I CONFERENCIA

ACERCA DEL RENUNCIAMIENTO

 

1. En el principio Dios creó al hombre y lo puso en el paraíso, como dice la Sagrada Escritura (Gn 2, 15). Después de haberlo dotado de todo tipo de virtud le dio el precepto de no comer del árbol que se encontraba en el medio del paraíso (Gn 2, 16-17). Y el hombre vivía en las delicias del paraíso, en la oración y en la contemplación, colmado de gloria y honor (Sal 8, 6), y poseía la integridad de sus facultades en el estado natural en que había sido creado. Dios hizo al hombre a su imagen (Gn 1, 27) es decir inmortal, libre y dotado de toda virtud. Pero al transgredir el precepto y comer del árbol del cual Dios le había prohibido, fue expulsado del paraíso. Caído de su estado natural se encontró en el estado contrario a su naturaleza, esto es, en el pecado, en el amor de la gloria y de los placeres de esta vida, y demás pasiones que lo dominaban. Se hizo esclavo de ellas por su transgresión. El mal fue en aumento progresivamente, y reinó la muerte (Rm 5,14). En ningún lugar se rendía culto a Dios y se lo ignoraba en todas partes. Como dijeron los Padres, sólo algunos hombres, inspirados por la ley natural, conocieron a Dios: Abrahán y los otros Patriarcas, Noé y Job. Pero eran muy pocos y raros los que conocían a Dios. Entonces el Enemigo desplegó toda su maldad y fue el reino del pecado (Rm 5, 21). Entonces se extendieron la idolatría, el politeísmo, la magias las matanzas y los otros maleficios del diablo.

2. Pero finalmente, el Dios de bondad tuvo piedad de su criatura y le dio la ley escrita, a través de Moisés En ella prohibía ciertas cosas y ordenaba otras: Haz esto, no hagas aquello. Les dio los mandamientos y agregó: El Señor Dios es el único Señor (Dt 6, 4), con el objeto de alejar del politeísmo sus almas. Y también: Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma y con todo tu espíritu (Dt 6, 5). Con ello declara que Dios es único y que no hay ningún otro, pues al decir: Amarás al Señor tu Dios muestra que es el único Dios y el único Señor. Dice también en el Decálogo: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a El servirás. Te unirás a El y jurarás por su nombre (Dt 6, 13). Y finalmente: No tendrás otros dioses, ni ninguna imagen de lo que está arriba, en el cielo, ni de lo que está abajo, en la tierra (Dt 5, 7-8), pues adoraban a todas las creaturas.

3. El Dios de bondad dio la ley para socorrer, para convertir y para corregir el mal. Pero el mal no fue corregido. Envió a los profetas, pero ni ellos pudieron hacer algo, pues el mal sobrepasaba todo límite. Según palabras de Isaías: No hay herida, ni magulladura, ni llaga viva; no es posible aplicar ungüento, ni aceite, ni vendas (Is 1, 6). Dicho de otro modo, el mal no es parcial, ni localizado, sino disperso por todo el cuerpo. Abarca el alma entera y afecta a todas sus facultades. No es posible aplicar ungüento etc., porque todo está sometido al pecado, todo está en su poder. Jeremías dice también: Hemos cuidado a Babilonia, pero ella no se curó (Jr 51, 9), como si dijese: hemos manifestado tu nombre, proclamamos tus mandamientos, tus beneficios, tus promesas, anunciamos a Babilonia el ataque de los enemigos, pero ella no se curó, es decir, no se arrepintió, no tuvo miedo, no se apartó de su malicia. Dice también en otra parte: No han aceptado la enseñanza (Jr 2, 30), es decir, la advertencia, la instrucción. Y en el salmo: Su alma aborrecía todos los manjares, y ya tocaba las puertas de la muerte (Sal 106, 18).

4. Fue entonces cuando, en su bondad y su amor por los hombres, Dios envió a su Hijo único (cf Jn 3, 16), pues sólo Dios podía curar y vencer tal mal. Los profetas no lo ignoraban. David lo decía claramente: Tú que te sientas sobre Querubines, muéstrate. Despierta tu poder y ven a salvarnos (Sal 79, 2-3). Señor, inclina los cielos y desciende (Sal 143, 5), y tantas otras palabras semejantes. Todos los profetas, cada uno a su manera, también levantaron su voz, ya sea para suplicarle que viniera, ya sea para decir que estaban seguros de su venida.

Vino entonces nuestro Señor, haciéndose hombre por nuestra causa, para sanar dice san Gregorio, lo semejante por lo semejante, el alma por el alma, la carne por la carne. Porque se hizo hombre en todo, menos en el pecado. Tomó nuestra misma sustancia, las primicias de nuestra naturaleza, y pasó a ser un nuevo Adán a la imagen de Aquél que lo había creado (Col 3,10), restaurando el estado natural del hombre, y dando a sus facultades su integridad primigenia. Como hombre renovó al hombre caído, y lo libró de la esclavitud que lo arrastraba violentamente hacia el pecado. Porque es por una violencia tiránica por lo que el hombre es arrastrado por el enemigo. De donde los mismos que querían evitar el pecado eran como forzados a cometerlo. Como lo dice el Apóstol en nombre nuestro: El bien que quiero no lo hago, y el mal que no quiero lo realizo (Rm 7, 19).

5. Dios, hecho hombre por nosotros ha librado al hombre de la tiranía del enemigo Ha destrozado todo su poder, ha roto su fuerza y nos ha sustraído a su dominio y esclavitud, siempre que nosotros no consintamos en pecar. Pues nos ha dado, como El ha dicho, la virtud de pisotear serpientes, escorpiones y todo el poder del enemigo (Lc 10, 19), al purificarnos de toda falta por el santo bautismo. El santo bautismo, en efecto, perdona y borra todos los pecados. Y además, conociendo nuestra debilidad y previendo que, aun después del bautismo cometeríamos todavía más pecados (¿no está acaso escrito: el espíritu del hombre es arrastrado al mal desde su juventud Gn 8, 21), Dios, en su bondad, nos ha dado sus santos mandamientos que nos purifican. De este modo, si lo queremos, podemos ser purificados de nuevo por la práctica de los mandamientos y no solo de nuestros pecados, sino también de nuestras pasiones. Pues las pasiones son diferentes de los pecados. Las pasiones son la cólera, la vanagloria, el amor a los placeres, el odio, los malos deseos, y todas las inclinaciones de este tipo. Los pecados, en cambio, son los mismos actos de las pasiones, cuando se ponen en práctica y se realizan corporalmente las obras imperadas por las pasiones. Pues, ciertamente es posible tener pasiones y no ponerlas en acción.

6. Dios nos ha dado, como lo he dicho, los preceptos que nos purifican de nuestras mismas pasiones, y de las malas disposiciones de nuestro hombre interior (cf Rm 7, 22; Ef 3, 16). El nos da el discernimiento del bien y del mal. Nos hace tomar conciencia y nos muestra las causas de nuestros pecados: La Ley decía: no cometerás adulterio; pero yo digo: no tengas malos deseos (Mt 5, 2 7; cf Ex 20, 14). La Ley decía: no matarás, pero yo digo: no te irrites (Mt 5, 21; cf Ex 20, 13). Pues si tienes malos deseos, aunque no estés cometiendo adulterio, la codicia no cesará de trabajarte interiormente hasta llevarte al acto mismo de adulterio. Si te irritas y excitas contra tu hermano llegará el momento en que hablarás mal de él, luego le tenderás trampas, y así, de a poco, llegarás al asesinato mismo.

La Ley decía también: Ojo por ojo, diente por diente, etc. (Ex 21, 24). Pero el Señor nos exhorta no sólo a recibir con paciencia el golpe del que nos abofetea, sino incluso a presentarle humildemente la otra mejilla (cf Mt 5, 38-39). Esto se debe a que el fin de la Ley era enseñarnos a no hacer lo que no queríamos que nos hicieran. Nos impedía hacer el mal por el temor de sufrirlo. Pero lo que se nos pide ahora, lo repito, es expulsar el odio mismo, el amor al placer, el amor a la gloria y las otras pasiones.

7. En una palabra, el deseo de Cristo, nuestro Maestro, es mostrarnos de qué manera hemos llegado a cometer todos esos pecados, cómo hemos caído en tales males. Para ello nos libró primeramente por el santo bautismo, como ya he dicho, concediéndonos la remisión de nuestros pecados. Después nos ha dado el poder de hacer el bien, si lo deseamos, y de no ser nunca más arrastrados por la fuerza hacia el mal, pues los pecados oprimen y arrastran a aquel que los comete, tal como dice la Escritura: Cada uno se encierra en los lazos de sus propias faltas (Pr 5, 22). Después de ello, el Señor nos enseña en sus santos mandamientos cómo purificarnos de nuestras pasiones, a fin de que éstas no nos hagan caer en los mismos pecados. Y, finalmente, nos muestra el motivo por el que hemos llegado al desprecio y transgresión de los preceptos de Dios; de esta manera, nos da el remedio para que podamos obedecer y ser salvados. ¿Cuál es ese remedio y cuál es el motivo de ese desprecio? Escuchen lo que dice nuestro Señor: Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas (Mt 11, 29). Brevemente, con una sola palabra nos muestra la raíz y la causa de todos los males junto con su remedio, fuente de todos los bienes; nos manifiesta que es nuestra propia exaltación la que nos ha hecho caer, y que es imposible obtener misericordia si no es por la disposición contraria, que es la humildad. La exaltación de hecho engendra el desprecio y la funesta desobediencia, mientras que la humildad engendra la obediencia y la salvación de las almas. Por ello entiendo una humildad verdadera, no un simple rebajarse con palabras o actitudes, sino una disposición verdaderamente humilde, en lo íntimo del corazón y del espíritu. Es por eso que el Señor dice: soy manso y humilde de corazón.

8. ¡Qué aquel que quiera encontrar el verdadero reposo para su alma aprenda entonces la humildad! Podrá comprobar que en ella se encuentran la alegría, la gloria y el reposo, así como en el orgullo se encuentra todo lo contrario. En efecto ¿cómo hemos llegado a todas estas tribulaciones? ¿Por qué hemos caído en todas estas miserias? ¿No es acaso a causa de nuestro orgullo, de nuestra locura? ¿No es por haber seguido nuestros torcidos propósitos, y por habernos aferrado a la amargura de nuestra voluntad? Y ¿por qué todo eso? ¿Acaso el hombre no fue creado en la plenitud del bienestar, del gozo, de la paz y de la gloria? ¿No estaba en el paraíso? Se le dijo: No hagas eso, y lo hizo. ¿Ven el orgullo? ¿Ven la arrogancia? ¿Ven la insumisión?.

Al ver Dios tal desobediencia dice: "El hombre está loco, no sabe ser feliz; si no pasa por días malos se perderá completamente. Si no aprende lo que es la aflicción no sabrá lo que es el reposo. Entonces Dios le dio lo que merecía, echándolo del paraíso. Fue librado a su egoísmo y a su voluntad propia a fin de que, al quebrarse los huesos, aprendiese a no seguir más sus propios criterios, sino el precepto de Dios. De esta manera, la miseria de la desobediencia le enseñaría el reposo de la obediencia, según la palabra del profeta: Tu rebeldía te instruirá (Jr 2, 19).

Pero Dios, por su bondad, no abandonó a la creatura y, como lo he repetido tantas veces, se volvió hacia ella y lo llamó nuevamente: Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré (Mt 11, 28). Es decir: "Estáis fatigados, no sois felices. Habéis experimentado el daño que produjo vuestra desobediencia. Ahora convertíos; reconoced vuestra impotencia y vuestra confusión para alcanzar la paz y la gloria. Entonces vivid por la humildad ya que habéis muerto por el orgullo". Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y así encontraréis el descanso para vuestras almas (Mt 11, 29).

9. ¡Oh, hermanos míos, qué no ha hecho el orgullo! y ¡qué poder posee la humildad! ¿Había necesidad de tantas idas y venidas? Si desde el principio el hombre hubiese sido humilde y obedecido a los mandamientos, no hubiese caído. Y después de su falta Dios le volvió a dar una ocasión para arrepentirse y así alcanzar misericordia. Pero el hombre mantuvo la cabeza erguida. En efecto, Dios se acercó para decirle: ¿Dónde estás, Adán? (Gn 3, 9) es decir: "¿de qué gloria has caído? ¿en qué miseria?". Y después le preguntó: "¿Por qué has pecado? ¿Por qué has desobedecido?", y buscando con ello que el hombre le dijera: "¡Perdóname!" Pero, dónde está ese "perdóname"? No hubo ni humillación ni arrepentimientos sino todo lo contrario. El hombre le respondió: La mujer que Tú me has dado me engañó (Gn 3, 12). No dijo: "mi mujer", sino: "La mujer que Tú me has dado", como si dijera: "la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza". Así es, hermanos, cuando el hombre no acostumbra a echarse la culpa a sí mismo, no teme ni siquiera acusar al mismo Dios. Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo ¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?, como queriendo decirle: "Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia". Pero tampoco recibió el "perdóname". La mujer por su parte le respondió: La serpiente me ha engañado (Gn 3, 13), como queriendo decir: Si él ha pecado ¿por qué voy a ser yo la culpable?". ¡Qué hacen, desdichados! ¡Al menos pidan disculpa! Reconozcan su pecado. ¡Tengan compasión de su desnudez! Pero ninguno de los dos se quiso acusar, y ni uno ni otro mostró el menor signo de humildad.

10. Ahora pueden ver claramente a qué situación hemos llegado y cuántos males nos ha causado la costumbre de autojustificarnos, la confianza en nosotros mismos y el apego a la voluntad propia. Todos estos son distintos brotes del orgullo, el enemigo de Dios. En cambio la humildad engendra la acusación de si mismo, la desconfianza en el propio juicio, y el desprecio de la voluntad propia, los cuales nos permiten volver al estado natural de nuestra alma, a través de la purificación que producen los santos mandamientos de Cristo. Ello se debe a que sin humildad es imposible obedecer a los mandamientos y alcanzar algún bien, como dice abba Marcos: "Sin contrición en el corazón es imposible apartarse del mal y más difícil todavía adquirir alguna virtud" . Es por la contrición del corazón como acogemos los mandamientos, nos apartamos del mal, adquirimos las virtudes y llegamos al reposo del alma.

11. Esto es cosa sabida de los santos. Por una vida entera de humildad buscaron unirse a Dios. Hubo amigos de Dios que después del santo bautismo no sólo renunciaron a los actos a los que los impulsaban las pasiones, sino que también quisieron vencer a las pasiones mismas, llegando a la impasibilidad: así San Antonio, Pacomio y otros Padres inspirados por Dios. Teniendo como meta purificarse de toda mancha de la carne y del espíritu, como dice el Apóstol (2Co 7, 1), y sabiendo como ya lo hemos dicho, que por el cumplimiento de los mandamientos se llega a la purificación del alma, y que el espíritu purificado recobra, por decirlo así, la vista, y vuelve a su estado natural (¿acaso no está escrito: Los mandamientos del Señor son puros e iluminan los ojos? Sal 18, 9), los Padres comprendieron que eso no podrían alcanzarlo con facilidad quedándose en el mundo. Por ello concibieron para ellos una vida apartada, una conducta especial, es decir la vida monástica, y así empezaron a abandonar el mundo para habitar en los desiertos, viviendo en medio de ayunos, incomodidades, vigilias y otras mortificaciones, en una total renuncia a su patria, a sus familiares, a las riquezas y a los demás bienes.

En una palabra, crucificaron el mundo en si mismos. Pero no sólo guardaron lo mandado, sino que ofrecieron regalos espontáneos de la siguiente manera: los mandamientos de Cristo fueron dados para todos los cristianos, y todo cristiano está obligado a cumplirlos. Son, por así decir, como los impuestos del rey. El que no pague los impuestos al rey, ¿podrá escapar a su castigo? Pero en el mundo hay grandes e ilustres personajes que, no contentos con sólo pagar los impuestos al rey, le hacen regalos, y por ello merecen grandes honores, favores y dignidades.

12. Y es por esta razón por la que los Padres, no contentos con guardar los mandamientos, ofrecieron también regalos a Dios; esos regalos son la virginidad y la pobreza. En realidad no son mandamientos sino regalos. En ninguna parte está escrito: "No tomarás mujer ni tendrás hijos". Cristo no dio un mandamiento cuando dijo: Vende todo lo que posees. Pero sí cuando el doctor de la Ley le preguntó: Maestro, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?, El le respondió: Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo, etc. Pero al decirle que todo eso ya lo había guardado desde su juventud, Cristo le dijo: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees, dáselo a los pobres, etc. (Mt 19, 16-21). Fíjense que no dijo: Vende todo lo que posees como una orden, sino como un consejo. Porque decir: Si quieres, no es obligar sino aconsejar.

13. Decimos entonces que los Padres ofrecen a Dios como regalo, además de otras virtudes, la virginidad y la pobreza y, como dijimos más arriba, crucificaron el mundo para sí mismos y lucharon por crucificarse ellos también para el mundo, según lo dicho por el Apóstol: El mundo está crucificado para mi y yo lo estoy para el mundo (Ga 6, 14). ¿Cuál es la diferencia? El mundo está crucificado para el hombre cuando éste renuncia al mundo para vivir en la soledad, y abandona parientes, riquezas bienes, ocupaciones y trabajos. Entonces el mundo está crucificado para él porque él lo ha abandonado. Y eso es lo que dice el Apóstol: El mundo esta crucificado para mí. Pero después agrega : Y yo para el mundo. ¿Cómo se crucifica el hombre para el mundo? Cuando después de abandonar las cosas exteriores, lucha contra los placeres y la codicia de las cosas, como así también contra su propia voluntad, mortificando sus pasiones. Entonces está crucificado para el mundo, y puede decir con el Apóstol: El mundo está crucificado para mí y yo lo estoy para el mundo.

14. Los Padres, tal como decimos, después de haber crucificado el mundo para sí mismos, se esforzaron por sus combates en crucificarse ellos mismos para el mundo. Nosotros, en cambio, decimos haber crucificado el mundo para nosotros mismos por el hecho de venir al monasterio, pero nos oponemos a crucificarnos a nosotros mismos para el mundo. Todavía gozamos con los placeres, tenemos sus apegos, nos atrae su gloria, el gusto de los alimentos y de los vestidos. Si vemos una herramienta que nos gusta, enseguida nos apegamos a ella. Dejamos que este objeto de poco valor tenga para nosotros un valor grandioso, tal como dice abba Zósimo. Sólo en apariencia al venir al monasterio hemos dejado el mundo y abandonado lo que a él le pertenece porque por cualquier insignificancia enseguida retomamos apegos. Es una gran locura el hecho de haber renunciado a cosas considerables para satisfacer luego nuestros apetitos con cosas que no tienen ningún valor. Cada uno de nosotros ha dejado lo que poseía en el mundo, grandes bienes, si es que los teníamos, o bien lo poco que nos pertenecía, cada uno según sus medios. Hemos entrado al monasterio y, como ya dije, allí buscamos satisfacer nuestros deseos con cosas miserables e insignificantes. No debemos obrar así. ¡Hemos renunciado al mundo y a las cosas del mundo!; de la misma manera debemos renunciar al apego de las cosas sensibles. Para eso es necesario saber lo que es la renuncia, el por qué hemos venido al monasterio y también qué significa el hábito que vestimos, a fin de comportarnos conforme a él y de luchar siguiendo el ejemplo de nuestros Padres.

15. El hábito que llevamos se compone de una túnica sin mangas, de un cinturón de cuero, de un escapulario y de una capucha. Todos ellos son símbolos, y debemos saber lo que significan.

¿Por qué llevamos una túnica sin mangas? ¿Por qué no tiene mangas, cuando todas las demás las tienen? Las mangas simbolizan las manos, y las manos significan la vida ascética. Por eso cuando nos viene el pensamiento de realizar con las manos alguna obra del hombre viejo, por ejemplo robar, golpear o cualquier otro pecado que se ejecuta con las manos, debemos estar atentos a que llevamos un hábito que no tiene mangas, es decir, que no tenemos manos para realizar las obras del hombre viejo.

Además nuestra túnica tiene una marca púrpura. ¿Qué significa esa marca? Todos los soldados que están al servicio del rey llevan púrpura sobre su manto. Ello se debe a que el rey lleva púrpuras y por eso todos los soldados ponen púrpura sobre su manto, es decir, la insignia real, para mostrar que pertenecen al rey y combaten para él. Nosotros también tenemos la marca de púrpura sobre nuestra túnica, para señalar que somos soldados de Cristo y que debemos soportar todos los sufrimientos que él ha padecido por nosotros. Durante la pasión nuestro Maestro llevó un manto de púrpura: primero como Rey, porque es Rey de reyes y Señor de señores (Ap 19, 16); después porque fue burlado por los impíos. De esta manera al llevar púrpura profesamos, tal como lo he dicho, soportar todos los sufrimientos; y así como un soldado no abandona su estado para hacerse agricultor o comerciante (lo que significaría despreciar su profesión, pues según el Apóstol ningún soldado que quiere satisfacer al que lo ha enrolado se deja llevar por las cosas de los civiles (2Tm 2, 4), de la misma manera nosotros debemos luchar para no tener ninguna preocupación por las cosas del mundo y dedicarnos totalmente a Dios, con asiduidad y sin distracción, tal como está dicho de quien es virgen (cf: 1 Co 7, 34-35).

16. También tenemos un cinturón. ¿Por qué llevamos un cinturón?. El cinturón que vestimos significa que estamos prontos para trabajar. El que quiere trabajar comienza por ajustarse el cinto, y después se pone manos a la obra, según lo dicho: Que vuestra cintura esté ceñida (Lc 12, 35). Por otra parte, al estar hecho con cuero muerto, nos da a entender que debemos mortificar nuestro amor a los placeres. Esto se debe a que el cinto se coloca sobre las caderas y es allí donde están los riñones en los cuales según se dice, se encuentra localizada la fuerza concupiscible del alma. Eso es lo que dice el Apóstol: Mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, etc. (Col 3,5).

17. También tenemos un escapulario. Se coloca sobre los hombros en forma de cruz. Ello significa que cargamos sobre nuestras espaldas el signo de la cruz, según lo dicho: Toma tu cruz y sígueme (Mt 16,24). Y ¿Qué es esa cruz sino la muerte perfecta que logra en nosotros nuestra fe en Cristo? Porque, como dice el libro de los Ancianos: "La fe supera todos los obstáculos, y nos hace fácil la ascesis", la cual nos lleva a esa muerte perfecta que consiste en morir a todo lo que es de este mundo, es decir, después de haber abandonado a nuestros parientes, debemos luchar contra el afecto que nos une a ellos; después de haber abandonado las riquezas, todos los bienes y todas las cosas, debemos abandonar también la atracción que siguen ejerciendo sobre nosotros. Ese es el perfecto renunciamiento.

18. También llevamos una capucha. Es un símbolo de la humildad. Son los niños, que son inocentes, los que llevan capucha, no los adultos. Por eso al llevarla queremos ser como los niños en cuanto a la malicia, según lo que dice el Apóstol: No se is niños en cuanto a la inteligencia, sino en cuanto a la malicia (1Co 14, 20). ¿Qué significa ser niño en cuanto a la malicia? Los niños al no tener malicia no se encolerizan cuando son injuriados, ni sufren de vanidad cuando los felicitan. No se enojan cuando tomamos sus cosas, porque son niños para la maldad. No retienen ninguna pasión, ni exigen que se los honre.

Pero la capucha también es un símbolo de la gracia de Dios. Al igual que la capucha protege y mantiene el calor en la cabeza del niño, de la misma manera la gracia divina protege nuestra alma, como dice el libro de los Ancianos: "La capucha es símbolo de la gracia de Dios nuestro Salvador, que protege la parte más sublime del alma y cubre de cuidados nuestra infancia en Cristo contra todos los que intentan golpearla o dañarla".

19. Al tener sobre la cadera el cinturón que significa la mortificación de los apetitos irracionales, teniendo sobre los hombros un escapulario que es la cruz, y sobre la cabeza una capucha, símbolo de la inocencia y de la infancia en Cristo, "vivamos conforme a nuestro hábito, tal como lo dicen los Padres, para no llevar una vestidura que nos sea extraña". Si hemos abandonado las grandes cosas, hagamos lo mismo con las pequeñas. Si hemos abandonado el mundo, dejemos también sus afectos porque, tal como hemos dicho antes, sin que nos demos cuenta nos atan al mundo a través de cosas ínfimas y miserables, que no merecen ningún interés de nuestra parte.

20. Si queremos ser completamente libres, comencemos a negar nuestra voluntad propia, y de esta manera, poco a poco, llegaremos con la ayuda de Dios a despojarnos verdaderamente. Nada hay tan provechoso para el hombre como el negar su voluntad propia. Por este camino progresamos más allá de toda virtud. El que anda por esta vía de la negación de la voluntad propia se asemeja al viajante que encuentra un atajo por el cual se ahorra gran parte del camino. Ello se debe a que negando nuestra voluntad alcanzamos el desapego de las cosas, y por este desapego, con el auxilio de Dios, llegaremos a la impasibilidad.

Por este medio es posible llegar en un breve espacio de tiempo a negar diez inclinaciones de nuestra voluntad. Y este es el modo: un hermano se encuentra dando vuelta y ve alguna cosa. Su pensamiento le dice: "mírala", pero él responde: "no, no miraré". Niega su voluntad y no mira. Después se encuentra con unos hermanos que Están hablando y su pensamiento le sugiere: "tú también puedes decir algo". Pero niega su voluntad y no habla. Pero le viene otro pensamiento que le dice: "Vé a ver al cocinero y pregúntale qué está preparando". Pero no va sino que niega su voluntad. Luego, por azar, ve un objeto y le interesa saber quién lo ha traído. Niega su voluntad y no pregunta. De esta manera, por las sucesivas negaciones de su voluntad va adquiriendo un hábito, y de las pequeñas cosas pasa a negarse en las grandes con gran tranquilidad. De esta manera llega a no tener más voluntad propia. Cualquier cosa le agrada, como si viniese de su propia voluntad. Y de esta manera, no queriendo en nada hacer su voluntad, encuentra que la hace en todas las cosas. Todo lo que le sucede y que no depende de él le resulta provechoso. De este modo se encuentra sin ningún apego y por ese despojamiento, como ya he dicho, llega a la impasibilidad.

21. Tengan en cuenta qué progresos se pueden realizar por medio de la negación de la voluntad propia. Fíjense, si no, en el bienaventurado Dositeo. Provenía de una vida relajada y sensual, y no había oído hablar ni una palabra acerca de Dios. Sin embargo, todos ustedes conocen las cumbres a que lo llevó en poco tiempo la fiel práctica de la obediencia y la negación de la voluntad propia. También todos ustedes saben como Dios lo ha glorificado y no ha permitido que tal virtud cayese en el olvido. Dios se lo ha revelado a un anciano que vio a Dositeo en medio de todos los santos gozando de su felicidad.

22. Les voy a contar también otro suceso, del cual fui testigo, para que vean cómo la obediencia y el rechazo de la voluntad propia pueden librar a un hombre de la misma muerte. Estando yo en el monasterio de abba Séridos, vino un discípulo de un gran anciano de la región de Ascalón para cumplir un encargo de su abba. Este le había dado la orden de que esa misma tarde volviera a su celda. Pero sucedió que se desató una gran tormenta, con lluvias torrenciales y grandes truenos. Un río vecino estaba en plena crecida. A pesar de todo el hermano quiso partir, por la orden que había recibido de su Anciano. Nosotros le insistimos en que se quedara, porque consideramos imposible que pudiera cruzar el río y salir sano y salvo, pero él no se dejaba convencer. Entonces nos dijimos: "Acompañémosle hasta el río. Cuando lo vea, él mismo se convencerá". Salimos entonces con él. Al llegar al río el hermano se alzó sus vestidos, los ató sobre su cabeza, se ciñó un manto y se echó al río en medio de una terrible correntada. Nosotros permanecimos mudos de estupor, temiendo por su vida pero él continuaba nadando y enseguida llegó a la otra orilla. Tomó nuevamente sus vestidos, nos hizo de lejos una reverencia, se despidió y salió corriendo. Nosotros quedamos estupefactos y llenos de admiración al ver el poder de la virtud. Mientras nosotros temíamos y no veíamos ninguna posibilidad, él atravesó el río sin ningún peligro gracias a su obediencia.

23. Algo similar le sucedió a un hermano cuyo abba lo había enviado a la ciudad por unos encargos que debía realizar con su proveedor. Al verse incitado al mal por la hija de éste, sólo dijo: "Oh Dios, por las oraciones de mi padre ¡líbrame!". Inmediatamente se encontró en la ruta que llevaba a Escete, volviendo a lo de su padre. Ese es el poder de la virtud, ese es el poder de una palabra. ¡Qué seguridad otorga recurrir a las oraciones de su padre espiritual! Porque el hermano dijo: "¡Oh Dios, líbrame por las oraciones de mi padre!" y enseguida se encontró en el camino de regreso. Consideren la humildad y la prudencia de los dos. Estaban en un apuro y el anciano quiso enviarlo al que le hacía sus comisiones. No le dijo: "Ve", sino: "¿Quieres ir?". De la misma manera el hermano no le respondió: "Voy", sino: "Haré lo que tú quieras". Rechazaba dos cosas: las ocasiones de una caída y la desobediencia a su padre. Más tarde, al hacerse más apremiante la necesidad, el anciano le dijo: "Ve, ponte en camino", y no le dijo: "Confío en que mi Dios te proteger ", sino: "Confío en que ser s protegido por las oraciones de mi padre". Igualmente en el momento de la tentación el hermano no dijo: "Dios mío ¡sálvame!, sino: "Oh Dios, por las oraciones de mi padre ¡sálvame!". Cada uno puso su esperanza en las oraciones de su padre.

Fíjense cómo se unieron la humildad con la obediencia. Del mismo modo que en el tiro de un carro ninguno de los dos caballos puede adelantarse al otro, pues se rompería el carro, así la humildad debe ir a la par de la obediencia. Y ¿cómo se puede obtener esa gracia sino, tal como he dicho, haciéndose violencia, negando su voluntad propia y abandonándose a Dios través de su padre sin dudar jamás, haciendo como esos dos hermanos, con la total seguridad de estar obedeciendo a Dios? Seremos así dignos de obtener misericordia y ser salvados.

24. Se cuenta que un día San Basilio, visitando sus monasterios, preguntó a uno de los superiores: "¿Tienes algún hermano que este en el camino de la salvación?" A lo que respondió el abba: "Señor gracias a tus oraciones todos esperamos ser salvados". Pero el santo volvió a preguntar: "¿Tienes a alguno que esté en el camino de la salvación?" Entonces el abba comprendió, porque él también era un hombre espiritual, y le respondió: "Sí". "Tráemelo", le dijo el santo. El hermano llegó y el santo le dijo: "Dame algo para lavarme". El hermano salió y le trajo lo necesario. Después de lavarse, San Basilio tomó la jarra y le dijo al hermano: "Lávate también tú". Sin discutir el hermano se lavó con el agua que le vertió el santo. Después de esta prueba San Basilio le dijo también: "Cuando entre en la iglesia hazme acordar de que te imponga las manos". Y el hermano obedeció sin discutir. Cuando vió a San Basilio en la iglesia se lo hizo recordar. El obispo le impuso las manos y se lo llevó con él. ¿Qué otro hubiese merecido más que este hermano el poder vivir junto a este santo hombre de Dios?

25. En cambio, ustedes, hermanos, no han hecho la experiencia de esa obediencia que no juzga, y entonces no conocen el descanso que se encuentra en ella. Un día interrogué al abba Juan, discípulo de Barsanufio: "Maestro, la Escritura dice que es por las muchas tribulaciones por lo que entraremos en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Pero yo noto que no tengo la menor tribulación. ¿Qué debo hace entonces para no perder mi alma? . Decía esto porque yo no tenia ninguna tribulación ni preocupación. Si me venía algún pensamiento, tomaba mi tabla y le escribía al Anciano (porque antes de entrar a servirlo lo interrogaba por escrito), y antes de terminar de escribir ya experimentaba el consuelo y el provecho. Y de ahí provenían mi despreocupación y mi paz. Sin embargo, por desconocer el poder de la virtud y al haber oído que es por muchas tribulaciones por lo que se debe entrar en el reino de los cielos, me inquietaba el no ser probado. Pero cuando le comuniqué mi temor al Anciano, éste me dijo: "No te atormentes, tú no tienes problema. Todos los que se entregan a la obediencia de los Padres experimentan esa falta de problemas y ese descanso".