
dulzura y su humildad, por su rechazo a todo acto de grandeza, por su decisión
de no hablar mal de nadie, por su deseo de llevar en su propio corazón el dolor
y las esperanzas de la humanidad. Pocas personas de nuestra generación han
encarnado con tanta transparencia el rostro humilde de Jesucristo. En una época
turbulenta para la Iglesia y para la fe cristiana, el hermano Roger era una
fuente de esperanza reconocida por muchos, incluido yo mismo. Como profesor de
teología y después como Obispo de Rottenburg-Stuttgart, siempre animé a los
jóvenes a pasar unos días en Taizé durante el verano. Veía cómo esa estancia
cerca del hermano Roger y de la Comunidad les ayudaba a conocer mejor y a vivir
la Palabra de Dios, con alegría y simplicidad. Todo esto lo sentí más cuando
presidí la liturgia de su funeral en la gran iglesia de la Reconciliación en
Taizé.
D. – ¿Cuál es, bajo su punto de vista, la contribución propia del hermano Roger
y de la Comunidad de Taizé al ecumenismo?
R. – La unidad de los cristianos era verdaderamente uno de los deseos más
profundos del prior de Taizé, igual que la división de los cristianos fue para
él una auténtica fuente de dolor y de tristeza. El hermano Roger era un hombre
de comunión, que no llevaba bien ninguna forma de antagonismo o de rivalidad
entre personas o comunidades. Cuando hablaba de la unidad de los cristianos y de
sus encuentros con representantes de diferentes tradiciones cristianas, su
mirada y su voz mostraban con qué intensidad de caridad y de esperanza deseaba
que “todos sean uno”. La búsqueda de la unidad era para él como un hilo
conductor hasta las decisiones más concretas de cada día: acoger con alegría
toda acción que pueda acercar a los cristianos de tradiciones distintas, evitar
toda palabra o gesto que pudiera retrasar su reconciliación. Practicaba este
discernimiento con una atención que rozaba la meticulosidad. En esta búsqueda de
la unidad, sin embargo, el hermano Roger no tenía prisa ni estaba nervioso.
Conocía la paciencia de Dios en la historia de la salvación y la historia de la
Iglesia. Nunca hubiera realizado actos inaceptables para las Iglesias, nunca
hubiera invitado a los jóvenes a separarse de sus pastores. Más que el
desarrollo rápido del movimiento ecuménico, buscaba su profundidad. Estaba
convencido que sólo un ecumenismo alimentado por la palabra de Dios, la
celebración de la Eucaristía, la oración y la contemplación sería capaz de
reunir a los cristianos en la unidad deseada por Jesús. En este ámbito del
ecumenismo espiritual es donde me gustaría colocar la importante contribución
del hermano Roger y de la Comunidad de Taizé.
D. – El hermano Roger describió a menudo su evolución ecuménica como una «
reconciliación interior de la fe de sus orígenes con el misterio de la fe
católica, sin ruptura de comunión con nadie » Ese recorrido no se enmarca en las
categorías habituales. Tras su muerte, la comunidad de Taizé ha desmentido los
rumores de una conversión secreta al catolicismo. Esos rumores nacieron, entre
otras cosas, porque se le vio comulgar a manos del Cardenal Ratzinger durante
las exequias del Papa Juan Pablo II. ¿Qué le parece la afirmación según la cual
el hermano Roger se habría vuelto “formalmente” católico?
R. – Viniendo de una familia protestante, el hermano Roger había realizado
estudios de teología y se había ordenado pastor en esta misma tradición
protestante. Cuando hablaba de la «fe de sus orígenes» se refería a ese bello
conjunto de catequesis, devoción, formación teológica y testimonio cristiano
recibidos en la tradición protestante. Compartía ese patrimonio con todos sus
hermanos y hermanas de adhesión protestante, con los que siempre se ha sentido
profundamente unido. Desde sus primeros años de pastor, sin embargo, el hermano
Roger buscó igualmente alimentar su fe y su vida espiritual con las fuentes de
otras tradiciones cristianas, cruzando así ciertos límites confesionales. Decía
ya mucho de esta búsqueda su deseo de seguir una vocación monástica y fundar,
con esta intención, una nueva comunidad monástica con Cristianos de la Reforma.
A lo largo de los años, la fe del prior de Taizé se fue enriqueciendo
progresivamente del patrimonio de fe de la Iglesia Católica. Según su propio
testimonio, entendía algunos aspectos de la fe mediante el misterio de la fe
católica, como el papel de la Virgen María en la historia de la salvación, la
presencia real de Cristo en los dones eucarísticos y el ministerio apostólico en
la Iglesia, incluido el ministerio de unidad ejercido por el Obispo de Roma.
Como respuesta, la Iglesia Católica había aceptado que comulgara en la
eucaristía, como hacía cada mañana en la gran iglesia de Taizé. Igualmente, el
hermano Roger recibió la comunión en múltiples ocasiones de manos del Papa Juan
Pablo II, al que le unía una amistad desde los tiempos del Concilio Vaticano II,
y que conocía bien su evolución en la fe católica. En este sentido no había nada
secreto o escondido en la actitud de la Iglesia Católica, ni en Taizé ni en
Roma. En el momento de los funerales del Papa Juan Pablo II, el Cardenal
Ratzinger no hizo más que repetir lo que ya se hacía antes en la Basílica de San
Pedro en la época del difunto Papa. No había nada nuevo o premeditado en el
gesto del Cardenal.
En una alocución al Papa Juan Pablo II, en la Basílica de San Pedro, durante el
Encuentro Europeo de Jóvenes en Roma de 1980, el prior de Taizé describió su
propia evolución y su identidad de cristiano con estas palabras: «Encontré mi
propia identidad cristiana reconciliando en mi mismo la fe de mis orígenes con
el misterio de la fe católica, sin ruptura de comunión con nadie». En efecto, el
hermano Roger nunca había querido romper con «nadie», por razones que estaban
esencialmente ligadas a su propio deseo de unión y a la vocación ecuménica de la
Comunidad de Taizé. Por esta razón, prefería no utilizar ciertos términos como
«conversión» o adhesión «formal» para calificar su comunión con la Iglesia
Católica. En su conciencia, había entrado en el misterio de la fe católica como
alguien que crece, sin deber «abandonar» o «romper» con lo que había recibido o
vivido antes. Se podría hablar mucho del sentido de ciertos términos teológicos
o canónicos. Sin embargo, por respeto a la evolución en la fe del hermano Roger,
sería preferible no aplicar a su persona categorías que él mismo juzgaba
inapropiadas para su experiencia y que además la Iglesia Católica no ha querido
nunca imponerle. Incluso en esto, las palabras del propio hermano Roger deberían
bastarnos.
D. – ¿Ve usted vínculos entre la vocación ecuménica de Taizé y el peregrinaje de
decenas de miles de jóvenes a ese pequeño pueblo de Borgoña? En su opinión, ¿son
los jóvenes sensibles a la unidad visible de los cristianos?
R. – En mi opinión, el hecho de que cada año miles de jóvenes encuentren todavía
el camino a la pequeña colina de Taizé es verdaderamente un don del Espíritu
Santo a la Iglesia de hoy. Para muchos de ellos, Taizé representa el primer y
principal lugar donde pueden encontrar jóvenes de otras Iglesias y Comunidades
eclesiales. Me siento feliz de ver que los jóvenes que llenan cada verano las
tiendas y las carpas de Taizé vienen de distintos países de Europa occidental y
oriental, algunos de otros continentes, que pertenecen a diferentes comunidades
de tradición protestante, católica u ortodoxa y que vienen a menudo acompañados
por sus propios sacerdotes o pastores. Muchos de los jóvenes que llegan a Taizé
vienen de países que han conocido la guerra civil o violentos conflictos
internos, con frecuencia en un pasado todavía reciente. Otros vienen de regiones
que han sufrido durante varias décadas el yugo de una ideología materialista.
Además hay otros, quizá la mayoría, que viven en sociedades profundamente
marcadas por la secularización y la indiferencia religiosa. En Taizé, durante
los momentos de oración y de reflexión bíblica, redescubren el don de comunión y
de amistad que solamente el Evangelio de Jesucristo puede ofrecer. Escuchando la
Palabra de Dios, descubren también la riqueza única que les fue dada por el
sacramento del bautismo. Sí, creo que muchos jóvenes se dan cuenta del verdadero
desafío de la unidad de los cristianos. Saben cuánto puede pesar todavía la
carga de las divisiones sobre el testimonio de los cristianos y sobre la
construcción de una nueva sociedad. En Taizé encuentran una «parábola de
comunidad» que ayuda a superar las fracturas del pasado y a mirar un futuro de
comunión y de amistad. De vuelta a casa, esta experiencia les ayuda a crear
grupos de oración y de encuentro en su propio contexto de vida, para alimentar
ese deseo de unidad.
D. – Antes de presidir el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de
los Cristianos, ha sido Obispo de Rottenburg-Stuttgart y, como tal, acogió en
1996 un Encuentro Europeo de Jóvenes organizado por la Comunidad de Taizé. ¿Qué
aportan estos encuentros de jóvenes a la vida de las Iglesias?
R. – Ese encuentro fue, efectivamente, un momento de gran alegría y profundidad
espiritual para la Diócesis y sobre todo para las parroquias que acogieron a los
jóvenes provenientes de diferentes países. Estos encuentros me parecen
tremendamente importantes para la vida de la Iglesia. Muchos jóvenes, como le
decía, viven en sociedades secularizadas. Les resulta difícil encontrar
compañeros de camino en la fe y la vida cristiana. Son pocos los espacios para
profundizar y celebrar la fe, con alegría y serenidad. Las Iglesias locales
tienen a veces dificultades para acompañarles adecuadamente en su crecimiento
espiritual. Por ello, los grandes encuentros como los organizados por la
Comunidad de Taizé responden a una verdadera necesidad pastoral. Es cierto que
la vida cristiana tiene necesidad de silencio y de soledad, como decía Jesús
«Cierra la puerta y dirige la oración a tu Padre, que habita en lo secreto» (Mt
6,6). Pero también tiene necesidad de compartir, de encuentro, de intercambio.
La vida cristiana no se vive en aislamiento, al contrario. A través del
bautismo, pertenecemos al mismo y único cuerpo de Cristo resucitado. El Espíritu
es el alma y el aliento que anima ese cuerpo, que le hace crecer en santidad.
Por otra parte, los Evangelios hablan con frecuencia de una gran multitud que
venía, a menudo, desde muy lejos para ver y escuchar a Jesús y para ser curados
por él. Hoy los grandes encuentros se inscriben en esta misma dinámica. Permiten
a los jóvenes comprender mejor el misterio de la Iglesia como comunión, escuchar
juntos la palabra de Jesús y confiar en él.
D. – El Papa Juan XXIII denominó a Taizé como una «pequeña primavera». Por su
parte, el hermano Roger decía que el Papa Juan XXIII era el hombre que más le
había marcado. En su opinión, ¿por qué el Papa que tuvo la intuición del
Concilio Vaticano II y el fundador de Taizé se apreciaban tanto?
R. – Cada vez que me encontraba con el hermano Roger, me hablaba mucho de su
amistad con el Papa Juan XXIII primero, y después con el Papa Pablo VI y el Papa
Juan Pablo II. Me contaba, siempre con gratitud y con una gran alegría, los
numerosos encuentros y conversaciones que había tenido con ellos a lo largo de
los años. Por un lado, el prior de Taizé se sentía muy cercano de los Obispos de
Roma en su preocupación por conducir la Iglesia de Cristo por las vías de la
renovación espiritual, de la unidad de los cristianos, del servicio a los
pobres, del testimonio del Evangelio. Por el otro, se sentía profundamente
comprendido y apoyado por ellos en su propio desarrollo espiritual y en la
orientación que tomaba la joven Comunidad de Taizé. La conciencia de actuar en
armonía con el pensamiento del Obispo de Roma era para él como una brújula en
todas sus acciones. Nunca hubiera tomado una iniciativa que supiera que sería
contraria al criterio o a la voluntad del Obispo de Roma. Además, la misma
relación de confianza continúa hoy con el Papa Benedicto XVI que pronunció
palabras muy emotivas por la muerte del fundador de Taizé, y que recibe cada año
al hermano Alois en audiencia privada. ¿De donde venía esa estima recíproca
entre el hermano Roger y los Obispos sucesivos de Roma? Sin duda, tiene su raíz
en lo humano, en las ricas personalidades de estos hombres. En definitiva, diría
que viene del Espíritu Santo que es coherente en lo que inspira en el mismo
momento a diferentes personas, por el bien de la Iglesia única de Cristo. Cuando
habla el Espíritu Santo, todos comprenden el mismo mensaje, cada uno en su
propia lengua. El verdadero artesano de la comprensión y de la fraternidad entre
discípulos de Cristo es él, el Espíritu de comunión.
D. – Usted conoce bien al hermano Alois, el sucesor del hermano Roger. ¿Cómo ve
el futuro de la comunidad de Taizé?
R. – Aunque nos habíamos encontrado anteriormente, fue sobre todo después de la
muerte del hermano Roger que he aprendido a conocer mejor al hermano Alois. Unos
años antes, el hermano Roger me había confiado que todo estaba previsto para su
sucesión el día que fuera necesario. Él estaba feliz con la perspectiva de que
el hermano Alois tomara el relevo. ¿Quién habría podido imaginar que esta
sucesión iba a tener que hacerse en una sola noche, tras un inconcebible acto de
violencia? Lo que me sorprende desde entonces es la absoluta continuidad en la
vida de la Comunidad de Taizé y en la acogida a los jóvenes. La liturgia, la
oración y la hospitalidad continúan con el mismo espíritu, como un canto que
nunca se ha interrumpido. Lo que dice mucho, no solamente de la persona del
nuevo prior sino también, y sobre todo, de la madurez humana y espiritual de
toda la Comunidad de Taizé. La que ha heredado el carisma del hermano Roger es
la Comunidad en su conjunto, que sigue viviéndolo e irradiándolo. Conociendo a
las personas, tengo plena confianza en el futuro de la Comunidad de Taizé y en
su compromiso con la unidad de los cristianos. Esta confianza me viene
igualmente del Espíritu Santo, que no suscita carismas para abandonarlos a la
primera ocasión. El Espíritu de Dios, que es siempre nuevo, trabaja en la
continuidad de una vocación y de una misión. Él es el que va a ayudar a la
Comunidad a desarrollar su vocación, en fidelidad al ejemplo que el hermano
Roger le dejó. Las generaciones pasan, el carisma permanece, porque es don y
obra del Espíritu. Me gustaría terminar repitiendo al hermano Alois y a toda la
Comunidad de Taizé mi gran estima por su amistad, su vida de oración y su deseo
de unidad. Gracias a ellos, el dulce rostro del hermano Roger nos sigue siendo
familiar.
__________
El sitio web oficial de la comunidad de Taizé, en 32 idiomas:
> Taizé
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Las palabras de Benedicto XVI dedicadas al padre Roger Schutz, en el discurso
dirigido a representantes cristianos no católicos en Colonia el 19 de agosto del
2005:
"Yo deseo recordar al gran pionero de la unidad, el hermano Roger Schutz,
asesinado de modo tan trágico. Yo lo conocía personalmente desde hace mucho
tiempo y mantenía una cordial relación de amistad con él. Con frecuencia me
visitaba y, como ya dije en Roma, el día en que fue asesinado recibí una carta
suya que me ha conmovido mucho porque en ella subrayaba su adhesión a mi camino
y me anunciaba que quería venir a encontrarse conmigo. Ahora nos visita desde lo
alto y nos habla. Creo que deberíamos escucharlo, escuchar desde dentro su
ecumenismo vivido espiritualmente y dejarnos llevar por su testimonio hacia un
ecumenismo interiorizado y espiritualizado.
"Veo con especial optimismo el hecho de que hoy se está desarrollando una
especie de 'red', de conexión espiritual entre católicos y cristianos de las
diversas Iglesias y comunidades eclesiales: cada uno se compromete en la
oración, en la revisión de la vida, en la purificación de la memoria, en la
apertura a la caridad. El padre del ecumenismo espiritual, Paul Couturier, habló
a este respecto de un 'claustro invisible', que acoge en su recinto a estas
almas apasionadas de Cristo y de su Iglesia. Estoy convencido de que, si un
número creciente de personas se une en su interior a la oración del Señor 'para
que todos sean uno' (Jn 17, 21), dicha plegaria en el nombre de Jesús no caerá
en el vacío".
__________
Traducción en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú.