Liturgia y espiritualidad pascual

 

            La Pascua ha quedado definida como la fiesta del paso o del tránsito. Es el momento clave, crucial, en que termina la espera ansiosa y atormentada, por la dramática desaparición del Señor, arrebatado por la muerte (Mt 9, 15), y comienza la gran fiesta. Una fiesta que se prolongará por espacio de cincuenta días. A este período de cincuenta días, se le llamó en los primeros siglos Pentecostés y posteriormente Tiempo Pascual. Son los 50 días más importantes del año, los 50 días que van desde la vigilia pascual al domingo de Pentecostés, los 50 días del Señor resucitado y de su Espíritu derramado en nuestro interior. Es un acontecimiento central y único que recorre esta cincuentena: Jesús vive y su vida actúa en cualquier persona.


Un tiempo para la alegría

            Las alusiones a la fiesta de Pentecostés que encontramos en el Nuevo Testamento hacen referencia a la fiesta judía. Hay que esperar hasta la última década del siglo II para encontrar noticias directas y claramente referidas al Pentecostés cristiano. Hay un testimonio, atribuido a San Ireneo, en el que Pentecostés es equiparado al domingo. En otro texto, recogido en las Acta Pauli, se menciona el clima de alegría que caracteriza a Pentecostés. Aparte de estos dos informes, el testimonio de mayor interés lo encontramos en los escritos de Tertuliano. Es un claro exponente del comportamiento de la Iglesia de África.

            En uno de los testimonios de Tertuliano, al hablar del bautismo, señala los distintos acontecimientos a través de los cuales se hace patente la presencia del Señor resucitado y que la Iglesia celebra y experimenta durante la cincuentena. En concreto, se mencionan las apariciones del Señor a los discípulos después de la Resurrección, la Ascensión a la gloria del Padre, la donación del Espíritu y su vuelta gloriosa al final de los tiempos. Todos estos acontecimientos constituyen en su conjunto el proceso de glorificación de Cristo, su retorno al Padre. Este proceso ha de culminar en la parusía final, cuando queden definitivamente establecidos el cielo nuevo y la tierra nueva y Cristo sea todo en todas las cosas.

            Este conjunto de acontecimientos o, más bien, aspectos son celebrados durante la cincuentena. Pero no se celebran aisladamente, fragmentándolos, como ahora, sino de forma unitaria e indisociable. En realidad, la Iglesia primitiva ha seguido en esto el mismo criterio de interpretación que aparece en Juan, el cual en la narración de su evangelio no reparte estos acontecimientos de forma cronológica (como si se tratara de hechos sucedidos históricamente a lo largo de un período de tiempo), sino que los aúna y los contempla de forma unitaria, como sucedidos fuera del tiempo. Concretando más diría que Pentecostés celebra la gloria de Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre como Señor del universo, y presente al mismo tiempo entre los suyos, como salvador y restaurador de la historia, por la fuerza irresistible de su Espíritu. Es precisamente la experiencia de esta gran realidad, vivida con intensidad a lo largo de la cincuentena, la que llena de gozo a la comunidad cristiana. Por eso Pentecostés es un tiempo para la alegría. Es como un día de fiesta prolongado y exultante.


Imagen del Reino de los cielos

            Pentecostés es una especie de caja de resonancia de la alegría pascual y, al mismo tiempo, una imagen del reino de los cielos. Es éste uno de los componentes más arcaicos que definen la fisonomía espiritual de la cincuentena. En realidad, este aspecto no es sino una derivación de la presencia de Cristo glorioso que la Iglesia experimenta de manera especial en Pentecostés. La comunión sacramental con el Cristo de la Pascua y la celebración de su retorno al Padre implican, sin duda, una experiencia mística de la vida futura. Pentecostés ofrece precisamente el marco litúrgico y eclesial en el que esa experiencia se hace posible.

            Refiriéndose a Pentecostés, Orígenes, uno de los autores que más han insistido en esta dimensión espiritual de la cincuentena, piensa que si el concepto de paso o tránsito corresponde a la esencia de la Pascua, a la esencia de la cincuentena corresponde el resucitar con Cristo y el sentarse con él a la derecha del Padre, compartiendo su misma gloria. Pentecostés celebra la etapa final, el arribo a la gloria del Padre. Es, como he indicado antes, la culminación de la Pascua. Pero no sólo de la Pascua de Cristo; Pentecostés celebra la glorificación de todos los creyentes junto con Cristo.

            De esta manera Pentecostés, en cuanto forma de comunión con Dios, rebasa el marco de las 7 semanas para convertirse en una posibilidad y en una exigencia permanente que abarca todos los instantes de la vida del cristiano. Para el cristiano perfecto cualquier época del año es Pentecostés.


El gran domingo

            Es como si se tratara de un gran domingo prolongado por espacio de 50 días. Es ésta una tradición muy antigua, que se remonta a la segunda mitad del siglo II y se extiende a todas las iglesias. Según esta tradición, los 50 días que siguen a la pascua se celebran como si se tratara de un gran domingo. Todo lo que se atribuye al día del señor, por el mismo motivo, se aplica también al período de Pentecostés.


Disolución de la Cincuentena

            Hasta finales del siglo IV el período de la cincuentena permanece como un bloque unitario, en el que se prolonga la alegría pascual y en el que se celebra el triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte. Sin embargo, ya a finales del siglo IV vemos aparecer los primeros síntomas de una fragmentación que irá creciendo poco a poco hasta romper del todo la unidad original de la cincuentena.

            Durante los primeros siglos, aparecía Pentecostés como una gran fiesta prolongada por espacio de 50 días. Por eso se le llamaba Pentecostés. En ese contexto no cabía imaginar un día más importante que otro. Todos eran igualmente festivos y solemnes. En la segunda mitad del siglo IV comienza a ponerse de relieve el último día de la cincuentena, el día 50, que además caía en domingo. No se trataba de instituir una nueva fiesta, sino de subrayar la significación del último día, que venía a constituir como la clausura, el colofón o el broche de la cincuentena pascual. En este sentido es fácil entender que el último día del espacio de la alegría, que no celebra ningún misterio particular, viene a ser como el resumen condensado o como la síntesis final de toda la riqueza de la cincuentena pascual.

            Es muy probable que la referencia a la venida del Espíritu Santo, vinculada por muchas Iglesias a la celebración del día cincuenta, haya favorecido un cierto reajuste de fechas en conexión con la cronología que aparece el el libro de los Hechos. Quiero decir que la evocación de la venida del Espíritu Santo realizada el día 50 ha podido ser el justificante inmediato para celebrar la Ascención del Señor 10 días antes. Es evidente, por otra parte, que en este proceso de fragmentación, que afecta a la totalidad del año litúrgico, es, sobre todo, fruto de una mayor sensibilidad histórica, alejada cada vez más de una concepción mistérico-sacramental de la fiesta.

            La estructura de la cincuentena pascual ha permanecido prácticamente invariable desde finales del siglo V. La nueva liturgia, aparentemente, no ha cambiado la estructura del tiempo pascual. La denominación sigue siendo la misma. Sin embargo, hay una variante que considero capital: se ha suprimido la octava de Pentecostés. Pentecostés ya no es una réplica de pascua. Ni siquiera la fiesta del Espíritu Santo. El día de Pentecostés ha vuelto a ser el día último de la cincuentena, el colofón, el sello. Pentecostés, en cuanto período de 50 días (llamado ahora tiempo pascual), ha recuperado su propia identidad. Así se describió en las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario del 21 marzo 1969.


Jesús Resucitado y su Espíritu

            Jesús resucitado es el objetivo de nuestras miradas, cada uno de los días del tiempo de Pascua. Lo miramos a él, y lo admiramos profundamente, y sentimos la alegría de ser sus seguidores, y renovamos la adhesión de la fe y el convencimiento de que en Él tenemos la vida, y entendemos mejor el sentido de su camino de amor fiel hasta la muerte, y nos sentimos llamados a vivir como Él. Y este gozo de Pascua nos hace mirar la vida con otros ojos. Porque la humanidad, con Jesús, ha sido transformada y ha comenzado una nueva creación: la humanidad ha entrado en la vida nueva de Dios, la muerte y el pecado han sido vencidos, el camino de los hombres y mujeres en este mundo es un camino que, a pesar del dolor y del mal que continúa habiendo en medio de nosotros, lleva a una vida para siempre, a la misma vida que Jesús ya ha conseguido.

            Esta vida renovada es obra del Espíritu. Para los apóstoles, la experiencia de Jesús resucitado en medio de ellos es la experiencia de recibir un Espíritu nuevo, un Espíritu que los transforma y los hace vivir lo mismo que Jesús vivía: los hace sentirse continuadores de la obra de Jesús. El mismo día de Pascua, explica el evangelio de Juan (20, 19-23), Jesús se hace presente en medio de los discípulos y les da el Espíritu, y ellos desde aquel momento se sienten enviados a continuar lo que Jesús ha hecho. Es el mismo hecho que el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11) presentará como un acontecimiento radicalmente transformador que tiene lugar 50 días después: el día de Pentecostés.


Liturgia en comunidad

            Todo esto lo vivimos en la comunidad de los creyentes. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos mueve, donde lo vivimos a través de sus sacramentos (el bautismo y la eucaristía sobre todo), donde sentimos la llamada a ser testimonios de esta Buena Noticia a través de nuestra manera de vivir y también a través de nuestra palabra.

            Sin embargo, esto no significa que la acción de Jesús resucitado, la fuerza de su Espíritu, quede encerrada en los límites de la Iglesia: más allá de todo límite, más allá de toda frontera, el Espíritu de Jesús está presente en el corazón del mundo y suscita en todas partes semillas de su Reino, tanto entre los creyentes como entre los no creyentes. El domingo de Pentecostés, en el salmo responsorial, proclamamos una frase que puede expresar muy bien el mejor sentimiento que podemos tener en nuestro interior durante estos días: «Goce el Señor con sus obras». Realmente el Señor puede estar contento de su obra. El Dios que después de la creación podía decir que todo lo que había hecho era muy bueno, ahora puede volverlo a decir, y con más razón. Celebrar la Pascua es compartir esta alegría de Dios.

            Los domingos de Pascua son 8. El I Domingo recibe el nombre de Domingo de Pascua o Día de Pascua incluye la vigilia pascual, y es para los cristianos el día más grande del año. Después vienen 5 domingos que continúan la fiesta. El VII domingo se celebra la fiesta de la Ascensión: es el día en el que contemplamos a Jesús, hombre como nosotros, glorificado con Dios por siempre. Y, finalmente, el VIII domingo culmina el tiempo de Pascua con el día de Pentecostés, la celebración del fruto de la Resurrección de Jesús: su Espíritu que se derrama sobre los creyentes y sobre el mundo entero.

            Las lecturas de estos domingos nos ayudan a vivir los diversos aspectos de la Pascua, siguiendo dos líneas básicas: las de los evangelios y las de la 1ª lectura.

            Primeras Lecturas

            La primera lectura del tiempo de Pascua no está tomada, como en el resto del año, del Antiguo Testamento, sino del libro de los Hechos de los Apóstoles, que narra los inicios de la comunidad cristiana, como fruto de Jesús resucitado. Se distribuyen así:

            El Domingo I leemos el anuncio de la Resurrección que Pedro hace ante los paganos.

            El Domingo II ofrece lo que era la vida de la primera comunidad: un ideal que debemos tener siempre ante nuestros ojos.

            Los Domingos III y IV leemos diferentes escenas de la predicación primera de los apóstoles anunciando la Resurrección de Jesús.

            Los Domingos V y VI leemos diferentes escenas de la vida de la primera Iglesia: su crecimiento, la manera de organizarse, y también sus conflictos.

            El Domingo de la Ascensión leemos el relato que se hace en los Hechos de los Apóstoles.

            El Domingo de Pentecostés leemos el relato del don del Espíritu según los Hechos de los Apóstoles.

            Evangelios

            El Domingo I se lee la escena del sepulcro vacío, el primero y desconcertante anuncio de la Resurrección.

            El Domingo II se lee la 1ª aparición de Jesús a los apóstoles (sin Tomás), y la 2ª (con Tomás).

            El Domingo III se lee una de las apariciones de Jesús resucitado (en cada ciclo una diferente: unos relatos de gran riqueza de mensaje).

            El Domingo IV se lee cada año un fragmento del capitulo 10 del evangelio de Juan. Es el capítulo del Buen Pastor: Jesús que guía, que conoce personalmente, que da la vida.

            Los Domingos V y VI se leen diversos fragmentos del discurso de la última cena del evangelio de Juan. Es una profunda y cercana presentación de quién es Jesús para nosotros, qué espera de nosotros, cómo nos acompaña.

            El Domingo de la Ascensión leemos el final de cada uno de los evangelios sinópticos: la misión que Jesús les encomienda, su despedida.

            El Domingo de Pentecostés leemos cómo Jesús se hace presente entre los apóstoles el día de Pascua para darles el Espíritu y enviarlos a continuar su obra.


Celebración de la Cincuentena Pascual

            En la antigua tradición cristiana, los 50 días de Pascua eran vistos como un solo día, un único día de fiesta, en el que se decía que no estaba bien arrodillarse ni ayunar: nada que pudiera sonar a penitencia tenía sentido en esta larga fiesta. Nosotros no vivimos esta cincuentena tan intensamente. La Cuaresma, por ejemplo, consigue siempre mucha más intensidad. Y si se piensa fríamente, no es demasiado razonable que la preparación para la Pascua (la Cuaresma) tenga más éxito que la celebración en sí de la Pascua. Una causa debe ser que nuestra tradición cristiana, a lo largo de los siglos, se ha ido centrando más en la preocupación por el pecado y la condenación, que en la victoria de Jesús que ha destruido el poder del mal. Y ahora, que ya no hablamos tanto ni del pecado ni de la condenación, esta tradición se traduce más, quizás, en preguntarnos qué tenemos que hacer nosotros, en lugar de descubrir lo que hace Jesús por nosotros, y de reconocer la vida que nos da.

            Pero también existen otras causas. Una puede ser que así como la Cuaresma tiene un objetivo final (la Semana Santa, el Triduo Pascual), la Pascua no tiene ningún objetivo hacia donde caminar. Es un tiempo que parece plano, monótono, que se va acabando sin más, como deshilachándose: cuesta mantener la tensión en un tiempo largo sin objetivo final. Otra puede ser que la Pascua llega en primavera, con un cierto cansancio y relajación, y con el inicio de la dispersión de los fines de semana. A pesar de todos estos inconvenientes, valdrá la pena intentar celebrar tanto como se pueda este tiempo. Y pueden ayudarnos algunos elementos sencillos.

            Por ejemplo, la ornamentación de la iglesia. Durante todo el tiempo de Pascua la iglesia debería estar bien adornada con luces y flores, y hay que evitar que esta ornamentación decaiga a medida que pasan las semanas. Y, el último día, el domingo de Pentecostés, aumentar el clima festivo celebrando la culminación del tiempo. Igualmente, resaltar los signos litúrgicos propios de este tiempo: el cirio pascual grande y en un lugar visible (y que el resto del año no esté en el presbiterio, para que la diferencia sea clara); la aspersión del agua en el inicio de la misa; el canto frecuente del aleluya (por ejemplo, que todos los domingos la respuesta del salmo responsorial sea el aleluya, y cantar otro aleluya diferente antes del evangelio); mantener los cantos de Pascua todo el tiempo y repetirlos sin miedo. Y también introducir en este tiempo elementos diversos que resalten la vida comunitaria y que hagan descubrir la fuerza del Espíritu en el mundo.

            Finalmente, para la espiritualidad personal, en este tiempo puede ayudar mucho leer cada día, contemplativamente, las lecturas de la Misa. La primera lectura va siguiendo todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, un repaso de cómo la Buena Noticia de Jesús se extiende y da fruto. Y el evangelio es, en la primera semana (la de la Octava de Pascua, que son los días más solemnes) una selección de apariciones de Jesús resucitado; y, el resto del tiempo, fragmentos del evangelio de Juan que nos hacen sentir muy cerca de Jesús.


Conclusión

            Pascua quiere decir que Dios, nuestro Padre, es bueno

            El ama a su hijo, Jesús, y no puede permitir que sea machacado por la maldad, la injusticia y la cobardía. Lo levanta de entre los humillados, lo arranca de entre los muertos. Lo saca de la oscuridad de la derrota. Y le convierte en Señor. Le da una vida nueva, más alta, más libre, más transparente. Ya no morirá jamás. En El, el Padre ha hecho que la muerte tuviera su primer fracaso. En El, el Padre ha colmado de vida al mundo.

            Pascua quiere decir que Cristo, el Crucificado, tenía razón

            Lo que decía, lo que hacía es verdad. El, el Pobre, ahora inaugura el Reino. El, la Humildad, ahora posee la tierra, es el Señor. El, que llora, ahora es consolado y otorga a sus amigos su Espíritu, el Consolador. El, que sufrió hambre y sed de justicia, ahora es saciado y sacia a los suyos. El, el Compasivo, ahora es compadecido. El, el limpio de corazón, ahora ve a Dios y en El vemos a Dios. El, el perseguido por causa de la justicia, ahora es el que va por delante del Reino de la paz y de la libertad.

            Pascua quiere decir que Dios está a nuestro favor

            Que se ha comprometido para que la liberación de todos los hombres no sea solamente una palabra bonita, para que la lucha por un mundo nuevo no sea sólo un ideal lejano que nunca podremos alcanzar. Cristo lo ha conseguido. Y todos hemos de acercarnos cada día decididamente a ese ideal. La resurrección supone, en Jesús y en nosotros, una insurrección. Insurrección contra todo lo que nos degrada, nos deshumaniza, lo que nos hace inhumanos y nos separa los unos de los otros.

            Pascua quiere decir que la mujer no es una persona de 2ª categoría

            Jesús que quiso nacer de una mujer, quiso también que ellas (las mujeres) fueran las primeras en llevar al mundo la luz de su Resurrección. En la primera luz del domingo, se apareció a María Magdalena y a la otra María. Ellas fueron las mensajeras de la vida, las apóstoles de los apóstoles, los primeros testimonios del Resucitado.

            Pascua quiere decir que el mundo no camina hacia atrás

            Y que la evolución no marcha hacia la nada. Que la creación no gesta la muerte, sino un futuro mejor, el primer fruto del cual es el Cristo que vive para siempre. Por eso Pascua nos invita a conocer y respetar todo lo que nos rodea. A no malgastar las fuerzas ni el encanto de la naturaleza. Nos estimula a hacerla crecer, a hacerla bonita, a hacerla humana. Quiere que nuestro universo sea un hogar acogedor para todos los hombres.

            Pascua quiere decir que hay más vida más allá de la muerte

            Que el amor es más poderoso que el odio. Que la paz vencerá sobre la guerra. Que la libertad no será nunca estrujada completamente por la opresión. Que la esperanza no puede ser ahogada por el absurdo. Que la inocencia es más potente que la maldad. Que el pecado no tiene la última palabra, sino la gracia. Que los injustos no siempre ganan y que nunca ganan del todo. Y que el tiempo definitivo no es el invierno, sino la primavera.

 

ANTONIO GARCÍA

 Act: 28/03/16   @pascua cristiana           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A