Libro.

I. LA ESCRITURA Y EL LIBRO.

Escritura y libro van juntos, pero no se confunden; el libro es una sucesión coherente de escritos y añade a la escritura la unidad de asunto. Por eso el libro se designa normalmente con un título, aun cuando este título, en el uso bíblico, no figure siempre en cabeza del escrito. Si el libro comporta un título y un asunto, es que el libro es una síntesis, no sólo una serie material de líneas y de columnas, sino una composición orgánica que recoge una sucesión de acontecimientos en un relato seguido, reuniendo escritos afines, poemas, cantos, sentencias, parábolas, profecías en una colección única.

El libro aparece temprano en Israel: relatos antiguos conocen y utilizan dos viejas colecciones de cantos épicos y líricos: el “Libro de las guerras de Yahveh” (Núm 21,14), y el “Libro del Justo” (Jos 10,13; 2Sa 1,18). La existencia de estas colecciones demuestra que muy pronto adquirió Israel conciencia de la originalidad de su destino, de la continuidad que Dios daba a su historia. Y el número de libros fuertemente unificados en tipos tan diversos, que produjo en algunos siglos este pueblo tan pequeño, atestigua el vigor con que su fe le conducía a expresar y a dominar las cuestiones que se le planteaban: síntesis históricas, colecciones jurídicas, colecciones poéticas y litúrgicas, reflexiones sobre los problemas de la existencia humana.

II. EL LIBRO, MEMORIAL Y TESTIMONIO SAGRADO.

Entre estos libros hay varios cuyo origen nos es posible captar, y este origen es sagrado: son las colecciones legislativas y proféticas; ley y profetas constituyen una estructura esencial de la Sagrada Escritura.

Si es difícil calificar de libro propiamente dicho a “las dos tablas del testimonio” (Éx 31,18), que contienen “la ley y los mandamientos” (24,12) que recibió Moisés de Dios y que lleva en la mano (32,15) - pues estas tablas parecen, aunque en una materia más noble, análogas a las tabletas de arcilla utilizadas por los escribas -, sin embargo, se trata ya de un conjunto destinado a dar testimonio de la voluntad de Dios, que es su autor. Es algo así como el esbozo y el núcleo de los relatos que se constituirán y que se desarrollarán progresivamente y a los que se llamará el “libro de la alianza” (Éx 24,7; 2Re 23,2.21), el “libro de la ley” (Dt 28,58.61; 29,20; Jos 1,8; 8,34), el “libro de Moisés” (2Par 25, 4: 35,12; Esd 6,18; Mc 2,26). El libro se hace para que no se pierda nada de las voluntades de Dios y para que sirva de testimonio permanente contra los prevaricadores (Dt 31,26s; cf. Jos 24,27).

A una necesidad análoga responde la formación de las colecciones proféticas. A Isaías no le basta con reunir discípulos y sembrar en su corazón su testimonio (Is 8,16) para que subsista en el pueblo como “revelación y testimonio” (8,20); recibe la orden de “inscribirlo en un libro, para que sirva de perpetuo testimonio en el porvenir” (30,8). Si Jeremías dicta dos veces a Baruc un resumen de todas las palabras que había pronunciado desde hacía veinte años, lo hace en la esperanza de que esta síntesis terrorífica de “la ira y del furor con que Yahveh ha amenazado a su pueblo” induzca a éste al arrepentimiento (Jer 36,2.7). Así se perfilan los libros de Israel no sólo según su fisonomía literaria, sino también en su originalidad única: no tanto el testimonio que un pueblo recoge sobre su pasado y sobre su propio genio, cuanto el testimonio que Dios da de su propia justicia y del pecado del hombre. Tal es exactamente el carácter que san Pablo asigna a la Escritura: recluirlo “todo bajo el pecado” (Gál 3,22).

III. LIBROS TERRENALES, LIBROS CELESTIALES.

Dado que los libros en que están recogidas las palabras de los profetas contienen la palabra de Dios, es natural que un visionario como Ezequiel, cuando se pone a profetizar y piensa en su misión, se vea a sí mismo devorando un volumen celestial y repitiendo en la tierra un texto compuesto en el cielo (Ez 2,8-3,3). Esta visión expresiva traduce en forma viva, y evitando el literalismo miope de tantos comentaristas posteriores, la naturaleza del libro inspirado, totalmente obra de Dios y del todo compuesto por el autor humano.

Por lo demás, hay otros libros más misteriosos cuyo contenido se reserva Dios en forma más o menos exclusiva: tal es el “libro de ciudadanía”, donde inscribe a los paganos entre los ciudadanos de Sión (Sal 87,5s; Is 4,3) y del que borra a los falsos profetas (Ez 13,19). Pero como estar inscrito en Jerusalén es estar “inscrito para sobrevivir” (Is 4,3), este libro coincide con el “Libro de vida” (Sal 69,29), donde Dios inscribe a los suyos para que vivan sobre la tierra (Éx 32,32s) y en los cielos (Dan 12,1; Lc 10,20). Y si existe un libro en el que están inscritos, antes de que aparezcan, nuestros días y todos nuestros gestos (Sal 139,16), es, sin embargo, diferente de los libros que se presentarán y se abrirán a la hora del juicio (Dan 7,10; Ap 20,12). A través de todas estas imágenes se trata mucho menos de contar y de calcular que de proclamar la soberana justeza de la mirada divina y la dirección infalible de su designio. Si su libro cortiene cuentas, son las de nuestras lágrimas (Sal 56,9).

IV. EL LIBRO SELLADO Y DESCIFRADo.

El libro sellado con siete sellos, que tiene en las manos el que está sentado en el trono y que sólo el cordero inmolado es capaz de abrir y de descifrar (Ap 5,1-10), es ciertamente, según la tradición del AT, un libro profético (cf. Is 8,16; 29, 11 s; Ez 2,9) y probablemente la suma de las Escrituras de Israel. Todos estos libros adquieren, en efecto, en Jesucristo un sentido nuevo, insospechado. Hasta entonces aparecen sobre todo como una ley, una suma de mandamientos divinos indefinidamente violados, un testimonio abrumador de nuestra infidelidad. Pero cuando viene aquél “del que se trata en el rollo del libro”, cuando dice Jesucristo: “He aquí que vengo, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad” (Heb 10,7 = Sal 40,9), entonces las voluntades de Dios se revelan cumplidas hasta la última jota (Mt 5, 18) y la colección de sus palabras aparece como una inmensa promesa al fin cumplida, como un designio único llevado a término. En Jesucristo todos los diferentes libros (gr. biblia, en plural) se convierten en un solo libro, la única Biblia (lat. biblia en singular).

JACQUES GUILLET