CAPÍTULO 24


V. LA GLORIFICACION DE JESUS (24,1-53).

Los relatos lucanos de pascua tienen tres características que los distinguen de los demás. Las apariciones del Resucitado tienen lugar únicamente en Jerusalén y sus alrededores; ninguna de ellas nos vuelve a trasladar a Galilea. En Mateo aparece Jesús únicanente en Galilea; Juan refiere apariciones en Jerusalén y en Galilea. Lucas se mantiene fiel al plan de su obra histórica incluso en el relato de la resurrección. El camino de Jesús conduce, según la voluntad de Dios, a Jerusalén, donde había de verificarse su partida y se había de llevar a término todo lo que está escrito de él (cf. relato del viaje, 9,51ss); en Jerusalén reciben fuerza sus apóstoles elegidos, cuando viene sobre ellos el Espíritu Santo, y desde allí partirán como testigos hasta los confines de la tierra (Act I ,8).

Todos los acontecimientos del relato lucano de pascua tienen lugar en un día: el domingo de pascua. Si no tuviéramos, además de los Evangelios, los Hechos de los apóstoles, apenas si podríamos dudar de esto. A esta exposición parecen haber movido a Lucas intereses cultuales litúrgicos. La Iglesia primitiva celebra el culto (ICor 16,2; Act 20,7) el «primer día» de la semana, el «día del Señor» (Ap 1,10). En este día se hace conmemoración de los acontecimientos pascuales. «Por esto celebramos el día octavo con alegría, en él resucitó Jesús de entre los muertos y, después de haberse aparecido, subió a los cielos» (carta de Bernabé 15,9). La celebración cristiana del domingo tiene sus raíces en los acontecimientos de la vida de Jesús.

Hay tres grupos de testigos que presencian los acontecimientos pascuales: las mujeres de Galilea (v. 1-12), dos del grupo de los que rodean a los apóstoles (v. 13-35), y los once (v. 36-53). La Iglesia entera (Act 1,13s) proclama el mensaje pascual; vive y actúa en virtud del hecho pascual, es Iglesia pascual.

1. EL MENSAJE PASCUAL (Lc/24/01-12).

Es antiquísima convicción cristiana que Jesús fue resucitado por Dios de entre los muertos. Esta fe la profesó en símbolos (ICor 15,3-4), la expresó en la predicación (discursos en los Hechos de los apóstoles), la cantó en himnos (Plp 2,6-11). La seguridad en que reposa esta fe, la aporta Lucas en la narración del sepulcro vacío, con la que todos los Evangelios comienzan los relatos pascuales, de modo que tienen que enmudecer los reparos que se oponen a este hecho. A causa de la segura posesión de la fe pascual se ha de narrar con una alegría nada disimulada, cómo, a pesar de todos los impedimentos internos de los hombres, se llegó efectivamente a la fe en el resucitado.

1 El primer día de la semana, muy de madrugada, fueron ellas al sepulcro, llevando las sustancias aromáticas que habían preparado. 2 Pero encontraron que la piedra había sido retirada ya del sepulcro. 3 Entraron, pues, pero no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.

Las testigos de la sepultura vienen a ser testigos del sepulcro vacío. Entre la sepultura de Jesús y el descubrimiento del sepulcro vacío se halla el día de reposo. El amoroso servicio del embalsamamiento apremia a las mujeres para ir al sepulcro ya muy de madrugada. ¿Quien habría podido precederlas? Se descubre algo sorprendente: la gran piedra que cerraba el sepulcro había sido retirada, el sepulcro está vacío. Ambos hechos, comprobados por las mujeres, reclaman una explicación. ¿Qué explicación se ofrece? A las mujeres, por de pronto ninguna. No hallan respuesta a esta pregunta y están desconcertadas, sin saber qué hacer. No piensan en la resurrección ni en un posible robo del cadáver, que es como en círculos judíos se quería impugnar la predicación pascual de los apóstoles (Mt 27,62-66; 28,11-15).

De manera sorprendente se les da la explicación de los dos hechos que han observado.

4 Y mientras ellas estaban desconcertadas por esto, se les presentaron de pronto dos hombres con vestiduras deslumbrantes. 5 Ellas se asustaron y bajaron la vista hacia el suelo; pero ellos les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de cómo os anunció, cuando estaba todavía en Galilea, 7 que el Hijo del hombre había de ser entregado en manos de hombres pecadores y había de ser crucificado, pero que al tercer día había de resucitar. 8 Entonces ellas recordaron sus palabras. 9 Regresaron, pues, del sepulcro y anunciaron todo esto a los once y a todos los demás.

Las vestiduras resplandecientes, deslumbrantes, designan a las dos figuras como mensajeros de Dios. El resplandor de la gloria de Dios los envuelve (2,9). Lo que aquí se anuncia es mensaje de Dios. También la aparición repentina los acredita como enviados del cielo (2,9; Act 12,7): avanzaron hacia las mujeres desde el fondo de lo invisible (2,9; Act 12,7). Se distinguen como dos hombres; su testimonio es valedero (Dt 19,15). El mensaje que anuncian es el mensaje pascual de la Iglesia: Dios ha resucitado a Jesús, al que se había depositado en el sepulcro. Jesús vive. Uno que vive no mora entre los muertos; no hay que buscarlo en el sepulcro; no está aquí. Una verdad trivial, expresada en forma de proverbio. El mensaje de la resurrección de Jesús es mensaje de Dios. No se obtiene del sepulcro vacío, sino por revelación de Dios. Ahora bien, el sepulcro vacío confirma este mensaje de Dios.

Lo que han dicho los mensajeros venidos de la esfera divina, se ve asegurado por la palabra profética de Jesús. Cuando todavía moraba en Galilea, predijo su muerte de cruz y su resurrección al tercer día (9,22.44). La entrega en manos de los pecadores, la crucifixión y la resurrección radican en la necesidad impuesta por el plan salvífico de Dios. Este plan salvífico, anunciado por Jesús, el mayor y más poderoso de todos los profetas, se cumple en su resurrección. La última y más profunda garantía de la seguridad de nuestra fe pascual, no es el sepulcro vacío, ni la aparición celestial de los mensajeros de Dios, sino la palabra profética, la palabra de Dios, proferida últimamente y de manera acabada por su Hijo (Heb 1,2). A esta palabra remite el cielo mismo: las mujeres deben recordar la predicción de Jesús durante su vida terrestre.

Las mujeres, recordando las palabras proféticas de Jesús, ven confirmado el mensaje pascual enviado del cielo, y ellas mismas se convierten en pregoneras. Según Marcos (16,7s) reciben el encargo de anunciar el mensaje pascual a los discípulos y a Pedro, pero no lo anuncian; según Lucas, son anunciadoras sin tener necesidad de encargo. Quien ha percibido la buena nueva, se vuelve apóstol de la misma (2,18, 2,38). El temor y el espanto causado por lo inaudito no cierra a las mujeres la boca (Mc 16,8), sino que la alegría que lleva consigo el mensaje pascual, las impele a anunciarlo. Comienza el tiempo de la Iglesia misionera.

10 Eran éstas María Magdalena, Juana y María la de Santiago; ellas y las demás que las acompañaban referían estas cosas a los apóstoles. 11 Pero a ellos les parecieron estas palabras como un delirio: por eso no les daban crédito.

Se menciona por sus nombres a tres de las mujeres. María Magdalena y Juana, «la mujer de Cuza, administrador do Herodes» (8,3), nos hacen remontar a los tiempos de Galilea: «Con él iban los doce y algunas mujeres» (8,1s). De suyo no tienen los apóstoles la menor razón de negarse a creer el relato de estas mujeres; a pesar de ello, no las creen. Lo que cuentan las mujeres les parece como delirio febril, como un desvarío. La fe pascual sólo halla en los apostoles resistencia: su origen no se debe precisamente a credulidad...

12 Pedro, sin embargo, salió corriendo hacia el sepulcro; se asomó a él y no vio más que los lienzos. Entonces se volvió a casa, maravillado de lo ocurrido (*).

El jefe de los apóstoles se convence de que el sepulcro está vacío. Mira atentamente dentro de la cámara sepulcral y sólo ve los lienzos en que se había envuelto el cadáver. No puede explicarse lo que ha pasado allí. Se maravilla, se extraña de lo que ha visto. Ahí están los lienzos, y el cadáver no está. Le parece que ha debido de haber intervención divina, y sin embargo abandona el sepulcro sin considerar el mensaje pascual. El que se maravilla y se asombra, está quiza ya en el umbral de la fe, pero todavía no cree y no está al abrigo de la duda. El sepulcro vacío y los lienzos vacíos no son un camino para llegar a la fe en la resurrección de Jesús. Sin embargo, el evangelista está convencido de que después de la resurrección ya no está en el sepulcro el cadáver de Jesús y quc no hay que buscarlo allí. Jesús resucita con el cuerpo.
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Se pone en duda la autenticidad del versículo por su afinidad con Jn 20,4s; sin embargo, tiene su peculiaridad y, por razón de 24,34, no se habría interpolado si no hubiera formado parte del material tradicional.
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2. EL RESUCITADO, RECONOCIDO (Lc/24/13-35).

Jesús, después de la resurrección, asegura a su Iglesia: «Mirad: yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Así corona él la habitación de Dios con su pueblo de la alianza: «Donde están dos o tres congregados por razón de mi nombre, allí estoy yo entre ellos» (Mt 18,20). En la resurrección lleva Dios a su término y acabamiento el hecho de Cristo, sella la proclamación de Cristo y confirma la confesión de Cristo por los fieles. Cuando la antigua Iglesia celebra el banquete cultual, tiene la convicción de que el Resucitado está presente. El marana tha (ICor 16,22) que fue plasmado en el culto de la primitiva comunidad de Palestina y de allí pasó, como fórmula estereotipada, intraducida, incluso al culto de la cristiandad de habla griega, es una profesión de fe en el Señor resucitado y que ha de venir: «Señor, ven.» En la celebración de la cena del Señor está presente Cristo resucitado y exaltado. En el Resucitado tiene la Iglesia existencia, su predicación tiene confirmación, su culto, contenido. Todos estos motivos resuenan en «la más bella y más impresionante» de las narraciones pascuales, que nos legó Lucas en el relato de los dos discípulos que se encuentran en el camino con el Resucitado. Aquí no narra solamente como historiador, no defiende la fe pascual como apologeta, no anuncia el mensaje pascual como evangelista, sino que como narrador religioso quiere abrir el camino al gozo pascual, hacer que los corazones se inflamen por el Resucitado. Esta narración tiene un equivalente en san Juan: el encuentro del Resucitado con María Magdalena. En un caso como en el otro está presente el Resucitado, pero no es reconocido; allí su palabra, «María», abre los ojos; aquí, la fracción del pan que practica el Resucitado.

13 Aquel mismo día, dos de ellos iban de camino a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén sesenta estadios. 14 Iban comentando entre sí todos estos sucesos. 15 Y mientras ellos comentaban e investigaban juntamente. Jesús mismo se le acercó y caminaba con ellos. 16 Pero sus ojos estaban coma imposibilitados para reconocerlo.

Los dos hombres, que el día de pascua caminan de Jerusalén a Emaús (el-qubebe, 11 kilómetros al noroeste de Jerusalén), forman parte del grupo que rodea a los once. Su pensar, sus palabras, sus discusiones giran en torno a Jesús; en esto se muestran ser sus discípulos. Jesús, que los sigue sin hacerse notar, los alcanza. Camina con ellos. Todo el evangelio de Lucas ha pintado a Jesús como caminante. La Iglesia es Iglesia en marcha, Iglesia peregrinante, y Jesús camina con ella.

Los dos discípulos no reconocen a Jesús, como tampoco lo reconoce María Magdalena cuando se le aparece (Jn 21,14). La fuerza que tiene vendados los ojos de los discípulos es lo increíble del mensaje pascual: un cadáver no recobra la vida y no sale del sepulcro. Jesús resucita con la intervención y el poder de Dios. Es un presente de Dios que el Resucitado aparezca a una persona y se le haga visible: «A éste, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió hacerse públicamente visible, no a todo el pueblo, sino a los testigos señalados de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con él» (Act 10,40s). La vida del Resucitado no continúa sin más su vida terrestre. Es también gracia de Dios que el aparecido y hecho visible sea reconocido como Jesús resucitado. Los hechos de la historia de la salvación son causados por Dios, y son también explicados, interpretados por Dios.

17 Él les preguntó: ¿Qué cuestiones son esas que venís discutiendo entre vosotros por el camino? Ellos se detuvieron con semblante triste. 18 Y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: ¿Pero eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo sucedido allí en estos días? 19 Él les contestó: ¿Qué? Lo de Jesús Nazareno -le respondieron ellos-, un hombre que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; 20 y cómo nuestros sumos sacerdotes y jefes lo entregaron a la pena de muerte y lo crucificaron. 21 Nosotros esperábamos que él iba a ser quien libertara a Israel; pero con toda eso, ya es el tercer día desde que esto sucedió. 22 Verdad es que algunas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado: fueron muy de madrugada al sepulcro 23 y, no habiendo encontrado su cuerpo, volvieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, los cuales aseguran que él está vivo. 24 También fueron al sepulcro algunos de los nuestros y lo encontraron todo exactamente como habían dicho las mujeres. Pero a él no le vieron.

La suerte de Jesús resulta inexplicable para los dos discípulos. Se habla por una parte y por otra. Con discusiones humanas no se consigue nada. En el semblante triste se pinta la esperanza decepcionada, el desconcierto agobiante y la tristeza que paraliza. Tal era el estado de ánimo que había causado el viernes santo en los discípulos estremecidos. En las palabras del discípulo que lleva la conversación, Cleofás, se diseña la imagen del Jesús de Nazaret anterior a pascua. Era poderosa en obras y palabras. Su obrar produce fuerza y se dirige contra los poderes demoníacos del mundo. En sus palabras habla por la boca de la omnipotencia y domina la esfera de influencia de los poderes del mal, que se imponen con enfermedades, pecado y muerte. Tras la curación de un poseso dice el pueblo: «¿Qué palabra es ésta que manda con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos, y salen? (4,36). «Y una fuerza del Señor le asistía para curar» (5,17). Dios lo ungió con Espíritu Santo y virtud; por eso pasó haciendo el bien y sanando a los que estaban dominados por el demonio (Act 10,38). Dios lo acreditó con obras de poder, milagros y prodigios que Dios realizaba por él (Act 2,22). Jesús es profeta como Moisés, que era «poderoso en sus palabras y obras» (Act 7,22). Como tal fue acreditado por Dios y reconocido por los hombres (Lc 7,16). Aun después del viernes santo no cabe a Cleofás la menor duda de que Jesús de Nazaret era profeta.

En Jerusalén ha sucedido algo que ha puesto en conmoción a toda la ciudad (cf. 24,18). Los sumos sacerdotes y dirigentes del pueblo, del pueblo a que pertenece Cleofás, hicieron entrega de Jesús a Pilato para que lo condenara a muerte; ellos fueron los que crucificaron a Jesús. Con este fin de Jesús se puso también fin a la esperanza de los dos discípulos en Jesús. Jesús les parecía ser más que un profeta dotado de poder; esperaban que él realizaría la gran esperanza de Israel y lo salvaría de las manos de todos los que lo odian (1,68.71; 2,38). Lo que se había dicho proféticamente sobre el niño Jesús, parecía cumplirse con su vida y su acción; las multitudes que habían visto las poderosas obras de Jesús lo aclamaron como rey Mesías (19,37) y aguardaban que ahora erigiera en Jerusalén el reino de Dios (19,11). Que el Mesías hubiera de acabar su vida en la cruz sufriendo miserablemente, que hubiera de morir como un criminal, arrojado fuera de la ciudad santa, era cosa que contradecía todas las expectativas mesiánicas de los judíos. ¿Cómo iba a salvar a Israel de las manos de sus enemigos, si él mismo sucumbió a sus manos? La predicación apostólica sobre Jesús de Nazaret comienza con la acción de Jesús y habla de su entrega a la muerte, pero luego siguen las frases triunfales: «A éste, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió hacerse públicamente visible... Éste es constituido por Dios juez de vivos y muertos» (Act 10,40-42). «Sepa, por tanto, con absoluta seguridad toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo (Mesías) a este Jesús a quien vosotros crucificasteis» (Act 2,36). El colofón de la predicación sobre Cristo es el anuncio de que ha resucitado: «Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados» (lCor 15,17).

Los dos discípulos conocen el mensaje de la resurrección de Jesús. Saben, por su predicción, que al tercer día tiene que resucitar (24,6; 9,22). Han oído el mensaje de las mujeres. Han visto el sepulcro vacío. Todo esto no basta para convencerlos. A él no le han visto. Las apariciones del Resucitado confirman el mensaje pascual. ¿Pero son suficientes las apariciones? Jesús camina con los discípulos, y ellos no lo reconocen. ¿Cómo se llega a la fe de que Jesús vive? ¿De que está con nosotros?

25 Entonces les dijo él: ¡Oh, torpes y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! 26 ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera esas cosas para entrar en su gloria? 27 Y comenzando por Moisés, y continuando por todos los profetas, les fue interpretando todos los pasajes de la Escritura referentes a él.

¿Por qué se muestran los discípulos refractarios al mensaje pascual? Su inteligencia está aherrojada, y su corazón, centro de las decisiones religiosas, está embotado y perezoso. Dios hizo que sus profetas anunciaran el mensaje pascual. Quien acepta sus oráculos con fe, no ve ya defraudada por la muerte de Jesús en cruz la esperanza que tenía depositada en él. La fe requiere también comprensión para con Dios y un corazón abierto a su mensaje. Como los ojos de los discípulos están impedidos para no ver al Resucitado que camina con ellos, así también su corazón está totalmente cerrado para que no comprendan los dichos de los profetas. Para la fe pascual es preciso que se acabe con la cerrazón del corazón.

Según el designio de Dios, el camino de la glorificación del Mesías pasa por la pasión y la muerte. «Dios cumplió así lo que ya tenía anunciado por boca de todos los profetas: que su Mesías había de padecer» (Act 3,18). «Éste fue entregado según el plan definido y el previo designio de Dios, y crucificado por manos de paganos» (Act 2,23). Este camino del Mesías hacia la gloria a través del sufrimiento es una necesidad impuesta por el plan de Dios, que abarca ambas cosas: para esta vida la cruz, para la otra la gloria.

Cristo entró en su gloria a través de la pasión. La gloria es poder divino, esplendor divino, modo divino de ser. Lo que en la transfiguración se hizo visible por breves momentos (9,32), lo ha recibido ahora Jesús para siempre por medio de su pasión; en esta gloria se ha de manifestar visiblemente: «Verán al Hijo del hombre venir en una nube con poderío y gran majestad» (21,27). La transfiguración es la anticipación del tiempo final; en el tiempo intermedio está todavía oculta la gloria del Hijo del hombre, aun cuando Jesús la posee ya. Como Jesús, después de su muerte, entra en su reino (23,42), así entra también en su gloria. El Padre le ha destinado esta gloria, porque él ha recorrido el camino de las pruebas y de los sufrimientos (22,29). «Dios ha hecho Señor y Mesías a Jesús, a quien crucificaron los judíos» (Act 2,36).

El Resucitado interpreta a los discípulos la Sagrada Escritura. En la Escritura se habla abundantemente de él. En la ley y en los libros proféticos, en todas las Escrituras, en todos los libros de los profetas. De lo que habla la Sagrada Escritura es de Cristo, de su pasión y de su glorificación. El Resucitado da a los discípulos, y por ellos a la Iglesia. la más importante regla hermenéutica para la inteligencia de la Sagrada Escritura. La clave de la Sagrada Escritura es Cristo resucitado; de él dan testimonio las Escrituras (Jn 5,39-47). «Los profetas investigaban a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el espíritu de Cristo que estaba en ellos y que testificaba de antemano los padecimientos reservados a Cristo y la gloria que a estos seguiría» (IPe 1,11). Quien no conoce la Escritura, tampoco conoce a Cristo; quien no conoce a Cristo, tampoco conoce la Escritura. Sólo quien se ha «convertido al Señor», quien capta con fe que Jesús de Nazaret es el Mesías e Hijo de Dios anunciado per Dios, que es el Resucitado y glorificado, capta el sentido de las Escrituras. «Hasta el día de hoy», dice Pablo, «en la lectura del Antiguo Testamento, sigue sin descorrerse el mismo velo (de los ojos de los judíos), porque éste sólo en Cristo queda destruido. Hasta hoy, pues, cuantas veces se lee a Moisés, permanece el velo sobre sus corazones; pero cuantas veces uno se vuelve al Señor, se quita el velo» (2Cor 3,14-16).

28 Cuando se acercaron a la aldea adonde iban, él hizo ademán de continuar su camino adelante. 29 Pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros; que es tarde y el día se acabó ya. Entró, pues, para quedarse con ellos. 30 Y estando con ellos a la mesa, tomó el pan, recitó la bendición, lo partió y se la dio. 31 Por fin se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista. 32 Entonces se dijeron el uno al otro: ¿Verdad que dentro de nosotros ardía nuestro corazón cuando nos venía hablando y nos explicaba las Escrituras?

Se ha alcanzado la meta de la marcha: la casa de uno de los dos discípulos. Jesús es invitado y rogado: quieren que se quede con ellos. El que acepta la invitación debe, conforme a la usanza oriental, hacerse de rogar y ser forzado amablemente (14,23). El caminante que explica a los discípulos la Escritura y les descubre el misterio del Mesías doliente y glorificado, es recibido como huésped con gran ansia y satisfacción. En los apóstoles itinerantes, que descubren la inteligencia de la Escritura por medio del Resucitado, viene el Resucitado mismo (Mt 10,40ss).

Jesús se sienta a la mesa con los dos discípulos y asume la función que le corresponde como a invitado, la fracción del pan, gesto propio del padre de familia. La comida de los judíos comenzaba con la bendición y fracción del pan. Lo que aquella noche sucedió en Emaús pudo ser considerado históricamente, una comida corriente. Lucas, sin embargo, lo sitúa en una perspectiva más alta. Lo pinta con los colores del banquete eucarístico. La relación de la cena en Emaús en la tarde de Pascua, la percibimos, no de la boca de Cleofás, sino de las palabras de Lucas. Tal como El entendió esta comida, «partir el pan» es para él celebrar la eucaristía (Act 2,42.46; 20,7). Las palabras de la celebración de la eucaristía dan también la impronta a las palabras de la cena en Emaús: «Tomó el pan y, recitando la acción de gracias, lo partió y se lo dio a ellos» (cf. 22,l9). Al anochecer, cuando terminaba el día, comió Jesús con los discípulos la última cena, en la que instituyó la cena pascual en forma de cena eucarística; al anochecer se reunían también los cristianos para la cena eucarística (Act 20,8s) (*). El relato de los discípulos de Emaús no es sólo una anécdota edificante, sino que contiene una verdad importante. La Sagrada Escritura da testimonio del Cristo resucitado, y la eucaristía da al Resucitado mismo vivo y presente. La eucaristía es el gran signo de la resurrección del Señor, el signo en que se reconoce que el Señor vive y está presente. La eucaristía no es sólo memorial de la muerte del Señor, sino también memorial de la resurrección. La muerte y la resurrección están unidas entre sí inseparablemente. La celebración eucarística hace presente no sólo el sacrificio de la cruz, sino también la resurrección de aquel que vive. Es signo, por el que reconocemos que Jesús resucitó verdaderamente. Mediante ella se obtiene la capacidad de reconocer al Señor.

¿Es acaso accidental, casual, el que tres veces se hable de permanecer con los discípulos? Estos ruegan a Jesús: «Quédate con nosotros»; él entra en la casa «para quedarse con ellos»; se sienta con ellos a la mesa. Jesús, en su condición de resucitado, está con sus discípulos hasta el fin del mundo (Mt 28,20). En la eucaristía se realiza esta permanencia del Resucitado con su Iglesia. Juan, con quien Lucas coincide no raras veces, designa como fruto precioso de la eucaristía la permanencia con Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mi permanece, y yo en él» (/Jn/06/56). Esta permanencia del Resucitado no es mera presencia, sino acción salvífica. Parte de esta acción está constituida por el don del conocimiento del Resucitado. Se les abren los ojos y reconocen a Jesús.

Tan pronto como los discípulos reconocen a Jesús, desaparece él de su vista. La entera narración tiene puesta la mira en el reconocimiento del Resucitado. Lo que no logró la aparición del Resucitado, lo que tampoco consiguió la interpretación de las Escrituras y su inteligencia, sino que únicamente lo preparó, eso se realiza en la celebración de la eucaristía. Una vez se logró el objetivo de la aparición, se hizo Jesús invisible. Jesús no mora ya entre los hombres como en el tiempo anterior a pascua: ha entrado en la gloria de Dios (cf. 24,26), que «habita en la región inaccesible de la luz, a quien ningún hombre vio ni pudo ver» (lTim 6,16). A los que Dios designa como testigos del Resucitado, les otorga el don de serles visible (Act 10,40), aunque normalmente es invisible. A esta invisibilidad vuelve de nuevo Jesús una vez reconocido.

Ahora comprenden también los discípulos lo que les sucedía cuando Jesús les explicaba las Escrituras en el camino. Su corazón ardía. Quizá se acuerdan de las palabras del salmo de lamentación: «Hundido en el silencio, callado ante la suerte, mi dolor se exacerbaba. Me ardía el corazón dentro del pecho; se encendía el fuego en mi meditación» (Sal 39[38],3s). Con este corazón abrasado lucha el orante implorando esperanza y socorro en su vida que le aparece vacía y sin sentido. Con la interpretación de ]a Escritura por el Resucitado despierta de nuevo la esperanza; en la celebración de la eucaristía adquieren los discípulos la certeza de que Jesús vive y de que el caminante es el Resucitado. Ambas cosas son necesarias: la Escritura y la eucaristía. La Escritura inflama el corazón tardo, la eucaristía quita la falta de comprensión (cf. 24,25). Mediante la Escritura interpretada en sentido pascual y mediante el banquete de la eucaristía aparece en la conciencia fiel la presencia del Resucitado, hace que el corazón se inflame y conozca.
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El relato de los discípulos de Emaús tiene la misma estructura que el de Act 8,26 40:

Dos hombres de camino (de Jeru-  lén a Gaza).

Un hombre de camino (de Jerusa- salén a Emaús).

Van hablando de los acontecimientos de aquellos días: la muerte del profeta poderoso.

El eunuco va leyendo Is 53, el cántico del Siervo doliente de Dios.

Los discípulos cuentan los hechos que los desconcertaban.

El eunuco dice que no entiende el pasaje que lee.

Jesús explica los sucesos conforme a la Escritura.

Felipe, iluminado por el Espíritu, explica la Escritura.

Jesús parte el Pan.

Felipe confiere el bautismo.

Jesús desaparece de repente.

Felipe desaparece de repente.

Los discípulos regresan convertidos.

El eunuco regresa cristiano.

   
En ambos relatos, la Escritura prepara para el rito: una vez para la eucaristía, la otra para el bautismo.

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33 Y en aquel mismo momento se levantaron y regresaron a Jerusalén, donde hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, 34 que decían: ¡Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. 35 Entonces ellos refirieron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Después de la gran vivencia en que los discípulos habían reconocido en el Resucitado la acción salvífica de Dios, regresan a Jerusalén, donde se hallaban reunidos los once y «los que estaban con ellos». Regresan (*), como todos los que han experimentado la visita misericordiosa de Dios: los pastores (2,20), Jesús mismo (4,1.14), los apóstoles (9,10), los setenta discípulos (10,17), el leproso curado (17,15), el pueblo que había sido testigo de la crucifixión de Jesús (23,48). Regresan «para alabar y glorificar a Dios por todo lo que habían oído y visto», para referir y para proclamar lo que ha obrado Dios, para reconocer lo que hasta entonces no habían reconocido. Los dos discípulos regresan en el mismo momento, porque la alabanza y proclamación de Dios es cosa que urge (1,39; 2,16; 19,5). El mensaje del Resucitado debe llevarse a Jerusalén, porque de allí ha de partir al mundo entero (24,47; Act 1,8).

Los once y los que se hallan con ellos están ya convencidos de que Jesús vive, pues el Resucitado se ha aparecido a Simón Pedro. La primera aparición fue concedida a Pedro (lCor 15,4s; cf. Jn 20,2). Pedro tiene el encargo de confirmar a sus hermanos (22,32). La Iglesia se edifica mediante la fe en el Resucitado. Lo que los dos discípulos habían vivido en el camino de Emaús y en la fracción del pan, concuerda con el mensaje pascual de la Iglesia primitiva; ésta edifica su fe pascual sobre la fe de los once, y ésta se confirma con la aparición del Resucitado, que fue otorgada a Simón Pedro.

Lucas se interesa por tradiciones particulares que se hallan al margen de la tradición apostólica. Habla de la misión de los setenta (10,1ss), refiere recuerdos que le contaron las mujeres con las que se encontró el Señor (8,1; 7,11ss; 36ss; 10,38ss; 23,27ss), y sabe también -quizá por Cleofás- de los discípulos a los que el Señor resucitado apareció en el camino. Los testigos secundarios no dejan de ser tenidos por fidedignos, pero la fe de la Iglesia no se edifica sobre su testimonio; ésta reposa sobre el fundamento de los apóstoles, cuya fortaleza es Pedro. Lo que presenciaron los testigos secundarios queda confirmado por el testimonio de los once.

La Sagrada Escritura, la celebración de la eucaristía y la profesión de fe de la Iglesia son los pilares sobre los que se apoya la certeza (1,4) de nuestra fe en la resurrección de Jesús. La narración de los discípulos que se encontraron con el Resucitado en el camino de Emaús, se cierra en forma significativa con estas palabras: Lo habían reconocido al partir el pan. En la celebración de la eucaristía se congrega la comunidad creyente para leer la Sagrada Escritura, para hacer la profesión de fe y para partir el pan. Por medio del Señor presente en la fracción del pan le comunica Dios el don de reconocer al Resucitado. Así la fe no sólo produce el efecto de descubrir a los hombres el misterio pascual, sino que ella misma es ya una irradiación de este misterio. Es un efecto de la acción de Dios en la resurrección de Cristo. Es causa y efecto a la vez, causando y presuponiendo a la vez el contacto con la resurrección.
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Una palabra preferida por Lucas: 37 veces en el NT; de ellas, 21 en el evangelio de Lucas, 12 en los Hechos de los apóstoles.
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3. ENCARGO Y DESPEDIDA DEL RESUCITADO (24,36-53).

El día de Pascua de Jesús se cierra con una aparición del Resucitado a todos los discípulos. En este caso se presenta la realidad del cuerpo resucitado de tal manera que quede disipada toda duda (v. 36-43), se da una nueva inteligencia de la Escritura y el encargo de la misión mundial (v. 46-49), y se narra la despedida de Jesús de sus discípulos (v. 50-53).

a) El cuerpo de Jesús resucitado (Lc/24/36-43).

La exposición de Lucas hace patente su objetivo apologético. En ciertos círculos no se quería admitir que Jesús había resucitado con su cuerpo. Contra éstos se trata ahora de poner de relieve la corporeidad de la resurrección.

36 Mientras estaban comentando estas cosas, él mismo se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz esté con vosotros. 37 Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. 38 Pera él les dijo: ¿Por qué estáis turbados y por qué surgen dudas en vuestro corazón? 39 Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y vedme, porque un espíritu no tiene carne y huesos, como estáis viendo que los tengo yo. 40 Dicho esto, mostróles las manos y los pies.

Como había desaparecido repentinamente de la vista de los discípulos de Emaús, también ahora se presenta Jesús repentinamente en medio de los once y de los que están con ellos. Jesús no está ya sometido a las leyes del espacio y del movimiento en el espacio. El modo de existir del Resucitado no es ya el modo de existir del Jesús terrestre, del Jesús del viernes santo. La aparición repentina, inesperada e inexplicable del Resucitado causa miedo y terror. La resurrección de Jesús y su aparición en figura corporal es cosa que sobrepasa la capacidad de comprensión humana y la expectativa humana. Ni siquiera viendo y oyendo su saludo de paz logran los discípulos convencerse de que es él; sin embargo, habían llegado ya a la fe en la resurrección (24,34).

Los discípulos ven la aparición, pero la interpretan como la de un espíritu sin cuerpo, como un fantasma; según otra antigua lectura, como producto de la fantasía, como artilugio del diablo. En las dudas y falsas interpretaciones de los discípulos se anticipan ya dudas e interpretaciones erróneas de posteriores adversarios del mensaje de la resurrección. En la exposición de Lucas se reflejan las polémicas de la misión cristiana, Las apariciones del Resucitado no son producto de la fantasía, no son meras visiones internas.

Lo que ven los discípulos es Jesús mismo. La aparición es idéntica con él. Soy yo mismo. De ello, dan testimonio las manos y los pies, que llevan las marcas de los clavos (Jn 20,25.27). Jesús aparece con verdadera corporeidad. Los discípulos pueden tocar el cuerpo del SeÑor. La aparición tiene carne y huesos, que son la armazón de la carne. Aunque pudiera engañarse la vista, el sentido del tacto no se engaña, pues es el sentido más objetivo de todos. Jesús muestra a los discípulos sus manos y sus pies. ¿Tienen ya la prueba? Tras sus palabras es ya más que suficiente.

41 No acabando ellos de creer aún de pura alegría y llenos de admiración, les preguntó: ¿Tenéis aquí algo que comer? 42 Ellos le presentaron un trozo de pescado asado. 41 Él lo tomó y comió delante de todos.

Al miedo y al terror sigue la alegría. Las palabras y la convincente oferta de Jesús no conducen todavía a la fe, sino solamente a la admiración. El evangelista los excusa: la alegría les impide todavía creer. El mensaje de la resurrección de Jesús es demasiado bello para ser verdadero. Al fin y al cabo, su resurrección y aparición ¿no es producto del ansia humana, creación de los discípulos, que habían estado con el Señor, habían puesto en él toda su esperanza y lo consideraban como el gran logro de su vida? Toda la esperanza de los cristianos se concentra en la verdad de la resurrección de Jesús. Debe, pues, fundamentarse sólidamente. La alegría de los discípulos tiene su razón de ser. Se ofrece una nueva prueba de la verdad de la resurrección y de la corporeidad del Resucitado. Jesús come delante de sus discípulos un trozo de pescado asado. Para prevenir toda volatización del cuerpo resucitado y toda transformación en algo espiritual, la predicación de la Iglesia primitiva se remitió a las comidas en común del Resucitado con los discípulos: «A éste, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió hacerse públicamente visible... a nosotros que comimos y bebimos con él después de haber resucitado él de entre los muertos» (Act 10,40s). Jesús, en su condición de resucitado, no tiene ya necesidad de alimento, pues ha entrado ya en la vida eterna (24,26). Se demuestra como el que vive, asumiendo paradójicamente en sí las señales de quien está sujeto a la muerte. De este modo de existir del cuerpo resucitado sólo se puede hablar con imágenes menguadas e insuficientes (lCor 15,35-49).

El crucificado y sepultado, pero resucitado de entre los muertos muestra un modo característico de existir. Aparece en una corporeidad visible, audible y tangible. No es un fantasma, sino un ser humano de carne y hueso, que se declara dispuesto a dejarse tocar para disipar las dudas acerca de su corporeidad, que está delante de los ojos de los que le sirven la comida. Sin embargo, Jesús es distinto de como era antes de su muerte, se muestra libre de todo condicionamiento propio de la existencia corporal y dispone libremente de su forma variable de aparecerse (/Mc/16/12). Con todo lo que se insiste en la corporeidad del Resucitado, sin embargo, la realidad de ésta suscita dudas, causa terror y no deja creer por la alegría. El Resucitado aparece y desaparece, sin que se note su venida y su partida. Para reconocerlo se requieren ojos abiertos por Dios. De la pasión y de la existencia terrenal, ha pasado ya a la gloria de Dios y, sin embargo, se adapta todavía a lo terrestre, y en este sentido es imperfecto. El modo de existencia del Resucitado no se puede describir plenamente; apenas si se puede insinuar en fórmulas llenas de contradicciones.

b) Testamento del Señor a su partida (Lc/24/44-49).

En las últimas palabras que el Resucitado dirige a los apóstoles les da nueva inteligencia de la Escritura (v. 44s), los instruye sobre el universalismo de la voluntad salvífica de Dios (v. 46s) y les promete el Espíritu Santo (v. 48s).

44 Después les dijo: Éstas son las palabras que yo os dije cuando todavía estaba con vosotros: tiene que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. 45 Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras.

El Señor dejó a los apóstoles y a la Iglesia sus palabras, que él pronunció en su vida terrena, así como la tradición de las acciones que realizó. Junto a su presencia personal, que para la Iglesia es invisible e inaudible, se halla la tradición de su obrar, el recuerdo del tiempo de Cristo. Este tiempo se caracteriza como el tiempo en que Jesús estaba todavía con sus apóstoles visible, experimentable. Se acerca el tiempo en que partirá y se alejará de ellos; entonces también tendrán término las apariciones del Resucitado y la Iglesia aguardará su venida (17,22). Para este tiempo se nos han dejado como precioso legado las palabras del Jesús terreno y la vista de sus acciones. La vida de Cristo se ve como hecho histórico, al que la lglesia mira retrospectivamente y que influye en la fe y en la vida de la actualidad.

La actividad terrena de Jesús está dominada por la aserción del cumplimiento de las Escrituras. Al comienzo de su actividad pública se dice: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura escuchado por vosotros» (4,21). Antes de elevarse al cielo, recuerda que había dicho: Debe cumplirse todo lo que está escrito. La Escritura entera con todas sus partes: ley, profetas, salmos (ketubim), habla de Cristo. Jesús trae el cumplimiento de la Ley (16,17s), la realización de las profecías (4,21), el culto de alabanza por las grandes obras que Dios llevó a cabo por Jesús. El tiempo de Jesús es el tiempo de la realización de las promesas.

Aunque Jesús, en su vida terrena explicó la Escritura a los discípulos, cuya inteligencia siguió cerrada a la comprensión de la Escritura, todavía no creían que Jesús es el Mesías, todavía les estaba oculta la verdadera imagen del Mesías. La Escritura habla del Mesías, del Resucitado de entre los muertos. Esto no lo podían ellos comprender (18,31-34). El Resucitado, al que Dios, mediante la resurrección, acreditó como Mesías, abre la inteligencia para la comprensión de la Escritura. La fe en Jesús es obra del Resucitado, como también la nueva inteligencia de la Escritura. Sólo si la Escritura del Antiguo Testamento se entiende a la luz de pascua, conduce al conocimiento de Jesús, salvador de Israel y del mundo. Después de la resurrección, la ignorancia de la Escritura se convierte en culpa (Act 3,17s). Para el judío incrédulo es la Escritura una acusación; para la Iglesia, que creyendo en la resurrección la entiende rectamente, es salud y salvación.

46 Y les dijo: Así está escrito: que el Mesías tenía que padecer, que al tercer día había de resucitar de entre los muertos 47 y que en su nombre había de predicarse la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén.

La Escritura anuncia la salvación para todos los pueblos. Ésta es su sustancia y su verdadero objetivo. La salud se basa en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Se proclama en nombre de Jesús, por encargo suyo, bajo su acción. En este nombre hay salvación (Act 4,12). El nombre de Jesús es su presencia activa. Cuando los apóstoles predican en nombre de Jesús, cuentan con la promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). A todas las naciones se predica la salvación; también aquí se cumple la Escritura; la profecía universalista del segundo Isaías se cumple en la predicación del Bautista: «Todos han de ver la salvación de Dios» (3,6; Is 40,5), en el cántico de alabanza de Simeón: «Luz para iluminar a las naciones» (2,32; Is 42,6), en la predicación de Jesús: «Vendrán de oriente y de occidente» (13,28ss; Is 49,12). La salvación comienza a predicarse en Jerusalén. Viene de los judíos (Jn 4,22). En Abraham son benditas todas las generaciones de la tierra (Act 3,25; Gén 12,3). Se anuncia conversión y perdón de los pecados. La conversión (penitencia) es presupuesto para el perdón de los pecados; a esto sigue la vida. Cristo glorificado es el «autor de la vida» (Act 3,15), pero también de la conversión y del perdón: «A éste ha exaltado Dios a su diestra como príncipe y salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de los pecados» (Act 5,31). La promesa profética que Jesús cumple en su acción, es hecha por los apóstoles a todos los pueblos: «...libertad a los cautivos y recuperación de la vista a los ciegos» (4,18; Is 61,1; 42,7). Según Mateo, el Resucitado da el encargo: Bautizad a todos los pueblos (28,19). El bautismo presupone penitencia y conversión y sella una y otra. Se ha realizado la predicción del Antiguo Testamento acerca de la salud para todos los pueblos y el mensaje de salvación. Los Hechos de los apóstoles dan testimonio de ello. Los apóstoles anuncian a Jesús de Nazaret como Cristo (Mesías), su muerte salvífica -muerto por los pecados- y la resurrección; ofrecen penitencia y perdón de los pecados. En uno de los primeros sermones de san Pedro se dice: «Nosotros somos testigos de todas las cosas que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén, al cual incluso mataron, colgándolo de un madero. A éste, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió hacerse públicamente visible... Y nos ordenó predicar al pueblo y dar testimonio de que él es el constituido por Dios en juez de vivos y muertos. Todos los profetas le dan testimonio de que por su nombre obtiene la remisión de los pecados todo el que cree en él» (Act 10,39-43). La predicación comienza en Jerusalén, va a Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra (Act 1,8). Lo que Mateo presenta como manifiesto y encargo del Resucitado (8,18-20), lo propone Lucas en forma de predicción. La predicación a todas las naciones se pone, como cumplimiento de la Escritura, en una misma línea con la pasión y la resurrección. Al tiempo de las promesas sigue el tiempo de Jesús como centro y punto medio del tiempo; después de la ascensión viene el tiempo de la Iglesia, tiempo del testimonio y de la misión.

48 Vosotros sois testigos de esto. 49 Y mirad: Yo voy a enviar sobre vosotros lo prometido por mi Padre. Vosotros, pues, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto.

Se expresa el hecho y el encargo: los apóstoles son testigos de aquello en que se han cumplido las predicciones, testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús, testigos de su encargo misionero y de la predicación de la salud extendida al mundo entero. Ellos habían estado con Jesús, desde su bautismo en el Jordán hasta su ascensión al cielo (Act 1,21). Ellos aportan lo que se exige a los testigos. El mensaje de los apóstoles no es especulación y sabiduría humana -en forma mística, si se quiere- sino hecho histórico, y su interpretación divina sobre la base de la Escritura.

Cristo por su parte ofrece a los apóstoles el apoyo del Espíritu Santo para su mensaje salvífico. Sus palabras de promesa van encabezadas por su yo, el yo de quien tiene autoridad y derecho de libre disposición, como se lee en Mateo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Tan pronto como haya ido al Padre y haya sido glorificado (Jn 15,26) enviará la promesa del Padre, el Espíritu Santo, al que Dios había prometido para el tiempo de salvación (Jl 3,1-5; Act 2,16-21). El Espíritu Santo, con el que Jesús mismo fue ungido para su acción (Act 10,38), se da también a los apóstoles. El tiempo de la Iglesia es el tiempo del Espíritu Santo. «Elevado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado lo que vosotros estáis viendo y oyendo» (Act 2,33).

Primeramente tienen los apóstoles que esperar el Espíritu Santo; tienen que establecerse en la ciudad y permanecer en ella; en estas palabras se da quizá a entender también: permanecer reflexionando y meditando (10,39). Se refiere que los apóstoles, después de la ascensión de Jesús a los cielos, perseveraban unánimes en la oración con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos (Act 1,14). La ciudad es Jerusalén; es el centro de la obra histórica lucana, la ciudad de la muerte de Jesús, la ciudad del Resucitado, la ciudad de la venida del Espíritu Santo, la ciudad contra la que se cumple el juicio de Dios porque no ha reconocido sus misericordiosas visitas.

En Jerusalén serán los apóstoles revestidos de la fuerza de lo alto. La fuerza de lo alto es el Espíritu Santo. La fuerza y el Espíritu están íntimamente ligados entre sí. En la fuerza del Espíritu regresa Jesús a Galilea después de haber vencido al tentador, para empezar allí su obra y proclamar el suspirado año de salvación (4,14). La fuerza del Espíritu se da a los apóstoles después que Jesús ha vencido al tentador en su pasión y muerte y ha sido elevado al cielo. En la fuerza del Espíritu continúan la obra de Jesús entre todas las naciones. «Y con gran fortaleza, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y gozaban todos ellos de gran estimación» (Act 4,33). No hacen los milagros con su propia fuerza (Act 3, 10), sino en virtud y en nombre de Jesucristo (Act 4,7.10). El tiempo de Jesús comienza con la «aurora de lo alto» (1,78); el tiempo de la Iglesia, con la «fuerza de lo alto». Los apóstoles son revestidos de esta fuerza, como Jesús fue ungido con el Espíritu Santo y fuerza (Act 10,38). El traje de ceremonia de los apóstoles es la fuerza de lo alto; Esta les da poderes divinos, como los tenía Jesús. «Ellos (los apóstoles) fueron a predicar por todas partes, cooperando el Señor con ellos y confirmando su palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20).

Al comienzo del tiempo de Cristo se halla el mensaje de gracia: «EI Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te envolverá en su sombra» (1,35). Al comienzo del tiempo de la Iglesia se halla la promesa de Cristo, de que enviará la promesa del Padre, el Espíritu Santo, a los apóstoles y a los que están con ellos, y los pertrechará con la fuerza de lo alto. El Espíritu Santo suscita desde el seno de María al Santo, al Hijo de Dios (1,35); el Espíritu Santo produce mediante la Iglesia los santos, los hijos de Dios, como se llama a los cristianos. La fecundidad de María, como la fecundidad de la Iglesia, viene por la fuerza de lo alto. María es figura de la Iglesia.

e) Ascensión de Jesús (Lc/24/50-53).

Esta sección discrepa algo de Act 1,3-11. Según los Hechos de los apóstoles, Jesús, «con numerosas pruebas se les mostró vivo (a los discípulos) después de su pasión, dejándose ver de ellos por espacio de cuarenta días y hablándoles del reino de Dios» (Act 1,3). Según el Evangelio, parece que todo lo que narra Lucas en el capítulo 24 tuvo lugar el día de pascua, que el testamento del Señor que partía de este mundo (v. 44-49) y su ascensión (v. 50-53 se sitúan inmediatamente después de la aparición la noche del día de pascua. A lo que parece, Lucas, en su exposición del día de pascua, se dejó guiar por intenciones litúrgicas: cada domingo de la comunidad es un día de pascua. Conforme a su concepción teológico-literaria, anticipó también el relato de la muerte del Bautista (3,8ss) sin atenerse a la sucesión histórica de los hechos; así también, el sermón de Jesús en Nazaret. Io sitúa programáticamenle al comienzo de su actividad (4sí4-30), aunque históricamente hay que situarlo seguramente más tarde. Numerosas relaciones entre el Evangelio y los Hechos de los apóstoles muestran que Lucas tenía ya planeada la concepción de los Hechos cuando escribió el Evangelio; por eso no se puede suponer que quisiera corregir el Evangelio, por ejemplo, con los datos de los Hechos de los apóstoles sobre la ascensión. Lucas no se deja guiar por intenciones de biografía histórica.

50 Después los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo. 51 Y mientras los bendecía, se apartó de ellos y era llevado al cielo.

«Hasta cerca de Betania» quiere decir la región sobre el monte de los Olivos próxima a Jerusalén (19,28s; Act 1,12). Desde allí había avanzado como rey Mesías hacia Jerusalén (19,28-38). En ningún otro lugar podía comenzar su marcha para entrar en la gloria después de llevada a cabo su obra. Betania está situada en el camino del desierto a Jerusalén. El comienzo del tiempo de salvación se anuncia con estas palabras: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor... y todos han de ver la salvación de Dios» (3,4ss). En este camino del desierto a Jerusalén se despide Jesús de los discípulos, y es elevado al cielo; de allí envía el Espíritu Santo; comienza el tiempo de la Iglesia. Sobre la acción de los apóstoles se dice al final de los Hechos: «Sabed, pues, que a los gentiles ha sido ya transferida esta salvación de Dios, y ellos escucharán» (Act 28,28).

El que todavía no había bendecido nunca a sus apóstoles, les da ahora solemnemente la bendición. El acto de levantar las manos muestra a Jesús como sacerdote que bendice. Quizá debe esta escena traer a la memoria las palabras del Eclesiástico, donde se dice del sumo sacerdote Simón: «Entonces Simón, bajando, levanta sus manos sobre la congregación de los hijos de Israel para dar con sus labios la bendición de parte de Dios y gloriarse en su nombre. De nuevo se postraban en tierra para recibir de él la bendición» (Eclo 50.22s). Jesús, que se despide para ir al cielo, hace patente la bendición que se da en él mismo: en él serán benditas todas las naciones de la tierra (Act 3,25). El Evangelio de Lucas comienza con un sacerdote que, después de ofrecer el sacrificio, no pudo bendecir a causa de su duda (1,22). El ministerio de Zacarías era una liturgia inacabada. Al final del Evangelio aparece de nuevo un sacerdote, que da remate a su obra con su bendición. La liturgia ha llegado a su término. Toda la fuerza de bendición del Crucificado y glorificado viene sobre los apóstoles.

Mientras les daba la bendición se aparta Jesús de los suyos. Aunque esté lejos de ellos, su bendición queda con ellos. Se apartó de ellos. ¿Se apartó de ellos como se apartó de los discípulos de Emaús? ¿Se hizo invisible a los ojos? Lo que aquí se dice quiere significar otra cosa. La palabra está rodeada por el marco de la despedida. Así, con el fin de disipar toda duda, hasta en importantes manuscritos se añadió: «Y era llevado al cielo» (cf. Act 1,9). En la ascensión se aparta Jesús de los suyos; lo que aquí se quiere acentuar es la despedida, no precisamente la ascensión al cielo. Los días de las apariciones del Resucitado han llegado a su fin. Los benéficos días de Jesús en la tierra han terminado. Se ha alcanzado la meta de todas las peregrinaciones de Jesús; ahora es elevado (9,51). El tiempo de Cristo, desde el bautismo hasta la ascensión, ha concluido. Ahora no viene ya ningún día que se iguale a estos días. El Resucitado vive ahora a una distancia absoluta hasta que venga de nuevo.

52 Ellos, después de adorarlo, se volvieron a Jerusalén, llenos de inmenso gozo. 53 Y estaban continuamente en el templo, bendiciendo a Dios.

Como en la bendición del sumo sacerdote la comunidad se postra en adoración, así también los apóstoles se postran ante el Señor que se aleja. La ascensión se efectúa en una liturgia solemne. La Iglesia se congrega en presencia del sumo sacerdote que bendice. Es posible que estas palabras de adoración pasaran del libro del Sirácida al Evangelio -no todos los manuscritos contienen esta lectura- y que Lucas escribiera más sencillamente. Lo que sigue, lo presenta sobriamente y en forma contenida, se limita prácticamente a indicar lo que hace la comunidad apostólica después de la partida del Señor. Vuelve a Jerusalén, con lo cual cumple obedientemente el último encargo del Señor.

Llenos de inmenso gozo. ¿Cómo pueden alegrarse los apóstoles cuando se aleja de ellos Jesús? La ascensión de Jesús al cielo pone fin a su estancia en la tierra, pero da remate y coronamiento a su resurrección. Se ha dado un paso más adelante, hasta que lleguen los tiempos del refrigerio y envíe Dios al preelegido Cristo Jesús; en efecto, «el ciclo debe retenerlo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas desde antiguo» (Act 3,20s). La alegría de los testigos de la ascensión es el comienzo del gran júbilo de la consumación final. Una vez más vuelven a reunirse el comienzo y el final del Evangelio. Cuando se anunció el nacimiento de Juan Bautista, se dijo al sacerdote Zacarías: «Para ti será motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento» (1,14). El nacimiento de Jesús va acompañado de este mensaje: «Mirad: os traigo una buena noticia que será de grande alegría para todo el pueblo» (2,10). El Evangelio es buena nueva, desde el principio hasta el fin. A su entrada en Jerusalén Jesús, con autoridad, tomó posesión del templo para sí y para su pueblo (19,45ss). Allí echó los cimientos de su Iglesia. El templo fue continuamente, a las horas de oración, lugar de reunión de la comunidad de la ascensión y por mucho tiempo fue toda vía lugar de reunión de la comunidad de pentecostés (Act 2,46; 3,1ss; 5,12.20s; 42). Otra vez vuelven a enlazarse el comienzo y el fin del Evangelio. Los dos puntos culminantes de la historia de la infancia están constituidos por la doble aparición del niño Jesús en el templo (2,22-38; 2,41-50.); éste es también el lugar de los que «esperan la liberación de Israel» (2,38).

En el templo resuena la alabanza de Dios por la Iglesia. Dios bendijo a la Iglesia de la ascensión por medio del sumo sacerdote Cristo; ella bendice a Dios, le tributa alabanza y acción de gracias en oraciones e himnos. Cuando nació el Bautista, dijo Zacarías alabando a Dios: «Bendito sea el Señor Dios de Israel» (1,64.68). Simeón toma al niño Jesús en los brazos y alaba a Dios con el himno: «Mis ojos vieron tu salvación, la que tú preparaste a la vista de todos los pueblos» (2,28.30). Ahora comienza a realizarse lo que expresó este himno de alabanza. La salvación está preparada, alabando a Dios se ofrece a los pueblos. Se inicia la liturgia de la alabanza perpetua de Dios.