El concilio de Antioquía

 

En el año 341 se celebró un Concilio en Antioquía, el cual no fue reconocido como concilio ecuménico y fue encabezado por Eusebio de Nicomedia. Este Concilio aceptó varias afirmaciones heréticas sobre la naturaleza de Cristo. La oposición fue tal en Occidente, que Constancio II, emperador de Oriente, y Constante, de Occidente, convinieron en convocar un Concilio en Sárdica en el 343, donde se logró el regreso de Atanasio y su restauración como obispo de Alejandría, así como la deposición de sus sedes de muchos obispos arrianos. Tras la muerte de Constante y el advenimiento de Constancio como único emperador en el año 350, los arrianos recuperaron mucho de su poder, generándose persecuciones anticatólicas en el Imperio. Durante este período se dio el momento de mayor poder y expansión de la herejía arriana con la unificación de los diversos partidos en el interior del arrianismo en el año 359 y su máximo triunfo doctrinal en los concilios de Seleucia y Arimino.

En este concilio se fijaron cuatro fórmulas de fe conciliatorias. Si bien los padres allí reunidos, ortodoxos en su mayoría, repudiaban decididamente la doctrina arriana, su condenación arriana no era tan limpia ni tan explícita como la que lanzaron, allí mismo, contra Marcelo de Ancira (v.), que, aun sosteniendo una doctrina confusa, había apoyado decididamente la fe de Nicea. Poco tiempo después moría Eusebio de Nicomedia, alma de las maquinaciones contra S. Atanasio y de la reacción antinicena. El hecho contribuyó a mitigar el ardor de sus secuaces. En la cuarta fórmula de Antioquía, que fue presentada a la Corte imperial de Tréveris, ellos mismos repudian las tesis principales de Arrio, pero dejando aparte la palabra homousios. Las fórmulas antioquenas pecan de imprecisión y ambigüedad, aunque alguna admita una interpretación ortodoxa. Concretamente, la segunda será utilizada más tarde por S. Atanasio y por S. Hilario de Poitiers (v.) con el fin de atraer a los semiarrianos.


Un nuevo concilio celebrado en Sárdica (hoy Sofía) (342-343) acentuó aún más la división. Los obispos occidentales admitieron en seguida su comunión con S. Atanasio y con Marcelo, pero los orientales se reunieron después por su cuenta, excomulgando no ya sólo a los citados defensores de la fe, sino también al papa Julio 1 (337-352; v.), a Osio (m. 357; v.) y a otros obispos, bajo la acusación de favorecer la herejía, y fijando un nuevo símbolo de fe semejante a la cuarta fórmula antioquena. Los ortodoxos, bajo el venerable obispo de Córdoba, Osio, excomulgaron, a su vez, a los cabecillas contrarios, reafirmándose otra vez en el símbolo de Nicea

Osio murió el mismo año 357, a la edad de ciento un años, después de haber sido azotado y atormentado por los verdugos de Constancio, conforme testifica Sócrates Escolástico Osio fue acusado posteriormente de herético incluso por San Agustín, pero todo parece ser debido justamente a las malas artes de quienes con tanta saña combatió, en concreto, el luciferiano Marcelino, que hizo proliferar un libelo difamatorio contra Osio. La Iglesia griega venera a Osio como santo el 27 de agosto. La latina no le ha canonizado todavía, quizá por estar en medio el libellus de los luciferianos

Por este tiempo habíase puesto resueltamente Constancio del lado de los arrianos, y consentía en 355 que desterrasen al papa Liberio por no querer firmar la condenación de Atanasio.

El obispo cordobés Osio, santo en la iglesia ortodoxa, a quién no obstante se le ha tachado de heterodoxo, quizá porque condescendió con dos obispos arrianos, quienes probablemente propalaron la fama de heterodoxia de aquel, le respondía (a Constancio): Yo fui confesor de la fe cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras, dispuesto estoy a padecerlo todo, antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en escribir tales cosas y en amenazarme... Acuérdate que eres mortal, teme el día del juicio, consérvate puro para aquel día, no te mezcles en cosas eclesiásticas ni aspires a enseñarnos, puesto que debes recibir lecciones de nosotros. Confióte Dios el Imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia. El que usurpa tu potestad, contradice a la ordenación divina; no te hagas reo de un crimen mayor usurpando los tesoros del templo. Escrito está: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, emperador, la tienes en lo sagrado. Escríbote esto por celo de tu salvación. Ni pienso con los arrianos ni les ayudo, sino que anatematizo de todo corazón su herejía; ni puedo suscribir la condenación de Atanasio, a quien nosotros y la Iglesia romana y un concilio han declarado inocente.

Contra ese cuento absurdo que llama avaro y tímido al Osio autor de la carta a Constancio y dos veces confesor de la fe, hemos de poner el testimonio brillante de San Atanasio, que con él lidió bizarramente contra los arrianos: «Murió Osio protestando de la violencia, condenando la herejía arriana y prohibiendo que nadie la siguiese ni amparase... ¿Para qué he de alabar a este santo viejo, confesor insigne de Jesucristo? No hay en el mundo quien ignore que Osio fue desterrado y perseguido por la fe. ¿Qué concilio hubo donde él no presidiese? ¿Cuándo habló delante de los obispos sin que todos asintiesen a su parecer? ¿Qué iglesia no fue defendida y amparada por él? ¿Qué pecador se le acercó que no recobrase aliento o salud? ¿A qué enfermo o menesteroso no favoreció y ayudó en todo?»

Bajo el gobierno del emperador Valentiniano (364-375), el cristianismo ortodoxo fue restablecido en Oriente y Occidente, y la ejemplar acción de los Padres Capadocios (San Basilio y San Gregorio Nacianceno) condujo a la derrota final del arrianismo en el Concilio de Constantinopla en el año 381, que fue un concilio oriental, posteriormente reconocido como ecuménico. En Occidente, solo Hilario de Poitiers, buscando ese mismo frente común, en su De synodis, había defendido cierta equivalencia de la fórmula nicena. Occidente solo conoció los pormenores del concilio de Constantinopla cuando se leyó en el concilio de Calcedonia, después que ya Agustín había desarrollado el Filioque, que terminó imponiéndose en Occidente.

Este concilio oriental, que terminó con la crisis arriana gracias a la nueva fórmula trinitaria de los Capadocios y al apoyo de Teodosio, confesó la divinidad del Espíritu Santo con términos equivalentes, como que procede del Padre y no por generación. Es el fin de la interpretación subordinacionista a que tendía la antigua cultura platónica o estoica.

El II Concilio ecuménico celebrado en Constantinopla (v.) el año 381 señala la desaparición del semiarrianismo, que sólo continúa perviviendo entre las tribus germanas que acabarían convirtiéndose en la ortodoxia después de invadir el Imperio y de asentarse en su territorio.

S. Atanasio, en su Orat. III c. Arrianos, nos revela que un autor arriano, cuyo nombre no dice, formulaba sus objeciones contra la consustancialidad entre Padre e Hijo en base a los textos del N. T. relativos a la Pasión de Cristo.

La Iglesia, que jamás introduce nueva doctrina, no hizo otra cosa que definir el

principio de la consustancialidad tal como se lee en el primer capítulo del Evangelio de San Juan.

La palabra homoousios (consustancial), empleada la primera vez por el Niceno, no es mas que una paráfrasis del Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. El cristianismo no ha variado ni variará nunca de doctrina.

 

Nicea y el III concilio de Toledo

El año 409 irrumpieron en Hispania varios pueblos bárbaros y, tras ellos los también bárbaros visigodos. Todos practicaban el arrianismo, que se mantendría como minoría dominante hasta la ascensión de Recaredo, que se convirtió, y con él todos los visigodos, al catolicismo.

Poco antes, su padre Leovigildo intentó la unidad religiosa en el arrianismo.

La tentativa de unificación religiosa de Leovigildo resulta, pese a su fracaso, un claro exponente de la importancia decisiva que el monarca visigodo atribuía a la unidad religiosa, para el logro de una vigorosa unidad nacional. Importa advertir que tal fue la opinión dominante durante muchos siglos entre los hispanos; y recordar también que el primer intento de unidad confesional, surgido tras la constitución de España como entidad política independiente, fue un intento de unidad arriano-tardía, no de unidad católica. Esta llegó después, de acuerdo con una providencial lógica de la historia, y fue la unidad religiosa destinada a configurar durante catorce siglos el talante y el horizonte espiritual del pueblo español.

El primer concilio de Toledo se abrió con estas palabras de Patruino, obispo de Mérida: «Como cada uno de nosotros ha comenzado a hacer en su iglesia cosas diversas, y de aquí han procedido tantos escándalos que llegan hasta el cisma, decretemos, si os place, la norma que han de seguir los obispos en la ordenación de los clérigos. Yo opino que deberíamos guardar perpetuamente las constituciones del concilio Niceno y no apartarnos de ellas jamás». Y respondieron los obispos: «Así nos place; y sea excomulgado todo el que obre contra lo prevenido en los cánones de Nicea» . Nótese bien: en los Cánones de Nicea, en la disciplina universal (católica) de Oriente y de Occidente; porque la Iglesia española, fiel a las tradiciones del grande Osio, nunca aspiró a esa independencia semicismática. En el mismo concilio se dictó la Assertio fidei contra priscillianistas, Es de suponer que no hicieron lo mismo con el arrianismo porque los visigodos, gobernantes de España, eran arrianos, pero proclamaron el Credo niceno: «Creemos en un solo y verdadero Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, del cielo y de la tierra. Creemos que hay un solo Dios, y una Trinidad de la sustancia divina; que el Padre no es el Hijo; que el Hijo no es el Padre, pero el Hijo de Dios es de la naturaleza del Padre; que el Espíritu Santo, el Paráclito, no es el Hijo ni el Padre, pero precede del Padre y del Hijo. Es, pues, no engendrado el Padre, engendrado el Hijo, no engendrado el Espíritu Santo, pero procedente del Padre y del Hijo. El Padre es aquél cuya voz se oyó en los cielos: Éste es mi hijo amado, en quien tengo todas mis complacencias: oídle a Él. El Hijo es aquél que decía: Yo procedí del Padre y vine de Dios a este mundo. El Paráclito es el Espíritu Santo, de quien habló el Hijo: Si yo no tornare al Padre, no vendrá el Espíritu. Afirmamos esta Trinidad distinta en personas, una en sustancia, indivisible y sin diferencia en virtud, poder y majestad.

Fuera de ésta, no admitimos otra naturaleza divina, ni de ángel ni de espíritu, ni de ninguna virtud o fuerza que digan ser Dios. Creemos que el Hijo de Dios, Dios nacido del Padre antes de todo principio, santificó las entrañas de la Virgen María, y de ella tomó, sin obra de varón, verdadero cuerpo, no imaginario ni fantástico, sino sólido y verdadero. Creemos que dos naturalezas, es a saber, la divina y la humana, concurrieron en una sola persona. que fue Nuestro Señor Jesucristo, el cual tuvo hambre y sed, y dolor y llanto, y sufrió todas las molestias corporales, hasta que fue crucificado por los judíos y sepultado, y resucitó al tercero día. Y conversó después con sus discípulos, y cuarenta días después de la resurrección subió a los cielos. A este Hijo del hombre le llamamos también Hijo de Dios, e Hijo de Dios y del hombre juntamente. Creemos en la futura resurrección de la carne, y decimos que el alma del hombre no es de la sustancia divina ni emanada de Dios Padre, sino hechura de Dios creada por su libre voluntad . Si alguno dijere o creyere que el mundo no fue creado por Dios omnipotente, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Padre es el Hijo o el Espíritu Santo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Hijo es el Padre o el Espíritu Santo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Hijo de Dios tomó solamente carne y no alma humana, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que Cristo no pudo nacer, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que la divinidad de Cristo fue convertible y pasible, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que es uno el Dios de la Ley Antigua y otro el del Evangelio, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que este mundo fue hecho por otro Dios que aquél de quien está escrito: En el principio creó Dios el cielo y la tierra, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que los cuerpos humanos no resucitarán después de la muerte, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el alma humana es una parte de Dios o de la sustancia de Dios, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que han de recibirse y venerarse otras Escrituras fuera de las que tiene y venera la Iglesia católica, sea anatema. Si alguno dijere que la divinidad y la humanidad forman una sola naturaleza en Cristo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que fuera de la Trinidad puede extenderse la esencia divina, sea anatema. Si alguno da crédito a la astrología o a la ciencia de los caldeos, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que es execrable el matrimonio celebrado conforme a la ley divina, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que las carnes de las aves y de los pescados que nos han sido concedidos para alimento son execrables, sea anatema. Si alguno sigue en estos errores a Prisciliano y, después de haber sido bautizado, cree algo contra la Sede de San Pedro, sea anatema.»

El III Concilio de Toledo, a juicio de Juan de Bíclaro, tuvo inmensa trascendencia puesto que, no sólo solemnizó la conversión de los Godos de España, sino que vino a cerrar el ciclo vital de la herejía arriana en la historia del Cristianismo.

Nicea y Toledo serían así los dos concilios que marcaron el orto y el ocaso de la herejía: «Y así como en la ciudad de Nicea –sigue la Crónica– tuvo su comienzo la herejía arriana y fue condenada, aunque no se extirparan sus raíces... en el reciente santo sínodo Toledano la perfidia de Arrio, tras prolongados sacrificios de cristianos y estragos de inocentes, ha sido cortada de raíz».