Resucitó al Tercer Día

 

            Jesús en el sepulcro. Así se titula el último capítulo de la Vida de Jesús de Renán[1]. Ciérrase el libro con una referencia desengañada, muy triste, a la viva imaginación de María de Magdala, calificando vagamente de sagrados «aquellos momentos en los que la pasión de una alucinada da al mundo un Dios resucitado»[2]. Para el historiador francés, detrás de la muerte de Jesucristo no queda ya nada. Lo restante es el desarrollo inmenso de una leyenda, la consecuencia de un amor desorbitado hacia aquel hombre que, por merecer el máximo amor, no mereció semejante falsificación.

            Quienes firmemente creemos en la Resurrección de Jesucristo pensamos que, si ésta es suprimida, todo lo demás (las maravillosas enseñanzas, aquella paciencia sin límites, su ejemplar serenidad, el ejercicio constante del más limpio amor) es cosa tan exigua, tan desmochada y desarraigada, que no vale la pena hacerlo objeto de fe. Sólo la resurrección hace que no sea vana nuestra creencia (1 Cor 15, 14).

            Pero el Hijo del hombre afirma: «Yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1, 18). Tanto la muerte como la resurrección son dos hechos imprescindibles y de una mutua relación estrechísima (para el Apóstol, uno y otro suceso constituyen el doble polo de todo su pensamiento: con mucho tino suele decir Cerfaux que la soteriología paulina no dibuja un círculo en torno a un centro, sino una elipse alrededor de dos focos.) Y la Resurrección, más que una reparación de la Cruz, es su fruto.

            Por su pasión, Cristo ha glorificado al Padre, le ha ofrecido su «sacrificio vespertino» (Sal 141,2), aquella oblación que tuvo lugar a la caída del día y al atardecer del mundo viejo: vergente mundi vespere. Y San Agustín discurre elegantemente: «Este es el sacrificio de la tarde, la pasión del Señor, la cruz delSeñor, la ofrenda de la víctima saludable, el sacrificio agradable a Dios. En la Resurrección Él transformó aquel sacrificio vespertino en ofrenda matinal»[3]. Así, mediante la aceptación del Padre se consumó aquel sacrificio que sólo era todavía oblación. Y de este modo la glorificación de Dios transformase en glorificación de Jesucristo: «Si Dios ha sido glorificado en El, Dios, a su vez, le glorificará en sí» (Jn 13,32). Queda cumplida, en un grado inefable, la antigua promesa: «A quien me glorificare, yo le glorificaré» (1 Sam 2,30).

            No fue la Resurrección para Jesús un enaltecimiento puramente exterior o apologético, una mera palabra de complacencia pronunciada por el Padre ante los hombres, a la manera de aquella declaración y alabanza que siguieron a su abatimiento en el bautismo (Mt 3,17). Fue mucho más que eso, pues para Cristo constituyó una verdadera trasmutación. No hay duda que antes de resucitar era ya Hijo amadísimo de Dios, pero su carne lo cubría como con una librea de siervo que no le dejaba disfrutar por completo de su condición filial. Por la resurrección vino a quedar establecido en una existencia, diríamos, natural al Hijo de Dios, holgada y deleitosa, de la cual no pudo gozar mientras andaba en la tierra, ligado por su cuerpo todavía mortal; después fue «constituido Hijo de Dios, poderoso según el espíritu de santidad, a partir de la resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4-5). Según Pablo, según la precisa cita del salmo, el Padre engendra a Cristo a una existencia de Hijo en el momento de la Resurrección (Hch 13, 33).

            Tal glorificación de Jesús, consiguiente a la que éste tributó al Padre a lo largo de su vida y sobre todo en la cruz, redundará luego nuevamente en glorificación del Padre. «Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17,1). Con mucha exactitud traduce San Agustín: «Resucítame, para que tu conocimiento se extienda por mí a todo el orbe»[4]. Merced a la Resurrección, el circuito de la gloria recíproca entre las diversas personas se difunde a nuevos círculos, conquistando nuevos pechos y bocas para la gloria del Señor.

            No hay lengua humana que pueda cantar adecuadamente milagro tan desigual. Es, por antonomasia, el milagro de Dios, la revelación de su poder. ¿Cómo decirlo, cómo expresarlo? En vista de la insuficiencia de todos los medios que a mano tenía, Pablo se acoge a un último y también pobre recurso: opta por acumular palabras. Se explica así: «la fuerza de la energía de la potencia que El ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos» (Ef 1,19-20). Con razón afirma Guardini que, si alguien preguntara en qué consiste la Redención desde el punto de vista tanto del agente como del paciente, se le podría contestar con una única respuesta: Cristo resucitado. El mismo es, efectivamente, en su nueva vida transfigurada, el resumen del mundo nuevo.

            Desde el principio será la Resurrección de Cristo el núcleo de toda predicación apostólica. El primer sermón de la historia de la Iglesia, pronunciado por Pedro el mismo día de Pentecostés, se condensa en esta desnuda proposición: «Dios resucitó a Jesús» (Hch 2,32). A eso tendían las apariciones del Resucitado, a hacer de los apóstoles testigos intrépidos de su triunfo (Hch 13,31; 22,15; 26, 16). Dos son las notas constitutivas de la misión apostólica: haber visto al Resucitado (Lc 24,48; Jn 20,21; 1 Cor 9,1; 15,7) y haber recibido de El el mandato de atestiguar su Resurrección junto con todo cuanto, a la luz de esta resurrección, constituye la obra entera del Salvador (Mt 28,19; Jn 20,21; Rom 1,5; 1 Cor 1,17). Para Pablo, la muerte y resurrección del Señor son la enseñanza básica, lo que él ha recibido y predica «en primer lugar» (1 Cor 15,3). «Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús» (Hch 4.,33), de tal suerte que este testimonio viene a resumir por completo su misión (Hch 2,32; 3,15; 5,32). ¿Qué eran ellos sino, simplemente, testigos de la resurrección»? (Hch 1,22). ¿Qué era toda la predicación misionera más que un mensaje pascual? En el año 6o, un funcionario romano informa así al rey Agripa acerca de la religión cristiana: «sobre cierto Jesús muerto, de quien Pablo asegura que vive» (Hch 25,19).

            La Resurrección no es sólo el dato fundamental; es el prisma a través del cual son contemplados todos los datos concernientes a Cristo. Ella hizo que la vida entera del Maestro fuese replanteada de raíz en la cabeza y el corazón de los discípulos.

            En efecto, ¿qué era Cristo para los discípulos antes de resucitar? Los dos caminantes de Emaús describen bien la debilidad e imprecisión del criterio que acerca del Maestro se habían formado casi todos ellos: «Fue un profeta, poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y nosotros esperábamos que Él iba a liberar a Israel» (Lc 24, 19). La resurrección operó un cambio radical en aquellas mentes llenas de vaguedades, dándoles la luz y la medida del Salvador a quien amaban.

            Para ellos y para todos cuantos han creído y creerán gracias a su testimonio, es la resurrección la piedra fundamental de la fe. Ya el mismo Jesús había anunciado su victoria sobre la muerte como prueba irrefragable de su divinidad y de la veracidad de su misión. Sin esa victoria, confiesa Pablo que sería inane toda fe y toda predicación (1 Cor 15, 14-17). Predicación inane: más que desprovista de vigor persuasivo, inútil y vana. Fe inane: no sólo imposible de probar, sino estéril y carente de contenido.

            ¿Damos nosotros al misterio de la Resurrección de Cristo aquel lugar central que merece y exige dentro de la esfera de la fe? Recuerdo un día en que tuve que acompañar a cierto peregrino a visitar los lugares santos de Jerusalén. Lo llevé inmediatamente a la Basílica del Santo Sepulcro, después de explicarle que se trataba de un templo que bajo las mismas naves cobija el pequeño montículo en que murió Cristo y el emplazamiento donde su cadáver fue sepultado. Cuando entramos en la basílica, yo quise conducirlo, antes que nada, al sepulcro, pero él me retuvo diciendo: «Lo importante no es el sepulcro, sino el Calvario». La fe de aquel hombre era recia, pero escasamente documentada, y su concepto de la redención, jurídico en exceso, reducido a la idea de un mero rescate.

            ¿No es ésta la concepción usual, la más común en el pueblo cristiano? Resulta muy significativo ese contraste que se observa entre la categoría suprema que dentro del ciclo litúrgico ocupa el domingo de Resurrección y el relieve tan escaso que la piedad popular suele otorgarle. El cristiano medio ha de aprender aún que ese día (más que la Navidad, más que el Viernes Santo, mucho más que el Corpus Christi o la Inmaculada) representa la fecha cumbre del año, Dies magna, Dies candida, Hilaria Paschae, Dominica nova, Sollemnitas sollemnitatum, Dies dierum regina.

            Démosle a ese día el honor y lugar sumo que con derecho reclama; concedámosle al misterio la amorosa atención que le es debida, pues constituye el misterio capital de nuestra existencia. El Padre resucita a su Hijo (Rom 8, 11; 1 Cor 6,14; 2 Cor 5,15; 13,4; Ef 1,19; Col 2,12) y justifica a los hombres (Rom 3,26.30; 8,30; Gál 3,8). Sabemos cuándo resucitó a aquél; sepamos también cuándo justifico a éstos: la Resurrección del Hijo no es tanto la primera de las obras vivificantes que el Padre realiza cuanto la única, la única obra de salud en la cual todas las demás se hallan concentradas, puesto que ya «nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús» (Ef 2,6). No hay más que una efusión del Espíritu, aquella que glorifica a Cristo; los hombres no son justificados y resucitados por un don del Espíritu que quepa agregar, como un sumando más, al don por el cual fue vivificado el Primogénito. ¿Vacilará alguien a la hora de contestar cuál es el día grande, el día rey de los días?

            El domingo de Pascua, domingo por excelencia, es el día que hizo el Señor. Es «el primer día de la semana» (Jn 20,1), comienzo de la creación y de la restauración, principio de todas las cosas. Y es también, más hondamente aún, el día 8º, el que llega tras los 7 días de la historia precedente, día sin noche, tiempo en que ya no habrá ni años ni meses, tiempo sin tiempo. Edad definitiva, abierta el día de la Resurrección del Señor.

            Por eso es tan hermoso, tan singular, ese domingo que cada año inaugura nuestras primaveras, ese día antes del cual los pájaros no cantan: se limitan a ensayar. Oigamos una voz que llega hasta nosotros desde el siglo IV, una voz pura y autorizada que sabe estimar muy puntualmente: «Pascua del Señor, Pascua; lo digo por tercera vez en honor de la Trinidad: Pascua: Es, para nosotros, la fiesta de las fiestas, la solemnidad de las solemnidades, que es superior a todas las demás, no sólo a las fiestas humanas y terrenales, sino también a las fiestas del mismo Cristo que se celebran en su honor, igual que el sol supera a las estrellas»[5].


Los 40 días

            Por cuenta y riesgo de su corazón, y de manera deliciosa, explica San León Magno[6] que Jesús se apresuró a resucitar cuanto antes porque tenía prisa en consolar a sus discípulos; estuvo en el sepulcro sólo el tiempo justo; estrictamente necesario, para que se salvara la verdad del tercer día.

            Cristo cumplió la profecía a su debido tiempo y guardó la palabra que había empeñado de reconstruir en 3 días el templo. No 3 días completos, evidentemente: a juicio de San León, eso no lo podía soportar su grandísimo afecto hacia las ovejas que balaban sin dueño. Resucitó, como era de ley, al tercer día, pero lo antes que pudo, muy de madrugada, ganándole por la mano al sol, anticipando el amanecer con su propia luz. El relato de los acontecimientos está envuelto en una atmósfera matinal, fresca, limpísima.

            Hay que cotejar con mucho; cuidado las cuatro narraciones para poner en claro el orden de los sucesos tal y como se produjeron. Lo primero de todo, el hecho estricto de la Resurrección, pertenece al secreto de Dios; sólo Él sabe cómo fue aquel florecimiento súbito del cadáver, aquella repentina transfiguración del cuerpo, tan perfecta que ya ningún tropiezo o resistencia había de existir en adelante para él. Sólo Dios sabe asimismo cómo tuvo lugar el encuentro que no ha sido siquiera mencionado, la aparición a Santa María. Sobre lo demás, sobre el resto de cuanto acaeció aquel domingo, puede elaborarse como más verosímil el orden siguiente:

            Muy temprano, cuando había tinieblas, acompañada de otras mujeres, se encamina María Magdalena hacia el sepulcro con ánimo de ungir cuidadosamente el cadáver (Mt 28, 1; Mc 16, 1; Lc 24, 1; Jn 2o, 1).

            Al llegar a la tumba, comprueban, estupefactas, que la piedra ha sido removida. Magdalena se alarma y «corre a buscar a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús, y les dice: Han robado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2).

            Las otras mujeres, que han permanecido cerca de la tumba (a su juicio, violada), reciben la aparición de un ángel que les habla así: «No temáis, ya sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como dijo. Venid y ved el sitio donde estuvo. Y en seguida id a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos y que irá delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Os lo he dicho yo» (Mt 28,5-7; Mc 16,6-7; Lc 24,5-7).

            Las mujeres obedecen la consigna que acaban de escuchar y van en busca de los apóstoles (Mt 28,8; Mc 16,8; Lc 24,9-11).

            Mas, para cuando éstas llegaron a la ciudad, ya se había adelantado Magdalena, según hemos dicho, y había podido hablar con Pedro y Juan, los cuales, sin pérdida de tiempo (corrían los dos juntos), dirigiéronse a la tumba. Allí vieron nada más los lienzos y el sudario; el cuerpo del Señor no estaba. Y se volvieron (Jn 20,3-10; Lc 24,12).

            Magdalena, después de avisar a los dos discípulos, no se quedó en la ciudad; prefirió subir de nuevo al sepulcro con la esperanza de obtener nuevas noticias acerca del cadáver del Maestro. Allí éste se le apareció (Jn 20, 11. 18).

            Más tarde, sin que podamos precisar a qué hora, el mismo Cristo se hizo presente a Pedro (Lc 24,34). Aparecióse igualmente, al atardecer, a dos discípulos que marchaban a Emaús (Mc 16,12-13; Lc 24,13-35).

            Por fin hizo su aparición en el Cenáculo, donde se hallaban todos los discípulos reunidos, excepto Tomás (Mc 16,14; Lc 24, 36-43. Jn 20,19-23).

            Todo esto sucedió el domingo, «el primer día de la semana» (Jn 20, 1), el primer día del mundo nuevo.

            La primera aparición, como hemos visto, estuvo reservada para María Magdalena (Mc 16,9). El primer anuncio del acontecimiento se hizo a las mujeres. Fueron ellas, pues, fueron unas mujeres las enviadas por Dios a predicar a los apóstoles. San Agustín subrayó este pequeño dato y anotó al margen que se trataba de una divina compensación: las mujeres anuncian hoy la Vida lo mismo que ayer una mujer, madre de todos los vivos, convirtióse en la primera mensajera de la muerte[7].

            Cuando Magdalena vio al Señor resucitado, no lo reconoció; lo confundió con el hortelano del lugar. Pero bastó una sola palabra («María») para que sus ojos se aclarasen y su corazón se incendiara. Arrojóse a los pies del Amado. Este le dijo: «No me toques, porque todavía no he subido al Padre. Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn 20, 17).

            ¿No me toques? La frase no carece de dificultad. Ha habido autores -cada vez son más- que la entendieron de manera llana, por el análisis escrupuloso del texto y su contexto inmediato. Puesto que se trata de un imperativo presente (éste supone de ordinario una acción comenzada, al revés de lo que expresa el imperativo aoristo, el cual prohíbe iniciar la acción), tradujeron así: «Deja ya de tocarme». Lo que a continuación dice Jesús se armonizaría fácilmente con dicha lectura, ya que, según tales exegetas, parece advertirle que aún le quedará tiempo de verlo y tratarlo mientras no llegue la hora de subir al Padre, y al mismo tiempo le ordena que vaya cuanto antes a comunicar a sus discípulos la noticia.

            La mayoría, sin embargo, de los comentaristas, sobre todo antiguos, han preferido otra interpretación de alcance espiritual. A juicio de ellos, Jesús invita a la mujer a que supere su fe carnal[8], pues la situación es diferente y diferentes han de ser los tratos. Quien con tanta complacencia toleró que sus pies fueran ungidos y abrazados por la mujer pecadora, niégase ahora a ser objeto de parecidas muestras de afición, precisamente porque su estado es ya muy distinto: la muerte y Resurrección han transformado su existencia y fundamentan un tipo de relaciones novísimas con los hombres. Encontrarán estas relaciones su versión definitiva y su máxima intimidad cuando El suba al Padre, cuando la transformación haya sido del todo consumada. Entonces, justamente cuando El deje el mundo, descenderá a los corazones que en el mundo quedan para abandonarse, de forma invisible, pero muy real, a sus ansias de amor. «No me toques, es decir, no quiero que vengas a mí corporalmente, ni que me conozcas con los sentidos de la carne; para más altas cosas te he llamado, mayores cosas te tengo preparadas. Cuando haya subido a mi Padre, me tocarás de un modo más perfecto y efectivo, asiendo lo que no tocas, creyendo lo que no ves»[9].

            La prohibición de ser tocado la cambiará Jesús, 8 días más tarde, en una orden de contenido bien diverso: «Mete tu dedo aquí y mira mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20,27).

            ¿Por qué tan distinta actitud en uno y otro caso? Fundamentalmente, la voluntad del Maestro es idéntica: significa en ambas ocasiones un llamamiento a la fe. Tomás, ausente del cenáculo durante la primera aparición, incrédulo después de todo cuanto había oído, necesitaba ver para creer, tocar para creer. Condesciende Jesús con aquella flaqueza y le permite toda clase de comprobaciones. Quiere obligarle a aceptar que tiene ante sus ojos y bajo su mano al mismo Cristo, tangible y verdadero, que durante tantos meses ha estado tratando a diario. Pensaba Tomás que aquel que habían visto sus compañeros era un puro fantasma, un producto del sueño; Jesús le demuestra que no hay tal alucinación, que es Él mismo quien ahora se presenta de nuevo, después de haber muerto y resucitado, después de haber recobrado la vida.

            Ante el discípulo incrédulo, Cristo insiste en la continuidad de su existencia, la misma (es decir, tan cierta e irrefutable) hoy que ayer. Con la mujer enamorada, por el contrario, sigue otra táctica, subraya otro aspecto: puesto que ella lo ha reconocido en seguida y lo ha contemplado en una apariencia tan terrena que ha llegado a confundirlo en principio con el jardinero, conviene advertirle del otro extremo de la verdad, conviene que aprenda que su existencia de resucitado ya no es la misma (es decir, de la misma índole corporal) que aquella que vio extinguirse tres días antes sobre la Cruz.

            Tomás creyó: el último de los Once, pero creyó. Creyeron, al fin, todos. La fe en la Resurrección sostendrá su testimonio cuando comiencen luego a predicar el nombre de Jesucristo. Por eso nos sorprende que Mateo, al relatar una aparición de Jesús en cierto monte de Galilea cuyo nombre omite, nos diga que, «al verle, lo adoraron, pero algunos dudaron» (Mt 28, 17).

            Esta duda de los apóstoles ha sido también muy diversamente explicada. No parece que haya que adjudicarla a discípulos que no pertenecían al colegio, pues las facultades de bautizar y difundir el reino que a continuación les son concedidas por Cristo demuestran que allí únicamente se hallaban sus más íntimos y cualificados colaboradores. Tal duda parece que es menester atribuirla a los propios apóstoles, pero no, como falta de certidumbre en la verdad de la Resurrección, de la cual ya estaban para ese momento sobradamente cerciorados, sino como una momentánea vacilación respecto a la identidad del sujeto aparecido. No faltan exegetas que traducen el aoristo por pluscuamperfecto, afirmando que el evangelista alude con esa frase a dudas anteriores, pertenecientes a la primera hora.

            Dichosas dudas, providencial obstinación de algunos en negarse a conceder fácilmente su fe a aquello que sus ojos se resistían a dar por cierto. No sin razón se ha dicho que la prolongada incredulidad de Tomás ha reportado a la Iglesia mayores ventajas que la pronta adhesión de la Magdalena. No inventaron ellos la resurrección; más bien hicieron cuanto estaba de su parte por negarla. A las palabras de las mujeres no prestaron ningún crédito, pues «les parecieron delirio» (Lc 24,1). Idéntica, repulsa encontraron en el grueso de los discípulos aquellas noticias traídas por los primeros apóstoles que hallaron vacío el sepulcro. «Y al fin se manifestó a los Once, estando recostados a la mesa, y les reprendió su incredulidad y dureza de corazón, por cuanto no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos» (Mc 16, 14).

            Nada más justo para describir el estado mental de aquellos hombres, tan positivos, tan apegados a la evidencia, tan escasamente dotados para crear y aceptar fantasías, que la propia confesión de dos de ellos: «Nosotros esperábamos que sería Él quien rescataría a Israel; mas, con todo, van ya tres días desde que esto ha sucedido. Nos asustaron ciertas mujeres de las nuestras que, yendo de madrugada al monumento, no encontraron su cuerpo, y vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía. Algunos de los nuestros fueron al monumento y hallaron las cosas como las mujeres decían, pero a Él no le vieron» (Lc 24,21-24).

            Eran dos discípulos que iban a Emaús, que volvían a su casa, a sus antiguos quehaceres, a su antigua creencia de israelitas en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Quizá llevaban en el alma la vaga pesadumbre de haber sido infieles a la fe de sus padres por haberse durante algún tiempo adherido a cierto galileo que se había presentado como Mesías y, arteramente, había sabido cautivarlos sin razón ni fundamento. Quizá, pensaban ellos, se trataba de un embaucador o tal vez de un iluso que soñó con quebrantar la vara de Roma. Mas he aquí que ese iluso, ese embaucador, ese hombre en quien habían creído y en el cual ya no creían, se les junta en el camino y empareja su paso al de ellos. No lo reconocen. Empiezan a hablar. Exponen ellos sus desengaños. El, muy conocedor de las Escrituras, les va demostrando que todo cuanto ha acaecido estaba de antemano predicho, que todo aquel inmenso fracaso aparente revela a la víctima como a verdadero Mesías. El corazón de los dos desolados discípulos se va enardeciendo con tan justas, saludables y oportunas palabras. Es una pena que hayan llegado ya al término de su viaje. El peregrino va más lejos, se despide... Pero ellos insisten para que se quede, pues está cayendo ya la tarde. Accede. Lo invitan a cenar. «Puesto a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio; entonces se abrieron sus ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció de su vista» (Lc 24,30-31). Es el Señor. «Y en aquel mismo momento se levantaron, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a sus compañeros» (Lc 24,33).

            Nunca he podido comprender, al estudiar la célebre polémica por identificar Emaús con Amwas o con Qubeibe, que se concediese beligerancia a esta objeción presentada por los defensores de Qubeibe: «No puede Emaús ser localizado en Amwas, porque esta aldea distaba de Jerusalén 30 kilómetros, y no es comprensible que unos caminantes, después de haber recorrido en el día tal distancia, volvieran a cubrirla de nuevo por la noche sin previo descanso». No lo entiendo. Quizá no sea comprensible que haga eso un viajero por puro esparcimiento; admito incluso que tampoco lo hiciera por una razón de cierta mediana gravedad, pero para decir: «Jesús está vivo, lo hemos visto», ¿existe fatiga alguna que pueda ser tenida en cuenta?

            Es el episodio de Emaús uno de los más bellos, de los más completos, de los más ejemplares. Y un día y otro viene repitiéndose sin cesar allí donde existe un corazón que ha conocido alguna vez a Jesucristo. ¿No sentimos a menudo en nuestra propia alma dialogar dos voces encontradas, dos voces que discuten, con desgana o con fervor, acerca de Aquel a quien hemos consagrado nuestra vida? «Nosotros esperábamos que sería Él quien libertara a Israel». Esperábamos otras victorias, otras mercedes, otra alegría, acaso quizá tan sólo otra clase de paz. Y nada de esto nos ha sido concedido. ¿No se tratará de un embaucador o de un pobre iluso que soñó con cambiar la faz del mundo? Sí, es cierto que alguien ha visto su sepulcro vacío, es verdad que dicen que ha resucitado, que sigue vivo en su Iglesia, que se halla presente en los sacramentos, que nos ha citado a todos en los montes de Galilea. «Nosotros esperábamos». Esta forma verbal, este pretérito, pone un velo de tristeza a todas nuestras palabras, hace en extremo pesado y lento nuestro caminar. Pero advertimos también otra voz que da razones, que ilumina viejos textos, que alaba y magnifica a Jesús de Nazaret. Hasta que una noche, en una posada cualquiera, vemos que alguien traza un signo sobre el pan. Y en nuestro pecho entra el sol de repente, una maravillosa y muy firme seguridad nos invade.

            Pero la Presencia, en seguida, se desvanece. ¿Qué queda luego? ¿La alegría inenarrable y la prisa por contar a los hombres cuanto hemos visto? ¿No sucede más bien que nuestro gozo, que nuestra confortadora firmeza comienzan muy pronto a menoscabarse? El regreso a Jerusalén va haciéndose cada vez más desanimado, a medida que nos alejamos del punto y hora en que se consumó la fracción del pan. Sí, es preciso dar testimonio, hay que ser fieles durante su ausencia, es menester caminar; volver nuevamente de Emaús a Jerusalén, volver del desengaño. ¿Volver adónde? ¿Al engaño otra vez? Y de nuevo se alza, salvadora, compasiva, nunca irritada, la voz que demuestra la divinidad de Cristo y nos disuade de abandonar sus filas.

            Acaso el alma sentirá nuevamente la tentación de dar todo por perdido y refugiarse para siempre en su desilusión como en una temperatura tibia que desaconseja toda hazaña, todo esfuerzo. La voz de las verdades insiste, argumenta, calienta otra vez el pecho.

            Junto al lago tiene lugar una nueva aparición del Maestro, el cual proporciona a sus apóstoles una pesca milagrosa (153 peces grandes): número triangular, símbolo de plenitud-y luego llama a solas a Simón Pedro para hacerle mayoral de su rebaño (Jn 21, 1-23).

            Los evangelios no han recogido por menudo la historia de estas apariciones, que debieron de ser sin duda más numerosas. Ya en el libro de los Hechos resume Lucas diciendo que «después de su pasión se dejó ver vivo de sus apóstoles con muchas pruebas, apareciéndose durante 40 días y comunicándoles lo referente al reino de Dios» (Hch 1,3).

            De todos estos relatos una cosa capital se desprende: que después de haber resucitado no aporta Jesús nada sustancialmente nuevo a cuanto había hecho y enseñado durante su vida mortal. No realiza ninguna obra extraordinaria, salvo su propia acción de aparecer y marcharse. Ningún secreto nuevo revela a sus elegidos; por el contrario, cuando les habla, limítase a insistir: «Estas son las palabras mías, las que os dije cuando aún estaba con vosotros» (Lc 24,44). Demuestra cómo era necesario que sucedieran las cosas que han sucedido. Esto es todo: los años que han transcurrido son dados por válidos; cuanto ha hecho y predicado es ahora corroborado y puesto en evidencia. Concede aquello que había prometido.

            Jesús habla y actúa confirmando con sus palabras y sus gestos todo lo anterior. Es el mismo Maestro, amoroso y fiel. Su programa, como antes, es la difusión del reino, que ahora no conocerá ya frontera ninguna. Su misericordia es la misma, perdonando a Pedro con tanta piedad que no le regatea un punto siquiera de los privilegios antiguos; al contrario, le otorga el máximo don; no sólo el primado de la Iglesia, sino principalmente lo que eso presupone, la confianza tan grande que Él demuestra aún en el amor del pobre apóstol.

            Su fisonomía física es también la de antes. Presenta las llagas como prueba de autenticidad; Magdalena lo reconoce por la inflexión de voz, y los discípulos de Emaús por la manera de partir el pan. Su cuerpo es real, palpable: «Ved mis manos y mis pies: Soy yo mismo. Tocadme y ved. Un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo» (Lc 24,39). Y acto seguido comió con ellos un trozo de pez asado. No porque tuviera necesidad de alimento, se apresura a puntualizar San Beda, ya que «de una manera absorbe el agua la tierra sedienta y de otra manera muy distinta el rayo ardiente del sol: aquélla por necesidad, éste por su poder»[10].

            Es notable la aparente oposición de datos que el evangelio suministra: unas veces nos presenta la singularidad de un cuerpo que parece elevado sobre las servidumbres del espacio y del tiempo (Lc 24,31; Jn 20,17.19) y otras lo pinta muy material y cotidiano (Mt 28,9; Lc 24,39.42-43; Jn 20,20.27). Tales textos, que se hallan dentro de los mismos capítulos de cada narrador, lejos de contradecirse, subrayan alternativamente la espiritualidad y la corporeidad de la carne de Cristo. Cuando Pablo afirma que ya «el Señor es espíritu» (2 Cor 3,17), no le sustrae el cuerpo, sino que explica, cómo es este cuerpo: «espiritual»; a saber: no inmaterial, sino potente, transido de ese espíritu que significa poder soberano y libertad. Se trata de un cuerpo que es más específicamente «humano» que este nuestro, descendido de su rango primero y nativo, demasiado afín hoy al cuerpo animal. La resurrección nos da a entender lo que es un cuerpo humano librado de las miserias que el pecado sembró en él.

            Ya Cristo jamás perderá el cuerpo. Es éste precisamente el que proporciona a su alma esa apertura hacia el exterior; es, como ha dicho Guitton con tanta fortuna, «la cara del alma que está vuelta hacia las otras almas».

            La esfera sacramental reproduce la corporeidad celeste de Jesús. Los cuarenta días se perpetúan a lo largo de los siglos en esta esfera sagrada en la cual el hombre penetra mediante su fe. Constituye la fe un ámbito en el cual las apariciones del Resucitado son posibles, son efectivas y constantes. Desde que la piedra del sepulcro rodó ocultando el cadáver, ya sólo los creyentes pueden ver al Señor, ya todos los creyentes pueden verlo.

 

JOSÉ M. CABODEVILLA

 Act: 28/03/16   @pascua cristiana           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A 

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[1] Ese es propiamente el último capítulo, ya que los dos epígrafes que más tarde añadió no son sino meros apéndices.

[2] E. RENÁN, Vida de Jesús (México 1960) p.392.

[3] Enarr. in Ps. 140,5: ML 37, 1818.

[4] In lo. Evang. 105, 1; ML 35,1904.

[5] SAN GREGORIO NACIANCENO, Orat. 45,2: MG 36,624.

[6] Serm. 72,2: ML. 54,387.

[7] Serm. 45,5: ML 38,266.

[8] SAN AGUSTÍN, In lo. Evang. 121,3: ML 35,1957.

[9] SAN LEÓN MAGNO, Serm. 74,4: ML 54,339.

[10] In Luc. 6,24: ML 92,631.