COMENTARIOS AL EVANGELIO
Mc 1, 6b-11

Par.: Mt 3, 13-17  Lc 3, 21-22

Rasgos comunes de los tres evangelios de la fiesta del
Bautismo del Señor

1. 

JESÚS MADURÓ COMO CREYENTE JUNTO A JUAN.

-"Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán". El bautismo abre la etapa de la actividad pública de Jesús como predicador itinerante.

Probablemente (no hay datos seguros, tan sólo indicios), Jesús maduró su vocación de la mano de Juan, que predicaba, en el desierto, un bautismo de conversión. Eso no ha de extrañarnos.

Jesús es Dios hecho hombre (como hemos contemplado por Navidad), con todas las de la ley. Y va madurando como lo vamos haciendo los hombres: en contacto con los demás, recibiendo sus influencias y asimilándolas, descubriendo, con la ayuda de los demás, nuestras riquezas y nuestra vocación. El día de la Sagrada Familia leíamos: "...se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba". Jesús -el Hijo de Dios- crece y madura como hombre bajo la mirada amorosa del Padre, pero con la ayuda paternal de José y María y de los demás vecinos de Nazaret. ¿Qué tiene de raro que Jesús madurase como creyente en aquel movimiento baptista que tenía en Juan una figura cumbre? El domingo próximo, el evangelio nos hablará nuevamente de sus relaciones con Juan.

"Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo". Nótese que el evangelio no describe algo "que todos pudieron ver" sino lo que vio Jesús. Además, ¿qué puede querer decir que el cielo se rasgó, que el espíritu, como una paloma, bajó hacia él, y que se oyó una voz del cielo? Estas expresiones no pueden describir nada de lo que se ve con los ojos, se oyen con los oídos y se graban en un video o en una placa fotográfica o en una cassette... Nos encontramos en otro orden de realidades: aquellas que pertenecen al ser más profundo de Jesús: a sus relaciones con Dios. ¿Quién es Jesús? Es el Hijo amado, el predilecto del Padre y en el que se ha posado su mismo Espíritu (1a.lect.) En Jesús se establece una íntima comunicación entre Dios y los hombres: el "cielo" no está "cerrado"(=no hay separación e incomunicación entre Dios y los hombres), sino que está abierto, "rasgado". De la misma manera que rompemos la cáscara de una almendra o de una nuez para sacar el fruto, hemos de romper, también, el lenguaje de textos como estos para descubrir (¡y no es difícil!) lo que nos quieren decir. No busquemos hechos maravillosos y extraños, sino comprendamos lo que nos dice el evangelista. Jesús que viene de Nazaret y está a punto de empezar su actividad de predicador itinerante por Galilea es aquel sobre el que reposa el Espíritu de Dios, el Hijo amado, el predilecto.

"A tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Esp. Sto" (colecta). Nosotros fuimos bautizados: inmergidos, sumergidos, en JC. Incorporados a él, tomados por él, injertados en él. Y, con él y en él, entramos en el mismo orden de ralaciones con Dios: somos también hijos amados del Padre, el Padre se complace en nosotros y nos envía su mismo Esp. Sólo poniéndonos en la escuela del Hijo amado, fiel en todo al Esp. de Dios, podemos comportarnos como hijos amados y ser dóciles al Esp. de Dios. Es lo que hacemos cada domingo al celebrar la Eucaristía. Pero tenemos que vivirlo también a lo largo de nuestra vida de cada día.

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1991/02


2. 

Texto. Comienza la noticia, difundida por Juan Bautista, de la llegada de alguien con más derechos que él. El segundo domingo de adviento tuvimos la ocasión de comentar esta noticia propagada por Juan. Veíamos entonces que desatar las sandalias a alguien es una imagen jurídica para simbolizar el derecho sobre alguien.

Afirmando Juan que él no es digno de agacharse para desatar las sandalias del que está para llegar, está formulando su sumisión y dependencia del que está por llegar. La fuerza de éste radicará en su capacidad para introducir a las gentes en la genuina atmósfera de Dios.

La segunda parte del texto (vs. 9-11) comienza con la noticia del bautismo de Jesús por Juan en el río Jordán. Para Marcos esta noticia no es significativa en sí misma, sino en cuanto ocasión para lo siguiente. En los dos versículos finales Marcos quiere dejar claro que Jesús es el más fuerte, cuya llegada ha sido anunciada por Juan. Para la descripción de esta llegada Marcos se sirve de imágenes y situaciones que la literatura judía, bíblica y no bíblica, relaciona con la venida del Mesías. Más allá del hecho, tal y como éste pudo tener lugar, el autor quiere ofrecer la realidad de un Jesús Mesías e Hijo de Dios. Esta realidad responde en parte a las expectativas judías y en parte las supera.

Comentario. Comenzando como estamos la andadura cristiana de este año litúrgico, bueno es conocer a quien va por delante marcando esa andadura.

Se trata de uno que es fuerte. Cualidad imprescindible en un guía para que pueda ser seguido. Jesús posee la fortaleza capaz de generar seguridad en sus seguidores. Se trata de uno que responde a las expectativas de un pueblo ansioso de un mundo mejor. Esto viene a significar sustancialmente la afirmación de que Jesús es el Mesías. Se trata, por último, del Hijo de Dios. Es esta la razón última y fundamental de la fuerza de Jesús. La realidad divina de Jesús no es una impresión o un deseo de los seguidores; es algo que está en Jesús y que le hace ser Jesús; real con la realidad de lo divino y misteriosa con el misterio de lo divino. Esta realidad divina da sentido a todo lo que Jesús es y significa.

ALBERTO BENITO
DABAR 1991/09


3.

TEXTO.

Los dos primeros versículos sintetizan la buena noticia del mensajero Juan: "Detrás de mí viene el que puede más que yo".

La persona anunciada viene presentada en cuanto fuerte. Más adelante sabremos que esta fuerza dice relación al dominio sobre el espíritu malo, que también es fuerte. Nadie puede meterse en casa del fuerte y arramblar con su ajuar si primero no lo ata (Mc/03/27). En la primera parte de su evangelio Marcos va a insistir mucho en este hecho.

"Y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias". Se trata de un gesto simbólico de alcance jurídico. Desatar a uno las sandalias significaba privarle de un derecho. La frase es, pues, el reconocimiento explícito de la superioridad de la persona anunciada. En esta superioridad se vuelve a insistir en el v. 8. Este versículo lo entenderemos mejor si en vez de bautizar empleamos los verbos sumergir o introducir. Marcos no parece estar pensando en un rito concreto sino en una situación calificada de santa por oposición a la situación no santa del espíritu malo.

Con el v.9 hace su entrada en el marco de acción del evangelio la persona fuerte anunciada. Se trata de Jesús. Se menciona el lugar de donde viene y su bautismo por Juan. Pero nada de esto acapara la atención de Marcos. Esta se centra en el post-bautismo.

"Apenas salió del agua". Los acontecimientos que vienen a continuación son percibidos sólo por Jesús, a diferencia de lo que escribe Mateo, que hace partícipe de ellos a Juan y al resto de los presentes. "Vio rasgarse los cielos". La imagen y su formulación remiten a Isaías 63, 19: "¡Ah si rasgases los cielos y descendieses!". Pero la novedad de Marcos es clara: lo que en Isaías es exclamación y deseo, en él es afirmación y cumplimiento. Los cielos rasgados dan paso al Espíritu, que baja hacia él como una paloma. No hay paralelos bíblicos para esta comparación. La imagen emerge, pues, con la novedad y el frescor de una creación original. A través de ella el lector puede empezar a entender el sentido de la afirmación hecha por el mensajero en el v. 8. Los cielos rasgados dan paso también a una voz, cuyas palabras combinan afirmaciones del Salmo 2, 7 y de Isaías 42, 1. Tú eres mi hijo amado, estoy satisfecho de ti. "Tu" e "Hijo" comportan los correlativos "Yo" y "Padre". Culmina así la presentación-revelación al lector de quién es Jesús.

Comentario. El texto nos sitúa en un ambiente de epifanía. Esta determinación cuadra mejor que la del bautismo de Jesús. En la redacción de Marcos, en efecto, el bautismo ocupa un lugar secundario, dado que no acapara la atención del autor. Desde un punto de vista exegético no se justifican los comentarios bautismales.

El mensajero anuncia la llegada de uno más fuerte que él. Su fuerza consistirá en su capacidad de introducir a las personas en una atmósfera santa, dando al traste con la atmósfera contaminada del mal. El primer momento del texto de hoy es pues de espera, de anhelo. Su concreción puede ser la llamada con que se cierra la Biblia: ¡Ven, Señor Jesús! (Apocalipsis 22, 20).

El segundo momento es la llegada. Jesús está en medio de nosotros. El tiempo de esperar ha terminado. El anhelo se ha consumado. El cielo, cerrado hasta ahora, se abre para dar paso al Espíritu ; y Dios, callado mucho tiempo, entra en diálogo con Jesús. Momento de contemplación, de asombro, de alegría contenida. Cielo y Tierra dejan de estar incomunicados por la incomprensión y la hostilidad. Jesús, el Hombre y el Hijo, las ha roto. La causa del Padre está en marcha, Un modo nuevo y distinto de generar historia, Jesús va a introducirnos en una atmósfera incontaminada, limpia, respirable. Esta es su fuerza. De ahí su importancia.

Al margen ya del texto, me gustaría añadir un nuevo comentario a la lista de lecturas sugeridas al comienzo del ciclo litúrgico.

Carlos Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. El relato de Marcos en América Latina, Edit. Sal Terrae, Col. Presencia teológica, n. 30 (Santander, 1986). Libro interesante que conjuga la hermenéutica europea y la latinoamericana.

ALBERTO BENITO
DABAR 1988/10


4.

El evangelio está formado por dos pequeñas secciones: La predicación de Juan y el bautismo de Jesús. Toda la fuerza y la atención del Bautista se dirige hacia el que viene detrás de él, que es mucho más importante. La diferencia entre Juan y Jesús radica sobre todo en el don del Espíritu que Jesús va a aportar, que contrasta vivamente con el bautismo de Juan, que sólo era "con agua". (Véase este fragmento, dentro del contexto más amplio del ministerio de Juan, en el domingo tercero de Adviento).

El bautismo de Jesús es presentado por Marcos del modo más sencillo posible, indicando el hecho sin más. Pero antes se hace la presentación de Jesús: aparece "por entonces", es decir, durante el ministerio de Juan, y es alguien concreto, procedente de "Nazaret de Galilea", y que llega de lejos, puesto que los que hasta aquel momento habían acudido al Bautista eran gente de Judea y de Jerusalén (cfr. 1, 5). Lo que más interesa no es, por tanto, el hecho del bautismo de Jesús en sí mismo, sino la revelación sobre Jesús que va unida a este hecho.

El modo de describir esta revelación sobre Jesús está lleno de simbología vétero-testamentaria. Es Jesús quien ve rasgarse el cielo y que el Espíritu baja hacia él. El cielo rasgado indica la presencia de Dios entre los hombres, y sobre todo el deseo de los hombres de que Dios esté presente entre ellos, expresado sobre todo por Isaias ("Ojalá rasgases el cielo y bajases": domingo primero de Adviento): La promesa de Dios de estar con su pueblo se realiza en Jesús.

Inmediatamente desciende el Espíritu sobre Jesús y lo designa como el Salvador prometido, aquel que puede bautizar con Espíritu Santo porque está totalmente lleno de él. Es el Mesías-siervo a quien Isaías había descrito como totalmente lleno del Espíritu de Yahvé. Dios ha bajado porque en Jesús se da la plenitud de su Espíritu. Y, al mismo tiempo, va a ser el Espíritu quien guíe a Jesús a lo largo de su misión: "El Espíritu lo empuja al desierto", leemos en el versículo siguiente al texto de hoy.

Y todo esto es confirmado por la voz del Padre, Jesús es el Hijo amado, elegido, en quien el Padre se complace precisamente porque es fiel en llevar a término su misión hasta la muerte.

El relato de Marcos es importante en tanto que nos transmite la conciencia de Jesús de que ha llegado su hora de llevar a término la misión salvadora que Dios le encomienda y lo hace identificándose, a través del bautismo, con el Israel pecador. Y por otro lado, la fe de la comunidad en que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Hijo amado del Padre.

JOSÉ ROCA
MISA DOMINICAL 1982/18


5.

Este texto se encuentra influenciado por la afirmación fundamental que encabeza el evangelio: Jesús, el Cristo, Hijo de Dios. Su carácter mesiánico lo vincula a los motivos teológicos de la antigua alianza. Juan hace de puente entre los dos testamentos. Hay una continuidad explícita entre Juan=AT, y Jesús-NT. El que viene "detrás de mí" puede más que yo. "Detrás de mí" significa que él se siente como el principio de una realidad futura que le supera. La obra del que viene detrás es el bautismo con Espíritu.

El Bautista es el mayor, pero desaparece ante el que puede más que él. El bautiza con agua pero está ya presente el que bautiza con Espíritu. Los otros evangelistas hablan de su bautismo en Espíritu y fuego que se clarifica con la venida del Espíritu en forma de lenguas de fuego en Pentecostés.

En el evangelio de Marcos, Jesús entra en nuestra historia a través del bautismo de Juan. Con este gesto se incardina en la historia de salvación del pueblo de Dios compendiada en el bautismo de Juan. Se pone entre los pecadores y se somete, junto con ellos, al juicio de Dios.

El bautismo de Jesús es el primero de una serie de signos mesiánicos que -relacionados intrínsecamente con la muerte de Cristo- representan la salvación definitiva de Dios. La cena pascual puso fin a estos signos del cumplimiento escatológico.

Marcos, para demostrar que Jesús bautizará con Espíritu, dice que se rasgaron los cielos, bajó el Espíritu y se oyó la voz del cielo. Rasgarse los cielos equivale a decir que ha llegado la salvación definitiva. Dios vuelve a hablar con su pueblo. Había enmudecido, no había profetas. La conclusión no es formulada aquí explícitamente, como en la narración de la transfiguración (Marcos 9,7), pero es clara: es mi hijo amado, mi preferido. Escuchadle.

PERE FRANQUESA
MISA DOMINICAL 1985/02/MISA


6.

Jesús se acerca al Bautista y le reconoce abiertamente sus credenciales proféticas. E incluso se pone en la cola de sus prosélitos y recibe el bautismo de sus manos. Ahora bien, como quiera que el bautismo de Juan, más que ritual, era moral, o sea incluía el conocimiento de los propios pecados, surge el problema de si el bautismo de Jesús llevaba consigo también una confesión de los pecados.

Este problema ya se dejó sentir en la iglesia primitiva, como se deduce de Mt 3, 13ss. y de Heb 5. Pero el contexto próximo es bastante claro: Jesús comparte la condición de los pecadores, él mismo "se hace pecado" (2 Cor 5, 21); pero en seguida baja del cielo una voz divina que lo declara inocente.

El segundo evangelio es profundamente dialéctico, y solamente desde una lectura estrictamente dialéctica puede entenderse. Aquí se presenta a Jesús como hombre con todas sus consecuencias, incluso las del pecado; pero al mismo tiempo se subraya su dimensión divina, única en toda la historia de los profetas de Israel.

Jesús, Dios y hombre; Jesús, pecador e inocente: he aquí una clave para penetrar en la cristología y, por consiguiente, en la eclesiología del segundo evangelio. Lo divino no debe admitirse a costa de lo humano; ni lo humano debe subrayarse a costa de lo divino. Igualmente la iglesia deberá aceptar esta difícil postura dialéctica. Deberá compartir con el resto de la humanidad esa triste historia empecatada, pero al mismo tiempo deberá ser profundamente pura, para luchar eficazmente contra el pecado.

A lo largo de la historia la Iglesia ha compartido demasiadas veces el pecado humano, no en lo que éste tiene "contra el Hijo del hombre", sino en lo que significa "contra el Espíritu" (Mt 12, 31-32; Lc 12, 10). Esto quiere decir que una Iglesia que con una espiritualidad evasiva quiere disimular su pecado de compromiso con los poderosos y los explotadores de la humanidad, no ha cumplido su misión profética.

La inmersión en el pecado humano exige de ella una gran pureza, para que así pueda realizar su misión fundamental de exhortar a todos los hombres al verdadero arrepentimiento. Y si en esta inmersión de la Iglesia en el pecado de la humanidad doliente comete alguna imperfección, Jesús declara que el perdón para ella será fácil. No así para una Iglesia que peca contra la luz y que a sus pecados de compromiso con los poderosos los cubre de mármoles sagrados, los rocía de agua bendita y los oculta tras el incienso de un culto hipócrita.

COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT
EDIC MAROVA/MADRID 1976.Pág. 1112


7. ACI DIGITAL 2003

7. La conmoción que el Bautista con su predicación de penitencia y su modo de vivir produjo, fue tan grande, que muchos creyeron que él fuese el "Mesías" prometido. Para evitar este engaño, Juan acentúa su misión de "precursor" señalando con su dedo hacia Jesús: En pos de mí, viene uno... "Así como la aurora es el fin de la noche y el principio del día, Juan Bautista es la aurora del día del Evangelio, y el término de la noche de la Ley" (Tertuliano). Véase Juan 3, 30 y nota: "Es necesario que Él crezca y que yo disminuya. Como el lucero de la mañana palidece ante el sol, así el Precursor del Señor quiere eclipsarse ante el que es la Sabiduría encarnada. Esta es la lección que nos deja el Bautista a cuantos queremos predicar al Salvador: desaparecer. "¡Ay, cuando digan bien de vosotros!"


8.

Un padre debe decir a su hijo que le quiere, sugiere el predicador del Papa
Comenta el Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor

ROMA, viernes, 7 enero 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, al Evangelio de la liturgia del próximo domingo, 9 de enero (Mt 3,13-17), fiesta del Bautismo del Señor.

Cuando se escribe la vida de los grandes artistas y poetas, siempre se intenta descubrir la persona (en general la mujer) que ha sido, para el genio, la fuente de inspiración, la musa frecuentemente escondida. También en la vida de Cristo hallamos un amor secreto que ha sido el motivo inspirador de todo lo que hizo: su amor por el Padre celestial. Ahora, con ocasión del Bautismo en el Jordán, descubrimos que este amor es recíproco. El Padre proclama a Jesús su «Hijo predilecto» y le manifiesta toda su complacencia enviando sobre él el Espíritu Santo, que es su mismo amor personificado.

Según la Escritura, como la relación hombre-mujer tiene su modelo en la relación Cristo-Iglesia, así la relación padre-hijo tiene su modelo en la relación entre Dios Padre y su Hijo Jesús. De Dios padre «toda paternidad en los cielos y en la tierra toma nombre» (Ef 3,15), esto es, saca existencia, sentido y valor. Es una ocasión para reflexionar sobre este delicado tema. Quién sabe por qué la literatura, el arte, el espectáculo, la publicidad explotan una sola relación humana: la de fondo sexual entre el hombre y la mujer, entre el marido y la esposa. Dejamos en cambio casi del todo inexplorada otra relación humana igualmente universal y vital, otra de las grandes fuentes de gozo de la vida: la relación padres-hijos, la alegría de la paternidad.

Igual que el cáncer ataca habitualmente los órganos más delicados en el hombre y en la mujer, así el poder destructor del pecado y del mal ataca los ganglios más vitales de la existencia humana. No hay nada que sea sometido al abuso, a la explotación y a la violencia como la relación hombre-mujer, y no hay nada que esté tan expuesto a la deformación como la relación padre-hijo: autoritarismo, paternalismo, rebelión, rechazo, incomunicación... El sufrimiento es recíproco. Hay padres cuyo sufrimiento más profundo en la vida es ser rechazados o directamente despreciados por los hijos, por los cuales han hecho cuanto han podido. Y hay hijos cuyo más profundo y no confesado sufrimiento es sentirse incomprendidos o rechazados por el padre, y que en un momento de irritación, tal vez han oído decir del propio padre: «¡Tú no eres mi hijo!». ¿Qué hacer? Ante todo creer. Reencontrar la confianza en la paternidad. Pedir a Dios el don de saber ser padre. Después esforzarse también en imitar al Padre celeste.

San Pablo traza así la relación padres-hijos: «Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se desanimen» (Col 3,20-21). A los hijos recomienda la obediencia, pero una obediencia filial, no de esclavos o de militares; a los padres que «no exasperen» a los hijos; esto es, en sentido positivo, tener paciencia, comprensión, no exigir todo inmediatamente, saber esperar a que los hijos maduren, saber disculpar sus errores. Se trata de no desalentar con continuos reproches y observaciones negativas, sino más bien animar cada pequeño esfuerzo. Comunicar sentido de libertad, de protección, de confianza en sí mismos, de seguridad.

Como hace Dios, que dice querer ser siempre para nosotros una «roca de defensa» y una «ayuda siempre cercada en las angustias» (Sal 46). No tengáis miedo de imitar alguna vez, a la letra, a Dios Padre y de decir al propio hijo o hija: «¡Tú eres mi hijo amado! ¡Tú eres mi hija amada! ¡Estoy orgulloso de ti, de ser tu padre!». Si sale del corazón en el momento adecuado, esta palabra hace milagros, da alas al corazón del chaval o de la joven. Y para el padre es como generar una segunda vez, más conscientemente, al propio hijo.