Día del Señor.

Para el creyente no es la historia un comienzo perpetuo; la historia conoce un progreso marcado por las visitas de Dios a sus tiempos, en días, horas, momentos privilegiados: el Señor vino, viene sin cesar, vendrá, para juzgar al mundo y salvar a los creyentes. En tal conjunto, para designar la intervención solemne de Dios en el transcurso de la historia, el término “el día del Señor” es una expresión privilegiada, a veces abreviada en “el día” o en “aquel día”. Esta expresión recubre una acepción doble. Es en primer lugar un acontecimiento histórico, el día por excelencia que ve el triinfo del Señor sobre sus enemigos. Es también una designación cultual, el día especialmente consagrado al culto de Dios. Estas dos significaciones no carecen de correlación mutua. El culto conmemora y anuncia la intervención de Dios en la historia: el acontecimiento histórico, puesto que emana de Dios, emerge fuera del tiempo; pertenece al presente eterno de Dios, que el culto debe actualizar en el tiempo histórico.

AT.

I. EL ANUNCIO DEL DÍA DE YAHVEH.

La espera de una intervención fulgurante de Yahveh en favor de Israel parece haberse expresado muy temprano en la creencia popular: se esperaba un “día de luz” (Am 5,18). De hecho, a través de las aplicaciones variadas que hacen del término los profetas, del siglo VIII al IV, se puede reconocer un esquema que describe el día del Señor. Yahveh lanza su grito de guerra (Sof 1,14; Is 13,2): “¡El día de Yahveh está cerca!” (Ez 30,3; Is 13,6; J1 1,15), y Yahveh reúne sus ejércitos para el combate (Is 13,3ss). Es un día de nubes (Ez 30,3), de fuego (Sof 1,18; Mal 3,19); los cielos se enrollan (Is 34,4), la tierra tiembla (Jl 2,1-11), el mundo es devastado (Is 7,23), sumergido en una soledad semejante a la de Gomorra (Sof 2,9) y del desierto (Is 13,9). El pánico se apodera de los humanos (Is 2,10. 19): la gente se oculta (2,21) llena de turbación (Ez 7,7), asustada (Is 13,8); es herida de ceguera (Sof 1, 17), los brazos caen (Ez 7,17), se pierde el ánimo (Is 13,17), siendo imposible mantenerse de pie (Mal 3,2). Es el exterminio general (Sof 1,18), el juicio, la separación (Mal 3,20), la purificación (3,3); es el fin (Ez 7,6s).

Aun cuando después del exilio esta descripción se refiera al último día, se aplica primero a los acontecimientos a lo largo de la historia. Así la ruina de Jerusalén fue “un día de Yahveh” (Ez 13,5; 34,12; Lam 1,12; 2,22). El origen del esquema no debe, pues, buscarse en primer lugar en algún mito de la guerra de los dioses (aun cuando la imaginería del día conserve rasgos míticos). Tampoco debe buscarse en el culto (aun cuando las mismas fiestas religiosas se calificaban como “día de Yahveh”). En el trasfondo se hallan sobre todo los recuerdos de Yahveh que combatía por su pueblo. Los profetas hablaban del “día de Madián”, por el que Yahveh se había distinguido dando a Israel una victoria maravillosa (Is 9,3; cf. Jue 7,15-25) y de otros “días” de victoria (Is 28,21; cf. 2Sa 5,17-25), como el día de Josué (Jos 10,12s) o el día de Yizreel (Os 2,2). Se recordaba igualmente el grito de guerra con el que Yahveh entraba en combate (Núm 10,35s; Sal 68,2); sus intervenciones detenían al sol en caso de necesidad (Jos 10,12ss; cf. Éx 14,20; Jos 24,7), llamaban a su servicio a las nubes (Jue 5,4s), al trueno (1Sa 7,10) o a las piedras celestes (Jos 10,11); así los enemigos quedaban aterrorizados y aniquilados (Éx 15,14s; 23,27s; dos 2,9; 5,1...). La experiencia histórica de Israel fundamenta, pues, así su concepción del día de Yahveh; tras las imágenes se afirma una fe: Yahveh es el Señor que conduce la historia.

II. LA ESPERA DEL ÚLTIMO DÍA.

Yahveh conduce también la historia a su término. El anuncio del día de Yahveh para Israel va, pues, a transformarse en el anuncio de un día para el mundo entero. Este día no tendrá lugar en el transcurso del tiempo, sino al final de los tiempos, al fin del mundo presente. Primitivamente, el horizonte del día de Yahveh se limitaba a Israel. Los profetas, luchando contra la falsa seguridad del pueblo, que estimaba deber ser salvado sin condiciones de todas sus dificultades, iban contra la corriente de la esperanza popular con la expresión “día de Yahveh” o sin ella (Am 5,18ss; Oseas; Is 28,14ss- Miq 1, 2s; Jer 4): sólo para un resto sería este día la victoria de Israel. Con el profeta Sofonías se amplía el horizonte (siglo IV); el día alcanzará a las naciones enemigas (Sof 2,4-15), preparará su conversión y el restablecimiento de Israel (3,9-18). Luego, una vez que Jerusalén ha pasado por el día de la ira de Yahveh (Lam 1,12), los profetas se aplican cada vez más a restaurar la esperanza en el pueblo oprimido por las naciones: el día alcanza a Babel (Is 13), a Edom (Is 34); en cuanto a Israel, que todavía debe ser purificado (Mal 3,2; Zac 13,1s), se trata de una protección asegurada (Zac 12, 1-4), del don del Espíritu (Zac 12,10), de un paraíso renova (Jl 4,18; Zac 14,8). Israel será ver. gado de sus enemigos (Jer 46,10), habiendo sonado la hora de las naciones (Ez 30,3s): tal es “el día de la venganza de Yahveh” (Is 34,8).

La extensión del día a las naciones se completa con una ampliación en el tiempo. Ya para Ezequiel el día marcaba un “fin” (Ez 7,6s); con Daniel será el “fin del mundo” (Dan 9,26; 11,27; 12,13), precedido por “el tiempo del fin” (8,17: 11,35.40; 12,4.9). Las imágenes de la guerra de Yahveh contra los enemigos de Israel (cf. Zac 14,12-20) se enriquecen con imágenes cósmicas que representan el combate original de Yahveh cuando triunfó de las bestias y del caos. Sin embargo, se sigue en contacto con la historia: la coalición organizada en los cuatro ángulos de la tierra contra Jerusalén (Zac 12,3) será desbaratada por Yahveh, que será reconocido juez de toda la tierra (Sal 94,2; 96-13); la tierra entera será despoblada (Is 24,1), serán aniquilados los pueblos guiados por Gog (Ez 38), como los dioses que los inspiraban. El día de Yahveh marcará de esta manera la victoria definitiva de Dios sobre sus enemigos. Los salmos del reino traducen en oración esta esperanza, haciendo llamamiento al Dios de las venganzas (Sal 94) o anunciando que Dios reina (Sal 93; 96-99).

NT.

Con la venida de Cristo adquiere el tiempo una nueva dimensión que se refleja en la complejidad del vocabulario utilizado. Se trata siempre del día de la visita (1Pe 2,12), de la ira (Rom 2,5), del juicio (2Pe 2,9), de “aquel día” (Mt 7,22), del día del Señor Jesús (1Cor 1,8), de Cristo (Flp 1,6.10), del Hijo del hombre (Lc 17,24ss); se hallan igualmente las palabras apokalypsis (2Tes 1,7; 1Pe 1,7.13), epipharteia (1Tim 6, 14.13), parusia (Mt 24,3.27; 2Tes 2,1; 1Cor 15,23; Sant 5,7s; 1Jn 2,28). Este último término significa ordinariamente “presencia” (2Cor 10,10) o “venida” (2Cor 7,6s); era utilizado en el mundo grecorromano para desigrar las visitas oficiales de los emperadores; su empleo en el NT puede también derivar de la tradición apocalíptica del AT sobre la “venida del Señor (p.e., Zac 9,9). Estas breves indicaciones sobre el vocabulario del NT muestran que en adelante el día del Señor designa ya el día de Cristo; se descubre también una tendencia a anticipar la epifaníadel Señor hasta la Encarnación (2Tim 1,10); aun cuando todavía se conserva el aparato apocalíptico del AT, se insinúa también una tendencia a la espiritualización.

1. LA VENIDA DEL SEÑOR.

¿Se ha realizado plenamente la venida del Señor con la aparición en la tierra de Jesús de Nazaret, venido a ser Señor? Se mantiene una cierta tensión entre la escatología tradicional y su actualización. Juan Bautista anuncia que el juez del fin de los tiempos “viene” (Mt 3,11), el Espíritu “viene” sobre Jesús en el bautismo (3,16) y, sin embargo, se pregunta Juan si Jesús es “el que ha de venir” (11,3). Jesús anuncia el día del Señor en una fórmula semejante a la que lo anunciaba en el AT: “El reino de los cielos está próximo” (4,17); dice incluso que “ha llegado” (12, 28). Pentecostés es para Pedro el signo de que se ha cumplido la profecía de Joel: el día del Señor inaugura “los últimos días” (Hech 2, 17); en la entrada de los gentiles en la Iglesia reconoce Santiago el cumplimiento de la profecía de Amós (Hech 15,16ss). Ahora bien, a pesar de estas actualizaciones, pascua y pentecostés no se llaman nunca fuera del culto “día del Señor”. La denominación conserva su valor escatológico tradicional.

1. El día del Hijo del hombre.

Sin embargo, el que se espera para el fin de los tiempos es Jesús glorificado bajo los rasgos del Hijo del hombre (Lc 17,24ss). Jesús utiliza aquí las descripciones clásicas del AT, con el aparato de teofanías grandiosas, especialmente en el “apocalipsis sinóptico” (Mt 24 p). Aquí se reconocen los elementos guerreros (24,6ss), cósmicos (24,29), el sobresalto de los idólatras (24,15), la selección del juicio (24,37-43), el carácter súbito, imprevisible del día que viene (24,44). Lo que es nuevo en relación con el AT es lá venida del Hijo del hombre en su gloria (24,30s). Imágenes análogas se utilizan en los otros textos apocalípticos del NT. Pablo evoca así la trompeta y el arcángel del fin (1Tes 4,16s; iCor 15,52), recuerda que el día vendrá como un ladrón, acarreando terribles dolores (1Tes 5,3), y que marcará la victoria definitiva sobre los enemigos (1Cor 15,24-28); pero añade también que entonces tendrá lugar la resurrección de los muertos y el encuentro con Cristo bajando del cielo (1Tes 4,16s). También el Apocalipsis conserva el aparato guerrero (ira, ejércitos, gritos de victoria), judicial (juicios) (Ap 20,11ss) y cósmicos (21,1). En una palabra, el NT conoce como el AT un día que marcará el triunfo de Dios por su Hijo Jesús. Entonces tendrá lugar el restablecimiento de todas las cosas (Hech 1,6; 1,19s), con miras a la salvación (1Pe 1,4s), que verá la transformación gloriosa de nuestros cuerpos (Flp 3,20s).

2. Luz sobre la existencia cotidiana.

Este hecho venidero tiene ya cierto alcance acá abajo y determina el comportamiento del creyente. La parusía permite apreciar a los hombres en sujpstq valor (1Cor 3,13), juzgar el significado de las obras humanas (4,3ss), estimar el peso y la solidez de este mundo, cuya “figura pasa” (7,31). No pocos juicios paulinos están formulados a la luz de la parusía (cf. 6,12ss; 7,26...). Ésta es anunciada por la persecución que, por consiguiente, no asombra ya, sino que colma de gozo (I Pe 5,13s). Su perspectiva mantiene al creyente en la esperanza (Tit 2,13). La párusiá es doble: la oración de los cristianos es “que venga el reino de Dios”. El creyente tiene confianza en que Dios llevará a término su obra (F1p 1,6) haciendo a sus fieles firmes e irreprochables (1Cor 1,8; F1p 1,9s; 2Tim 1.12.18), a los que esperan con amor esta última “epifanía” (2Tim 4,8); tal es la confianza que quiere inculcar el Apocalipsis, el orgullo que garantiza Juan (Jn 2,28; 4,17). Las imágenes son actualizadas por este último cuando el anticristo del fin se manifiesta en los anticristos de nuestros días (4,1-4).

II. INMINENCIA Y RETRASO DE LA PARUSÍA.

Como la venida del Señor, también su espera es ambigua, pues si se asegura a los creyentes que “Jesús vendrá así, de la misma manera como lo han visto subir al cielo” (Hech 1,11), se ignora radicalmente la fecha de esta venida (Mt 24,42); su perpetua inminencia se impone a su conciencia de fe con tal fuerza que espontáneamente son llevados a suponer la fecha próxima. La tradición del NT mantiene la inminencia cualitativa dentro de un “retraso” cada vez más evidente: inminencia no, quiere decir prioridad cronológica.

1. De la proximidad de la parusía.

Parece ser que en los principios de la Iglesia los creyentes, totalmente poseídos por la luz de pascua y de pentecostés, pensaron que Cristo iba a retornar inmediatamente. La comunidad de Tesalónica refleja todavía esta convicción con excesos que son instructivos: los diferentes no tendrían la menor participación en la bendición de la parusía (11 4.13...); el trabajo no es ya necesario puesto que el Señor viene (2Tes 3, 6); más aún, la parusía habría tenido ya lugar. Pablo, para corregir estas ilusiones, no dice nunca que la parusía tendrá lugar después de un prolongado lapso de tiempo; por el contrario, abriga la esperanza de hallarse entonces todavía en vida (1Tes 4,17). Mantiene sobre todo el deber de velar porque “el día viene como un ladrón en plena noche” (1Tes 5,2). Por lo demás, el carácter inminente de la parusía es difícil de expresar sin proyectarlo en el cuadrante. del tiempo: lo que es inminente parece prójimo”. Así, los autores del NT presentan la parusía como “más próxima” ahora que al principio (Rom 13,11): el día se aproxima, el juicio está muy próximo (1Pe 4,5ss); todavía un 'poco y llegará el día (Heb 10,25.37). Jesús dice: “Vengo luego” (Ap 22,20).

2. Del retraso de la parusía.

Resulta que a los ojos del creyente parece tardar la parusía. Jesús lo había anunciado (Mt 25,5.19), exhortando por esta razón a una vigilancia constante (24,42-51), que permita conservar sin tacha el mandamiento (1Tim 6,15). El tiempo que separa de la parusía debe emplearse en hacer fructificar los talentos (Mt 25,14-30), en socorrer a los otros hombres (25,31-46), según el nuevo mandamiento enseñado por Jesús con ocasión de su partida y del anuncio de su vuelta (In 13,33-36). “Así, concluye san Pablo, mientras tenemos tiempo, practiquemos el bien” (Gál 6,10: cf. Col 4,5; Ef 5,16). Si la parusía tarda en venir, hay, en efecto, que guardarse de prestar oídos a los falsos doctores; seguramente tendrá lugar (2Pe 3,10); si actualmente no ha cambiado nada aparentemente, es que se espera el castigo del mundo por el fuego (3,7); si se hace esperar, es que el Señor no mide el tiempo como los humanos (3,8) y espera, en su paciencia, la conversión de todos los hombres (3,8s). El creyente debe, pues, orar para que tenga lugar la parusía, pues es el advenimiento del reino en su plenitud: “¡Señor nuestro, ven!”, decían los primeros cristianos (1Cor 16,22; Ap 22,17-20).

III. PASCUA Y PARUSÍA.

Por importante que sea el fin de la historia coronada con la venida del Señor, no debe, sin embargo, ofuscar al creyente hasta el punto de ocultar el sentido de pascua y de pentecostés: Cristo está ya en su gloria y en cierto modo su día nos es ya presente desde ahora.

1. “Los hijos del día” (1Tes 5;5).

Al emplear Pablo esta expresión refleja la fe común. Desde que Cristo resucitó, el creyente no pertenece ya sencillamente a la noche, sino al día; el día no se ha de esperar ya simplemente en un futuro inminente, lo cual iluminaría ya el comportamiento del cristiano, sino que se ha interiorizado, espiritualmente en el creyente hasta el punto que éste viene a ser un “hijo de luz” (Ef 5,8). Una convicción semejante se expresa en otros pasajes en lenguaje teológico: ya hemos resucitado con Cristo por el bautismo (Rom 6,3s), ya está adquirida la salvación (Ef 2,5s), nuestra vida está oculta en Dios (Col 3,3s).

2. En el cuarto Evangelio se mantiene la tensión entre el futuro y el presente, si bien la realidad actual de la salvación predomina frente a la espera del futuro. Reaparecen los temas clásicos de la escatología: tribulación mesiánica (In 13,19; 14, 1...); 16,1-4), último día (6,39s.44.54; 11,24; 12,48), venida de Jesús (21, 22s), resurrección para el juicio (5,28; 11,24), el fuego (15,6), el enemigo arrojado fuera (12,31). Pero todo se realiza ya “desde ahora” (5,25; 12, 31): la voz del Hijo del hombre reemplaza a la trompeta del juicio (5,25), el juicio se ejecuta y la ira permanece sobre el incrédulo (3,36), se da la vida eterna (5,24), se manifiesta la gloria (1,14; 2,11; 11,40): ha llegado la hora, que es la pasión gloriosa del Hijo del hombre (12,27.31; 13,1; 17,1). Así el acto de fe en Jesús que se presenta hace actual el día del juicio (5,24; 6,47). Finalmente, la lglesia es el lugar de la presencia de Cristo cuando ella se mantiene en el mandamiento del amor (13,35). El evangelista Juan, sin vaciar de contenido la parusía inminente, espiritualizó así la tradición actualizando por la fe el día del Señor.

3. El domingo, día del Señor.

La parusía se actualiza también en el culto. En el Apocalipsis habla Juan del “día señorial”, dies dominica (Ap 1,10), íurañte el cual tuvo él su visión. Se trata en primer lugar del “primer día de la semana” (1Cor 16,2; Hech 20,7), el día siguiente al sábado, durante el cual los cristianos festejaban al Señor; sin embargo, este día no se escogió para suplantar al sábado, sino para conmemorar un acontecimiento histórico, el día de pascua, según la puntualización que se expresará a comienzos del siglo ii. El domingo recuerda, en efecto, la victoria del Señor en el gran día de la resurrección; como, por otra parte, es el día de la celebración eucarística, anuncia también la vuelta del Señor, su parusía (1Cor 11,26). La tradición completará esta interpretación llamando al domingo “el día octavo”, para recordar que en este día de pascua, que anticipa la parusía, la creación del primer día llegó a su pleno acabamiento.

PUL AUVRAY y XAVIER LÉON-DUFOUR