Circuncisión.

AT.

1. La circuncisión, signo de pertenencia a una comunidad.

La circuncisión es practicada por numerosos pueblos, generalmente en conexión con la entrada en la comunidad de los adultos o en el matrimonio. Israel debió de recibirla como una costumbre antigua, puesto que sus leyes más antiguas no hablan de ella; aparece en los textos de tenor arcaico, que evocan el uso de cuchillos de piedra (Éx 4,24ss; Jos 5,2-9). En consecuencia, es una “vergüenza” no estar circuncidado (Jos 5,9; Gén 34,14). Frente a incircuncisos experimenta siempre Israel repugnancia (1Sa 17,26.36; Jue 14,3; 1Par 10,4; Hab 2,16; Ez 44,7ss); el incircunciso no es verdaderamente un hombre. La circuncisión es, pues, en primer lugar un hecho complejo que marca la pertenencia a una comu nidad.

2. La circuncisión, signo de la alianza

Por lo demás, este rito no carece de nexo con la religión: se circuncida por orden de Yahveh (Jos 5,2) o para esquivar su cólera (Éx 4,24). Se da un paso decisivo cuando este rito viene a ser, sobre todo en la literatura sacerdotal, el signo físico de la alianza, que todo israelita varón debe llevar en su carne desde el octavo día de su vida. Esto lo confirma el hecho de la sangre entonces derramada (cf. Éx 4,26), sangre que el judaísmo posterior llamará con facilidad “sangre de la alianza”.

Relacionada con Abraham, padre del pueblo (Gén 17,9-14; 21,4), promulgada en la ley (Lev 12,3), es la condición indispensable para poder celebrar la pascua, en que Israel se declara pueblo elegido y salvado por Yahveh (Éx 12,44.48). Prohibida por la autoridad pagana en el tiempo de la persecución (1Mac 1, 48), vendrá a ser el signo mismo de la opción judía: unos tratarán de disimularla (1Mac 1,15), mientras que otros la practicarán en sus hijos con peligro de la vida (1Mac 1,60; 2Mac .6,10) y la impondrán por la fuerza a los vacilantes (1 Mac 2,46).

3. La circuncisión del corazón.

Israel podía, pues, verse tentado a creer que bastaba con estar circuncidado para disfrutar de las promesas de la alianza. Jeremías fue sin duda el primero que le recordó que la circuncisión física, practicada por no pocos pueblos, no tiene en sí misma ningún valor (Jer 9,24); lo que importa es quitar el prepucio de los corazones (Jer 4,4), según una metáfora utilizada en otros muchos casos (6,10; Lev 19,23). El Deuteronomio proclama el mismo llamamiento a la circuncisión del cora zón, es decir, al amor exclusivo de Yahveh y a la caridad fraterna (Dt 10,12-22); la misma tradición sacer dotal le hace eco (Lev 26,41; Ez 44,7ss). Esta circuncisión del cora zón, que Israel es incapaz de procurarse será dada por Dios el día de la salvación: “Yahveh circunci dará tu corazón... para que ames a Yahveh... a fin de que vivas” (Dt 30,6). En este mismo discurso (30,12) discernirá Pablo con justa razón un anuncio de la salud por la gracia y por la fe (Rom 10,6ss).

NT.

1. La práctica de la circuncisión.

Jesús, como el Bautista, fue circuncidado (Lc 1,59; 2,21); estaba en primer lugar (Mt 15,24 p), como sus discípulos, “al servicio de los circuncidados” (Rom 15,8). Pero su Evangelio debía ser anunciado también a las naciones (Rom 15,9-12), extensión que iba a poner sobre el tapete la práctica de la circuncisión: ¿había que exigir a todos el rito de pertenencia a la posteridad de Abraham? Como sucede con frecuencia, la respuesta práctica precedió a la teoría. A los paganos, que se iban convirtiendo por todas partes, se administró ordinariamente el bautismo sin imponerles la circuncisión (Hech 10-11). No obstante la presión de ciertos cristianos de origen judío, el concilio de Jerusalén sancionó por un decreto de libertad ya practicada respecto a la circuncisión (Hech 15) y ya autorizada en una revelación a Pedro (Hech 10,45ss).

Esta decisión, que se hubiera podido tomar por una medida de oportunidad (facilitar el acceso de los paganos que se hubieran opuesto a un acto que consideraban como una mutilación), tenía de hecho alcance doctrinal. Pablo lo había de mostrar con ocasión de una crisis análoga en Galacia. Cierto, el pagano incircunciso vive lejos de Dios (cf. Col 2,13); pero si se circuncida, debe soportar el peso de todas las prácticas legales, que de hecho no puede cumplir (Gál 3,2; 5,10: 6.13); corre, pues, a su perdición. Más aún: ligar la salvación a la circuncisión es no tener en nada la promesa que Abraham recibió gratuitamente de Dios antes de ser circuncidado: la circuncisión vino luego, no como fuente, sino como sello de la justicia ya adquirida por la promesa y por la fe (Gál 3,6-29; Rom 4,9-12); es sobre todo anular la cruz de Cristo, que salva realizando esta promesa gratuita (Gál 5,11s).

2. La circuncisión espiritual.

Ahora ya el llamamiento profético a la “circuncisión del corazón” por la ratificación interior del rito exterior, se realiza diversamente, mediante la superación de las distinciones raciales que suponía el rito. “Ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino únicamente la fe que opera, por la caridad” (Gál 5,6); lo que cuenta es “ser una nueva criatura” (Gál 6,15) y “observar los mandamientos de Dios” (1Cor 7,19); ¿qué importa, pues, el estado en que uno se halla en el momento de su llamamiento? La fe justifica a los circuncisos como a los incircuncisos, pues Dios es el Dios de todos (Rom 3,29). Cristo es todo en todos (Col 3,11).

Pero si se ha suprimido el rito, la palabra tiene todavía significado. Los creyentes pueden exclamar: “Nosotros somos los circuncisos, nosotros que ofrecemos el culto según el Espíritu de Dios” (Flp 3,3). En este sentido se cumplen los oráculos proféticos: la verdadera circuncisión, oculta, espiritual, interior (Rom 2, 28s), no es ya hecha por mano de hombre (Col 2,11); se identifica con el bautismo, que asimila al creyente a la “circuncisión de Cristo”, operando en el bautizado el “total desprendimiento del cuerpo carnal” (Col 2,11s) para hacerle vivir con Cristo para siempre.

CLAUDE WIÉNER