La liturgia de hoy nos eleva a contemplar nuestro futuro defini­tivo, la alegría eterna del cielo. Y utiliza para ello el símbolo del banquete festivo preparado por el Señor que enjugará las lágrimas de todos los rostros (1 lect.). Y el Evangelio presenta la parábola del banquete de bodas al que todos estamos convidados. Nos tenemos que preguntar si nosotros somos de los que, con nuestro modo de vivir, estamos rechazando esa invitación. Todavía esta­mos a tiempo de cambiar y de revestirnos de la gracia de Dios para poder participar en la Eucaristía que, celebrada con amor, nos lleva a la gloria del cielo (orac. sobre las ofrendas), la casa del Señor, donde habitaremos por años sin término (salmo resp.).