Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia Como podemos hablarles de la Eucaristia a nuestros hermanos separados


   -¿Cómo podemos hablarles de la Eucaristía a nuestros hermanos separados?

   Las incoherencias del protestantismo.

   Introducción.

   En algunos países, aun en el caso de que el Catolicismo sea la religión mayoritaria de los mismos, sucede que los predicadores laicos católicos tienen constantes enfrentamientos tanto con cristianos protestantes como con miembros de sectas que hacen todo lo humanamente posible para desestabilizar a los católicos, especialmente a aquellos que tienen un gran desconocimiento de la Palabra de Dios. Los predicadores contrarios al Catolicismo son muy astutos, en el sentido de que memorizan grandes cant idades de versículos bíblicos, a los cuales nuestros predicadores no pueden responder porque no se saben la Biblia de memoria, por lo cual en algunas ocasiones se sienten perdidos, ya que los enemigos del Catolicismo utilizan la Palabra de Dios de tal manera que invalidan nuestras creencias.

   Por mi parte, en respuesta a los catequistas y predicadores católicos que constantemente me piden ayuda , os envío un estudio bíblico, con el fin de que los tales puedan defender nuestra creencia en el Sacramento de la Eucaristía, si no ante quienes nos atacan constantemente porque en algunos casos su ignorancia y en otros su maldad les hacen enfrentarnos con pretextos absurdos, al menos puedan sustentar la fe, tanto de los catecúmenos, como de aquellos de nuestros hermanos bautizados que, aunque no tienen una buena formación bíblica, se resisten a dejar de ser miembros de la Iglesia Católica.

   A la hora de defender nuestras creencias ante quienes nos atacan, es preciso tener en cuenta que, quienes utilizan grandes cantidades de versículos bíblicos con tal de desestabilizarnos y hacernos creer que ignoramos la Palabra de Dios porque no nos sabemos la Biblia de memoria, ante nosotros, tienen la desventaja de que, aunque demuestran tener una memoria excelente, no saben interpretar los textos que citan, lo cual es una ventaja que debemos aprovechar, no para humillarlos pagándoles con su misma moneda de cambio, sino porque no sirve de nada el hecho de pasar muchas horas discutiendo inútilmente, cuando nos es preferible predicarles a quienes están deseosos de conocer la Palabra de Dios, o dedicarnos a otra labor necesaria en la viña del Señor.

   Algunos predicadores católicos que desconocen las creencias de quienes nos atacan, intentan rebatir a los mismos, lo cual no les sirve absolutamente de nada, ya que sus adversarios religiosos tienen u n gran repertorio de acusaciones contra nosotros para intentar desestabilizar a los mismos, por ejemplo, haciéndoles creer que la intercesión de los Santos es pecaminosa, porque la Biblia prohíbe el ejercicio de las prácticas ocultistas.

   Las bases del protestantismo.

   Al recordar los principios sobre los que se basa el protestantismo, nos es fácil comprender que tales cristianos, al intentar invalidar nuestras creencias, no hacen más que contradecirse a sí mismos.

   Los principios sobre los que se basa el protestantismo, son tres:

   -1. La sola Scriptura.

   -2. La sola fide.

   -3. La sola gratia.

   Nota: Dado que muchos protestantes han demostrado tener un amor y respeto por la Biblia del que carecen muchos católicos, no quiero que este estudio bíblico sea considerado como un ataque a tales hermanos, sino como un instrumento afir mador de nuestra fe.

   1. La sola Scriptura.

   Según Martín Lutero, dado que la Biblia contiene la Palabra de Dios, debemos creer ciegamente en las verdades contenidas en el citado libro, y no hemos de considerar que ningún escrito eclesiástico (como los documentos de los Padres de la Iglesia) contiene la Palabra inspirada de Dios, lo cual hace que los protestantes invaliden la función del Magisterio de la Iglesia y las tradiciones eclesiásticas.

   Nuestros hermanos separados nos acusan a los católicos de anteponer nuestras tradiciones al cumplimiento de la voluntad de Dios. ¿Les da la Biblia la razón a nuestros hermanos separados?

   La Biblia dice:

   "A vosotros, en cambio, hermanos, el Señor os ama y os ha escogido como primeros frutos de la salvación por medio del Espíritu que os consagra y de la fe en la verdad. Por ello debemos dar continuas gracias a Dios, que os llamó mediante el mensaje de salvación (el Evangelio) que os anunciamos para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, hermanos, manteneos firmes y guardad las tradiciones que os hemos enseñado de palabra o por escrito" (2 TES. 2, 13-15).

   En otro lugar, leemos:

   "Estad alertas, no sea que alguien os engañe con falsas teorías y estériles especulaciones que se apoyan en la autoridad de los hombres o en las potencias cósmicas, pero no en Cristo" (COL. 2, 8).

   Vemos que San Pablo nos ha dicho que respetemos la tradición bíblica que conocemos como Palabra de Dios, y que rechacemos enérgicamente las corrientes de pensamiento que se oponen a nuestro Padre común. Como los católicos hemos adaptado tradiciones de otras religiones para que los adeptos de las mismas se unan a nosotros, los protestantes nos acusan de que servimos al demonio y que nos separamos de Dios, al vivir en conformidad con la práctica de tradiciones mundanas, lo cual no es cierto, ya que esas tradiciones, adaptadas a la adoración del único Dios existente, han aumentado el número de hijos de la Iglesia.

   Veamos cómo Jesús condenaba las tradiciones humanas que se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios.

   "Entonces se acercan a Jesús algunos fariseos y escribas venidos de Jerusalén, y le dicen: «¿Por qué tus discípulos traspasan la tradición de los antepasados?; pues no se lavan las manos a la hora de comer.» El les respondió: «Y vosotros, ¿por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo: =Honra a tu padre y a tu madre,= y: =El que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte.= Pero vosotros decís: El que diga a su padre o a su madre: "Lo que de mí podrías recibir como ayuda es ofrenda (al Templo)", ése no tendrá que honrar a su padre y a su madre. Así habéis anulado la Palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas , bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo:
=Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.=
=En vano me rinden culto,
ya que enseñan doctrinas que son preceptos de
hombres.»=" (MT. 15, 1-9).

  En defensa de la Tradición apostólica, podemos decir que la gran mayoría de los autores bíblicos no tuvieron ninguna fuente bíblica de la que extraer lo que escribieron. Es cierto que los tales escribieron sus obras bajo la inspiración del Espíritu Santo, pero no sirve de nada negar el hecho de que tuvieron que acudir a las tradiciones de su tiempo, con tal de escribir lo que en su tierra se sabía de Dios. A modo de ejemplo, si en el tiempo en que supuestamente vivieron Adán y Eva no se había inventado la Escritura, ¿cómo podemos negar que Moisés, -el autor del Génesis-, conoció la vivencia de los mismos en el Edén y su comisión del pecado original, gracias a la tradición de los hebreos?

   Aunque todo e l contenido de las tradiciones no aparece en la Biblia, hemos de dar por válidos los aspectos de las mismas que son veraces. A modo de ejemplo, aunque la Biblia no dice que San Pedro estuvo en Roma, autores como Eusebius Panfilius afirmaron este hecho, el cual ha sido demostrado, dado que la tumba del primer Papa ha sido encontrada bajo el altar de la Basílica de San Pedro en la ciudad eterna.

   Veamos algunos versículos bíblicos en los que se utilizan sinónimos de la palabra tradición:

   "Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (MT. 28, 19-20).

   Lo que Jesús les enseñó a sus Apóstoles, fue el Evangelio, el cual no les fue entregado a los mismos por escrito, sino de viva voz, para que el los, primero lo predicaran, y lo dejaran escrito, una vez que vieran que se acercaba el fin de su vida, con el fin de que la Palabra de Dios no fuera olvidada por los creyentes.

   "Recordad lo que os he dicho: "Ningún siervo es superior a su amo." Como me han perseguido a mí, os perseguirán también a vosotros; y en la medida que han aceptado mi enseñanza, también aceptarán la vuestra... Y vosotros seréis mis testigos, pues no en balde habéis estado conmigo desde el principio (de mi Ministerio)" (JN. 15, 20. 27).

   Jesús les pidió a sus Apóstoles que guardaran el mensaje que Él les había enseñado de viva voz.

   "Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. Os felicito, porque no hay cosa en la que no me tengáis presente y porque conserváis las tradiciones tal como os las transmití... Quiero recordaros, hermanos, el mensaje de salvación que os anuncié. El mensaje que aceptasteis, en el que os mantenéis firmes y por el q ue estáis en camino de salvación, si es que lo conserváis tal como yo os lo anuncié. De lo contrario, se habrá echado a perder vuestra fe" (1 COR. 11, 2. 15, 1-2).

   "Toma como modelo la sana enseñanza que me oíste acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús... Tú, hijo mío, procura que la gracia de Cristo te fortalezca. Y lo que me oíste proclamar en presencia de tantos testigos, confíalo a personas fieles, capaces a su vez de enseñarlo a otras personas. Por tu parte, permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste como perteneciente a la fe. Sabes quiénes fueron tus maestros y sabes que desde la cuna te han sido familiares las Escrituras santas (el Antiguo Testamento) como fuente de sabiduría y de salvación mediante la fe en Cristo Jesús" (2 TIM. 1, 13. 2, 1-2. 3, 14-15).

   "Por lo que a vosotros atañe, sed fieles al mensaje que oísteis desde el principio. Así participaréis de la vida del Padre y del Hijo" (1 JN. 2, 24).

   "Tendría mucho más que deciros, pero no quiero hacerlo con papel y tinta. Espero encontrarme pronto entre vosotros y hablaros personalmente; con ello será completa nuestra común alegría" (2 JN. 1, 12).

   Mirad qué texto más curioso.

   "Os he demostrado así, sin dejar lugar a dudas, que es preciso trabajar para socorrer a los necesitados, teniendo presente aquella máxima de Jesús, el Señor: "Más dicha trae el dar que el recibir"." (HCH. 20, 35).

   ¿En qué parte de los Evangelios está la frase "más dicha trae el dar que el recibir"? Esas palabras que San Pablo le atribuyó a Jesús no están en los Evangelios, pero se transmitieron entre los creyentes por medio de la tradición oral.

   Veamos algunos hechos registrados en el Nuevo Testamento que, aunque no figuran en la primera parte de la Biblia, fueron adoptados por los creyentes como verídicos, por causa de la existencia de varias tradiciones.

   "Distinto fue el proceder del arcángel Miguel cuando disputaba al diablo el cuerpo de Moisés. Ni siquiera se atrevió a lanzarle una acusación injuriosa; simplemente dijo: "Que el Señor te reprenda"" (JD. 9).

   "No pierdas esto de vista: cuando se acerque el fin vendrán momentos difíciles. Los hombres se volverán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, calumniadores, rebeldes a sus padres, desagradecidos, sacrílegos. Serán duros de corazón, desleales, difamadores, disolutos, inhumanos, malévolos, traidores, temerarios, engreídos; buscarán su propio placer en vez de buscar a Dios y querrán aparentar una vida religiosa, cuya autenticidad desmentirá su conducta. ¡Apártate de esa clase de gente! Algunos de ellos se introducen astutamente en las casas y sorben el seso de incautas mujeres cargadas de pecados y agitadas por toda suerte de pasiones, mujeres que andan siempre curioseando, pero son absolutamente incapaces de dar con la verdad. En otro tiempo, los brujos Janés y Jambrés se enfrentaron a Moisés; pues, de manera semejante, estos otros se enfrentan a la verdad. Son hombres de mente pervertida, sin garantía alguna en las cosas de la fe. Pero no podrán ir muy lejos, porque todos se darán cuenta de su insensatez , como sucedió con Janés y Jambrés" (2 TIM. 3, 1-9).

   Aunque los brujos citados por San Pablo no aparecen en el Antiguo Testamento, forman parte de una tradición aceptada por los creyentes como verídica.

   "Y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. De esta manera se cumplió lo que habían anunciado los profetas: que Jesús sería llamado Nazareno" (MT. 2, 23).

   Es evidente que San Mateo cometió un error en el versículo de su Evangelio que hemos recordado, ya que Jesús debería haber sido llamado "Nazareo" o "Nazir", es decir, debía haber sido tenido como un hombre exclusivamente consagrado a cumplir la voluntad de Dios .

   Los protestantes creen en el llamado "principio del libre examen", el cual les autoriza a interpretar la Biblia según sus conclusiones personales, bajo la creencia de que tales conclusiones les son inspiradas por el Espíritu Santo. No es difícil suponer que esta creencia ha originado varios miles de decenas de iglesias y que ha conducido a muchos ignorantes de la Biblia a llevar a cabo acciones carentes de sentido que sólo han provocado sufrimiento y muertes innecesarias.

   Ya que según los protestantes la Biblia interpretada por cualquier persona constituye una norma de fe inquebrantable, ¿qué derecho tienen los tales a atacar nuestras creencias?

   Dado que no existe ningún versículo en la Biblia en el que se explicite que todos los volúmenes contenidos en la misma contienen la Palabra de Dios, los protestantes no pueden dar por válidos los tres principios dogmáticos sobre los que fundamentan sus creencias, ni pu e den demostrar el valor que le conceden a la Biblia, un valor que, por cierto, muchos católicos no aceptan.

   En contraposición a los protestantes, dado que la Iglesia Católica es autora del Nuevo Testamento, y bajo la inspiración del Espíritu Santo ha reunido en una sola biblioteca los setenta y tres libros de que se compone la Biblia, esta tiene la autoridad competente para afirmar que la Biblia contiene la Palabra de Dios, lo cual es un excelente punto de apoyo para afirmar que las creencias que mantiene son veraces, ya que ningún versículo bíblico dice que la Biblia tiene que ser aceptada como "Palabra inspirada por Dios".

   Dado que en la Biblia leemos:

   "Toda Escritura está inspirada por Dios y es provechosa para enseñar la verdad, para rebatir el error, para reformar las costumbres, para educar en la rectitud" (2 TIM. 3, 16),

bajo el principio protestante del libre examen, cualquier libro, independien temente de su contenido, puede considerarse inspirado por Dios.

   Si la Iglesia Católica no hubiera recibido el don de la infalibilidad del Espíritu Santo, los católicos careceríamos de la potestad necesaria para poder afirmar que la Biblia contiene la Palabra de Dios, de la misma manera que no podríamos decir que los autores de los libros de que se compone la misma, escribieron sus obras bajo la inspiración del Espíritu de Dios.

   Dado el hecho de que cuando San Pablo escribió su segunda Carta a Timoteo (antes del año 67 del siglo I) aún no habían sido escritos todos los libros de la Biblia, y del Nuevo Testamento, aunque no tenían la repercusión que tienen en nuestro tiempo, sólo se habían escrito algunas cartas de San Pablo, el Evangelio de San Marcos entre los años cincuenta y sesenta y cinco y el Evangelio de San Lucas a principios de la década de los sesenta, el versículo 3, 16 que acabamos de recordar, sólo puede hacer referencia al Antiguo Testamento, pues, el mismo, en el siglo I de la era cristiana, era conocido con el nombre de "Sagradas Escrituras". Al deducir este hecho, -el cual no procede de la óptica del Catolicismo, sino de la aplicación de la Historia pura y dura a la interpretación de la Biblia-, acabamos con la argumentación de los protestantes, a la hora de afirmar rotundamente que la Biblia contiene la Palabra de Dios.

   Quienes se han percatado de este hecho, con tal de no reconocerle a la Iglesia Católica su labor de unificar e interpretar los libros de la Biblia, afirman que las Sagradas Escrituras contienen la Palabra de Dios, porque, cuando las leen o las escuchan, les producen una sensación de felicidad muy grande, lo cual no es difícil comprender que es un hecho subjetivo, dado que pueden sentir la citada sensación si se les lee cualquier texto, haciéndoles creer que forma parte de la Biblia.

   A una catequista llamada Laura le sucedió una cosa mu y curiosa, un día en que le pidió a un pastor evangélico que le demostrara que la Biblia contiene la Palabra de Dios, a lo cual el predicador le respondió: -Si tu corazón cree que la Biblia es Palabra de Dios, ¿para qué voy a probártelo? Vemos que el citado pastor fue más ágil que Laura, por lo que no resolvió el problema que le fue planteado, y, al mismo tiempo, dejó a su adversaria sin argumentos para replicarle.

   ¿Es la Biblia la única fuente escritural que hay que aceptar como verídica? En tal caso, la Biblia se contradice a sí misma, dado que San Juan escribió en su Evangelio:

   "Jesús hizo además otras muchas cosas; tantas, que, si se quisiese ponerlas por escrito una por una, pienso que ni en el mundo entero cabrían los libros que podrían escribirse" (JN. 21, 25).

   Todos esos hechos de los que San Juan nos habla superficialmente, aunque son extrabíblicos, son verdaderos.

   Dado el hecho d e que cuando San Pablo predicaba aún no habían sido compuestos todos los libros de la Biblia, la interpretación de algunos de sus textos como el siguiente que os copio a modo de ejemplo, nos confirma en la creencia de que hay que creer como ciertas cosas que no están escritas en la Biblia, tales como las enseñanzas de la Iglesia.

   "Por lo demás, tenemos sobrados motivos para dar gracias a Dios constantemente. Porque al acoger nuestro mensaje, no fue un mensaje humano el que acogisteis, sino la palabra misma de Dios, que sigue actuando en vosotros los creyentes" (1 TES. 2, 13).

   Veamos la demostración bíblica de que el principio del libre examen es errático.

   "Tenemos también la firmísima palabra de los profetas, a la que haréis bien en atender como a lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el astro matinal amanezca en vuestros corazones. Sobre este punto, tened muy presente que ninguna profec ía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia, ya que ninguna profecía ha tenido su origen en la sola voluntad humana, sino que, impulsados por el Espíritu Santo, hubo hombres que hablaron de parte de Dios" (1 PE. 1, 19-21).

   "Considerad que la paciencia de nuestro Señor es para nosotros salvación. En este sentido os ha escrito también nuestro querido hermano Pablo, con la sabiduría que Dios le ha concedido. Lo repite en todas las cartas en que trata estos temas. En dichas cartas hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y vacilantes en la fe interpretan torcidamente -como hacen con otros pasajes de las Escrituras-, buscándose con ello su propia ruina" (1 PE. 3, 15-16).

   Si el principio del libre examen es válido, ¿para qué sirve el trabajo de los pastores evangélicos? Si el Espíritu Santo nos inspira nuestras conclusiones personales a la hora de interpretar la Biblia, ¿por qué adoctrinan los pastores evangéli cos a sus adeptos?

   Si todos podemos interpretar la Biblia como nos apetezca, ¿por qué utilizan los protestantes diferentes traducciones bíblicas como la Reina Valera, si se tiene en cuenta que las tales, -como todas las traducciones-, no son más que interpretaciones de los textos originales?

   Si el Papa no es infalible según los protestantes a la hora de interpretar la Biblia, ¿por qué disponen ellos del citado don espiritual a la hora de aplicar su principio dogmático del libre examen?

   ¿Es cierto el hecho de que la Biblia por sí misma es suficiente para otorgarnos el conocimiento de la misma que Dios quiere que obtengamos?

   "Toda Escritura está inspirada por Dios y es provechosa para enseñar la verdad, para rebatir el error, para reformar las costumbres, para educar en la rectitud. Con ella, el creyente estará perfectamente equipado para toda clase de obras buenas" (2 TIM. 3, 16-17).
< br />   Los protestantes nos dicen: Si el conocimiento que nos aporta la Biblia nos concede la salvación, ¿para qué sirve el Magisterio de la Iglesia? ¿Qué trabajo de utilidad hace el Papa para los cristianos? ¿De qué sirven esos ritos de magia blanca que practicáis que conocéis con el nombre de Sacramentos?

   Los protestantes nos hacen esas y otras preguntas con tal de desestabilizar nuestra fe, porque, según se ha dicho anteriormente, las palabras que San Pablo aplicó al Antiguo Testamento, nuestros hermanos las aplican al conjunto de su Biblia, una composición de sesenta y seis libros, a la que le faltan los siete volúmenes deuterocanónicos, que ellos consideran apócrifos. Bajo la estricta interpretación histórica de las citadas palabras de San Pablo, podemos pensar que los protestantes dicen que la salvación proviene del Antiguo Testamento, lo cual en parte es cierto, si se considera que el mismo prepara a quienes lo leen a recibir las bendiciones del Nuevo Testamento. Si la salvación proviene del Antiguo Testamento, hemos de invalidar el Cristianismo, ya que el Antiguo Testamento contiene las normas religiosas aplicadas por el Judaísmo.

   Si siguiendo la citada interpretación, el Nuevo Testamento no nos es necesario para obtener la sabiduría salvadora de Dios, ¿por qué razón quiso Dios que sus hijos dispusiéramos de la segunda parte de la Biblia?

   Las palabras de San Pablo "Toda Escritura", son una traducción mal hecha al castellano del original en griego del texto sagrado, en el que se utilizan las palabras "pasa graphe", que se traducen como "cada una de las Escrituras". Al recurrir al texto paulino original de 2 TIM. 3, 16, Debemos entender, -bajo la óptica de los protestantes-, que cada uno de los libros de la Biblia, -por separado-, son tan válidos como el conjunto de las Sagradas Escrituras.

   Cuando cualquier protestante, con respecto al citado versícul o paulino, nos diga que el mismo demuestra que la Biblia nos es suficiente para obtener la salvación, podemos decirle que nos indique en qué parte del mismo se nos dice que la Biblia es capaz de salvarnos, ya que San Pablo no nos dijo que la misma es todo lo que necesitamos, sino que es útil para adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, con tal de que podamos ser santificados por el Espíritu Santo.

   Al interpretar conjuntamente los versículos 16 y 17 del capítulo 3 de 2 TIM., los protestantes pueden preguntarnos: Si la Biblia nos hace aptos para realizar cualquier obra buena, ¿qué mas necesitamos para vivir según el querer de Dios? Esta pregunta no deberían hacérnosla, ya que su principio de la sola fide les indica que serán salvos por la fe, y que, en este sentido, las obras no están relacionadas con nuestra salvación, hasta el punto de que, al llevarlas a cabo, ni siquiera le agradecemos a Dios lo mucho que nos ama.

   En el ver sículo 17, leemos:

   "Con ella (la Escritura), el creyente estará perfectamente equipado para toda clase de obras buenas".

   San Pablo usa la palabra griega "teleios", que se traduce como "perfección", y hace referencia a una perfección absoluta", de la misma manera que también utiliza las palabras "exertiso y artios" ("preparado") y "exertimenos" ("cuidadosamente preparado").

   ¿Qué otra cosa necesitamos, a parte de la perfección absoluta, para poder vivir como buenos hijos de Dios?

   "Pero es preciso que la perseverancia lleve a feliz término su empeño, para que seáis perfectos, cabales e intachables" (ST. 1, 4).

   El versículo bíblico que estamos meditando lo he extraído de la traducción de la Biblia de la editorial católica "La Casa de la Biblia" del año 1992. La Biblia de Jerusalén, -otra traducción católica-, sustituye la palabra "perseverancia" por el vocablo "pacienci a". Nos son necesarias la perseverancia en la aplicación de los valores cristianos a nuestra vida para que no perdamos la fe, y la paciencia para que no flaqueemos a la hora de cumplir la voluntad de nuestro Padre común, pues, mientras que los protestantes, por causa del principio de la sola fide, piensan que por creer en Dios serán salvos, nosotros, -según quedará demostrado en este estudio bíblico-, sabemos perfectamente que, si no cumplimos la voluntad de nuestro Padre común, ello indica que carecemos de fe, lo cual nos conduce a jugarnos la vida eterna.

   Debemos cuidarnos de la interpretación que algunos protestantes hacen de ST. 1, 4, ya que los tales entienden que seremos salvos por nuestra capacidad de sufrir, por lo cual, piensan que la Iglesia no es necesaria, ni como intérprete de la Biblia, ni como comunidad de hermanos que se ayudan unos a otros a mantener la fe.

   2. La sola fide.

   Según el principio de la sola fide, cuando una persona es bautizada, esta recibe el don de la salvación, el cual no le será quitado, ni aun en el caso de que peque conscientemente. Os expongo un símil, con el fin de explicitar el principio errático de la sola fide. Supongamos el caso de un hombre moribundo que tiene una hija que dice que lo ama más que a su vida, pero que no cuida a su progenitor. ¿Puede decirse que el citado enfermo es verdaderamente amado por su descendiente? Igualmente, si un cristiano que dice que tiene fe en Dios, no hace el bien, ¿cómo podrá el mismo decir que es un verdadero cristiano, y con qué derecho podrá aspirar a ser salvo?

   ¿Que dice la Biblia con respecto a la cuestión de la sola fide? ¿Puede considerarse que tienen fe los cristianos que no hacen obras benéficas?

   La fe sin obras carece de valor.

   "¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, alardear de fe, si carece de obras? ¿Podrá salvarle esa fe? Imaginad e l caso de un hermano o una hermana que andan mal vestidos y   faltos del sustento diario. Si acuden a vosotros y les decís: "Dios os ampare, hermanos; que encontréis con qué abrigaros y quitar el hambre", pero no les dais nada para remediar su necesidad corporal, ¿de qué les servirán vuestras palabras? Así es la fe: si no produce obras, está muerta en su raíz. Se puede también razonar de esta manera: tú dices que tienes fe; yo, en   cambio, tengo obras. Pues a ver si eres capaz de mostrar tu fe sin obras,    que yo, por mi parte, mediante mis obras te mostraré mi fe" (ST. 2, 14-18).

   Por su parte, Jesús dijo en su sermón del monte:

   "No todos los que dicen: "Señor, Señor" entrarán en el reino de Dios, sino los que hacen la voluntad de mi Padre celestial" (MT. 7, 21).

   Podemos deducir del citado texto que debemos hacer las obras que Dios quiere, no para ser salvos porque nuestra sal vación proviene de la fe, sino por agradecimiento a la bondad infinita que nuestro Padre celestial nos ha manifestado al redimirnos.

   ¿Cuál es la voluntad de Dios con respecto a nosotros?

   La salvación es obtenida por quienes tienen fe, aunque los tales hacen el bien, no para conseguir ser salvos, sino porque aman a nuestro Padre común.

   Jesucristo es el autor de nuestra salvación.

   "Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido autor de nuestra salvación" (HCH. 4, 12).

   "LO que Dios espera de vosotros es que creáis en su enviado... Y lo que el Padre desea es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha confiado, sino que los resucite en el último día" (CF. JN. 6, 29. 39).

   "Ellos (los Santos Pablo y Silas) dijeron (a su carcelero): Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu c asa" (HCH. 16, 31).

   "A vosotros, en cambio, hermanos, el Señor os ama y os ha escogido como primeros frutos de la salvación por medio del Espíritu que os consagra y de la fe en la verdad. Por ello debemos dar continuas gracias a Dios, que os llamó mediante el mensaje de salvación que os anunciamos para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo" (2 TES. 2, 13-14).

   "Ten siempre presente a Jesucristo resucitado, que nació de la estirpe de David; éste es el mensaje de salvación que yo anuncio, y por el que he venido a dar en la cárcel como si fuera un malhechor. Pero nadie puede encarcelar el mensaje de Dios (bajo la guía del Espíritu Santo, ni estando preso puede callarme nadie). Por eso lo soporto todo para bien de los elegidos, a fin de que también ellos alcancen la salvación y la gloria eterna lograda por Cristo Jesús" (2 TIM. 2, 8-10).

   Las obras de caridad son consecuentes de la fe.

 &n bsp; "Luego el rey dirá a los unos (a los justos): -Venid, benditos de mi Padre; recibid en propiedad el reino que se os ha preparado desde el principio del mundo. Porque estuve hambriento, y vosotros me disteis de comer; estuve sediento, y me disteis de beber; llegué como un extraño, y me recibisteis en vuestra casa; me visteis desnudo, y me disteis ropa; estuve enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y fuisteis a verme" (MT. 25, 34-36).

   En el siguiente texto, se nos demuestra que la vida cristiana debe caracterizarse por la vivencia de las creencias bíblicas y el constante ejercicio de la predicación incansable.

   "En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos y que ha de manifestarse como rey, te suplico encarecidamente: proclama el mensaje e insiste en todo momento, tanto si gusta como si no gusta. Argumenta, reprende, exhorta, echando mano de toda tu paciencia y tu competencia en enseñar. Tiempos vendrán en que no se querrá escuchar la enseñanza auténtica; en que, para halagarse el oído, los hombres se rodearán de maestros a la medida de sus propios antojos, se apartarán de la verdad y darán crédito a los mitos. Pero tú permanece siempre alerta, soporta las contradicciones, trabaja en la extensión del mensaje de salvación, desempeña a la perfección tu ministerio" (2 TIM. 4, 1-5).

   Estamos de acuerdo en que la salvación no es un premio que recibimos por causa de las buenas obras que hacemos, pues la misma es un don del Dios que nos ha amado sin que hayamos hecho nada para merecerlo.

   Dado que, según hemos visto, la salvación, al mismo tiempo que es un don, también es un compromiso, podemos perder la citada dádiva divina.

   San Pedro escribió:

   "No os dejéis seducir ni sorprender. Vuestro enemigo el diablo ronda como león rugiente buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, cons cientes de que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos sufrimientos" (1 PE. 5, 8-9).

   Si nadie puede quitarnos la salvación, ¿por qué tenemos que cuidarnos de las asechanzas del mal? A esta pregunta no acepto la respuesta de los protestantes de que tenemos que agradecerle a Dios el bien que nos ha hecho, dado que los tales afirman que las obras benéficas que hacemos no son demostraciones de la fe que nos caracteriza.

   "Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente sino mucho más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación" (FLP. 2, 12).

   Si tenemos la salvación asegurada, ¿por qué tenemos que trabajar con temor  y temblor con tal de no perderla?

   "En cuanto a mí, no corro a ciegas, ni lucho como quien da golpes al aire. Si golpeo mi cuerpo con rigor y lo someto a disciplina, es porque yo, que he enseñado a otros, no quiero quedar descalificado" (1 COR. 9, 26-27).

   Una de las virtudes de San Pablo era la humildad. El citado Apóstol, aunque había evangelizado a mucha gente, se cuidaba de no perder la salvación, así pues, no era orgulloso como los predicadores que piensan de sí mismos que son grandes creyentes hasta el punto de que llegan a despreciar a quienes no comparten sus opiniones.

   "Por tanto, hermanos, redoblad vuestro empeño por consolidar vuestro llamamiento y vuestra elección. Haciéndolo así, jamás fracasaréis. Es más, se os abrirá bien ancha la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2 PE. 1, 10-11).

   Las cosas citadas por San Pedro, son el ejercicio de la fe, mediante las obras características de la misma.

   "Así que, si alguno presume de mantenerse firme, esté alerta, no sea que caiga" (1 COR. 10, 12).

   Es de advertir, que muchos creyentes, -a modo de ejemplo, cito a los testigos de Jehová-, creen que por hacer las cosas que hacen, no perderán la salvación, dado que son predicadores indispensables para que haya más gente apta para ser salva, como si Dios no tuviera medios para salvar a la humanidad y no tuviera más remedio que contar con su colaboración, que creen que es indispensable.

   Quienes creen que serán salvos, ora por su orgullo, o por la creencia en el principio errático de la sola fide, basan su errónea creencia en el siguiente texto paulino:

   "Ahora, pues, ninguna condena pesa ya sobre aquellos que están injertados en Cristo Jesús" (ROM. 8, 1).

   Es cierto que mientras permanezcamos unidos a Cristo seremos salvos, pero, si nos separamos del Señor, y pecamos conscientemente, entonces dejaremos de ser hijos de Dios.

   "Si de veras hay entre vosotros quien se precia de sabio o inteligente , demuestre con su buena conducta que la sabiduría ha impregnado de amabilidad su vida" (ST. 3, 13).

   El autor de la Carta a los Hebreos, nos demuestra claramente que podemos perder la salvación, cuando afirma:

   "Más bien exhortaos unos a otros, día tras día, mientras dura ese "hoy", (esta vida difícil), para que la seducción del pecado no endurezca vuestras conciencias. Porque las riquezas de Cristo que ahora compartimos están condicionadas a que mantengamos firme hasta el fin nuestra confianza (nuestra fe) del principio" (HEB. 3, 13-14).

   Quienes aún después de leer los textos anteriores sigan pensando que por su fe jamás pueden correr el riesgo de perder la salvación, que lean el siguiente texto:

   "Tú te mantienes unido al árbol (de la vida) por la fe. Así que no presumas y ándate con cuidado. Que si Dios no tuvo miramientos con las ramas originales (si Dios condenó a los judíos pecadores d el pasado), puede ser que tampoco los tenga contigo (si pecas a sabiendas de que haces el mal). Ahí tienes a un Dios que es bueno y severo al mismo tiempo. Severo con los que cayeron: bueno, en cambio, contigo, con tal que tu vida responda a esa bondad. De lo contrario, también a ti podrán cortarte" (CF. ROM. 11, 20-22).

   3. La sola gratia.

   El principio de la sola gratia afirma que la salvación es un don gratuito que Dios nos concede, un don que, tal como ha quedado demostrado en este estudio, podemos perder.



   ¿Cómo podemos hablarles de la Eucaristía a nuestros hermanos separados?

   La Eucaristía es el Sacramento que constituye el centro de la vida de los cristianos católicos, pero, a pesar de ello, existen causas de peso, -entre las que se encuentran el hecho de que la Iglesia se ha negado durante mucho tiempo a decir la Misa en los idiomas de sus fieles, y el desconocimiento de l a Palabra de Dios que caracteriza a muchos católicos-, que muchos protestantes aprovechan astutamente, con tal de lograr desestabilizar la fe de los catecúmenos y de aquellos de nuestros hermanos que carecen del conocimiento de la Palabra de Dios.

   ¿Es cierto que los católicos pretendemos asesinar a Jesucristo en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, y que pretendemos comernos el cadáver del Mesías?

   ¿Es cierto que los católicos no utilizamos la Biblia en nuestras celebraciones eucarísticas?

   ¿Es cierto que los Sacramentos católicos son rituales de magia blanca?

   No nos es desconocido el hecho de que no existe ninguna religión cuya divinidad no requiera ningún sacrificio de sus seguidores. La celebración de la Misa es el sacrificio que los cristianos le ofrecemos a Dios. El sacrificio que le ofrecemos a Dios en la celebración de la Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinida d de Jesucristo. Dado que nuestra imperfección nos hace inferiores a Dios, cuya santidad no podemos alcanzar por nuestros medios, Dios no puede aceptar el sacrificio de ninguna víctima imperfecta, así pues, Jesucristo, el Ministro principal que preside las celebraciones eucarísticas, es la única víctima que puede ofrecérsele a Dios, dado que de su perfección emana la perfección que adquirimos por la fe que nos caracteriza y el ejercicio de los dones y virtudes que recibimos del Espíritu Santo.

   San Juan el Bautista, antes de ver a Jesús, recibió un aviso divino de Dios, gracias al cual, predijo que Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

   "Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: -Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo... Ni yo mismo sabía quién era, pero el que me envió a bautizar con agua (Dios Padre) me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien ha de bautizar con Espíritu Santo."" (JN. 1, 29. 33).

   Puede decirse con toda justicia que el sacrificio de la reforma de la Ley de moisés (el Nuevo Testamento o la Nueva Ley) de Jesús comenzó en el mismo instante en que el Mesías se encarnó en las entrañas purísimas de nuestra Santa Madre, así pues, el autor de la Carta a los Hebreos, escribió:

   "Por eso dice Cristo al entrar en el mundo: Tú, ¡oh Dios! no has querido las ofrendas ni los sacrificios (de la antigua Ley); en su lugar me has formado un cuerpo. No han sido de tu agrado ni los holocaustos ni las víctimas expiatorias. Entonces dije: "Aquí vengo yo para hacer tu voluntad. Así está escrito en el libro acerca de mí." En primer lugar, dice que Dios no quiere ni han sido de su agrado las ofrendas, los sacrificios, los holocaustos y las víctimas expiatorias -cosas todas ellas que la Ley manda ofrecer-. Y a continuación añade: Aquí vengo yo para hacer tu voluntad, co n lo que deroga el antiguo plan (el Antiguo Testamento) y confiere validez al nuevo. Y porque Jesucristo se ha ajustado a la voluntad de Dios ofreciendo su propio cuerpo una vez por todas, nosotros hemos quedado consagrados a Dios" (HEB. 10, 5-10).

   Toda la vida de Jesús, fue la preparación del sacrificio eucarístico que nosotros actualizamos cada vez que lo celebramos, así pues, lo vivimos como si acabara de suceder. No debió ser fácil para Jesús renunciar temporalmente al estado característico de su Divinidad para sumirse en el estado de imperfección característico del género humano. A pesar de ello, cuando nuestro Señor se encarnó, no pensó en que ello suponía una humillación para Él, sino que se gozó porque estaba cumpliendo la voluntad de nuestro Padre común. Las privaciones que vivió el Mesías a lo largo de su vida, fueron su preparación de la vivencia de su Pasión y muerte. Llegado el final de su vida, cuando fue Hombre el Niño que fue salvado de morir p or causa de la furia del tirano Herodes cuando aconteció el episodio de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, se entregó a sus enemigos voluntariamente, y se dejó asesinar siendo el autor de la vida, con tal de demostrarnos que Dios nos ama infinitamente.

   Bajo nuestra óptica de habitantes de un mundo que defiende el bienestar máximo que sus habitantes puedan conseguir, parece absurdo el sacrificio de Jesucristo en la cruz, así pues, es, -a nuestros ojos-, políticamente incorrecto, el hecho de que, el sacrificio de un Hombre inocente, sea causa de bendición para quienes creen en El. Dada la dificultad existente para comprender la utilidad tanto de este sacrificio como de los episodios dolorosos que hemos de vivir, los protestantes aprovechan este hecho para atacar nuestra creencia en Jesús Eucaristizado.


   San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto:

   "Mas para los que Dios ha llamado, sean judíos o griegos, (el mensaje de la cruz) es poder y sabiduría de Dios. Que no en vano lo que en Dios parece absurdo, aventaja, con mucho, al saber de los hombres, y lo que en Dios parece débil, es más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 COR. 1, 24-25).

   Si queremos conocer en profundidad el mensaje que Dios nos quiso transmitir permitiendo el sacrificio de su Hijo amado, tenemos que interpretar este hecho desde su óptica, así pues, en la Profecía de Isaías, leemos:

"Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos,
ni vuestros caminos son mis caminos -oráculo (revelación) de Yahveh-.
Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra,
así aventajan mis caminos a los vuestros
y mis pensamientos a los vuestros" (IS. 55, 8-9).

   El sacrificio de Jesús fue necesario para nosotros, porque el mismo fue la vía que Dios dispuso para demostrarnos lo mucho que nos ama. Dios hubiera tenido infinidad de formas de salvarnos sin vivir el más mínimo sufrimiento porque nuestro Padre común es Todopoderoso, pero Él, en vez de evitarnos las situaciones dolorosas que vivimos, quiso pagar, al demostrarnos su amor, su culpabilidad por dejarnos sufrir en este valle de lágrimas. No olvidemos que, si Dios nos hubiera redimido de nuestros pecados sin sufrimiento, le hubiera quedado por demostrarnos su amor.

   Jesús dijo en cierta ocasión que, su Pasión, muerte y Resurrección, constituirían el principio de nuestra redención.

   "Os aseguro que si un grano de trigo n o cae en tierra y muere, seguirá siendo un único grano. Pero, si muere, producirá fruto abundante" (JN. 12, 24).

   Recordemos las palabras que nuestro Señor les dijo a los discípulos de Emaús:

   "¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (LC. 24, 26).

   Jesús dijo en cierta ocasión:

   "Yo soy el buen pastor. Como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre, así conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. Y doy mi vida por mis ovejas" (JN. 10, 14-15).

   Al actualizar el sacrificio de nuestro Señor en las celebraciones eucarísticas, los cristianos católicos nos ofrecemos a Dios, no como víctimas mortales, sino como instrumentos que, con nuestras obras, palabras y ejemplo de fe, colaboramos con el Dios Uno y Trino en la santificación, ora de quienes nos rodean, ora de gente que vive lejos de nuestro entorno, a la que llegamos gracias a los me dios de comunicación de que disponemos. Al ofrecernos a Dios a la hora de presentar nuestras ofrendas en el altar del Señor, cumplimos el Mandamiento nuevo de nuestro Señor:

   "Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros" (JN. 13, 34).

   "Permaneced unidos a mí, como yo lo estoy a vosotros. Ningún sarmiento puede producir fruto por sí mismo sin estar unido a la vid; lo mismo os ocurrirá a vosotros si no estáis unidos a mí. Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer" (JN. 15, 4-5).

   "En honor de mi Padre redunda el que produzcáis fruto en abundancia y os manifestéis así como discípulos míos. Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor. Pero sólo permaneceréis en mi amor si observáis mis mandamientos, lo mismo qu e yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que participéis en mi alegría y vuestra alegría sea completa. Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (JN. 15, 8-12).

   Los Apóstoles de nuestro Señor, a partir de su recepción del Espíritu Santo en Pentecostés, organizaron el culto eucarístico, de lo cual tenemos constancia bíblica, aunque los protestantes afirmen que los primeros cristianos no celebraban la Eucaristía, sino que se reunían para comer en las casas de los creyentes, manipulando el texto bíblico original escrito en griego, para desmentir cuanto sabemos del Sacramento de la Eucaristía.

   "Y eran constantes a la hora de escuchar la enseñanza de los apóstoles, de compartirlo todo, de celebrar la cena del Señor y de participar en la oración" (HCH. 2, 42).

   "A diario asistían juntos al templo, celebraban en familia la cena del Señor y compartían juntos el alimento con sencillez y alegría sinceras" (HCH. 2, 46).

   "El domingo nos reunimos para celebrar la cena del Señor. Pablo se puso a hablarles, y, como tenía que marcharse al día siguiente, se extendió en su charla hasta medianoche" (HCH. 20, 7).

   Nota: A pesar de que no copio el capítulo seis del Evangelio de San Juan en este estudio por causa de la extensión de este fichero, es recomendable que lo leáis, con el fin de comprender mejor el anuncio que hizo nuestro Señor Jesucristo de que iba a instituir el Sacramento de la Eucaristía. Por causa de la extensión de este documento, sólo explicitaré los versículos más relevantes referentes a la cuestión que nos ocupa.

   Jesús está presente en el Sacramento de la Eucaristía.

   "Jesús les contestó: -Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed...Os aseguro que quien cree, ti ene vida eterna. Yo soy el pan de la vida... Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo voy a dar es mi carne. La doy para que el mundo tenga vida" (JN. 6, 35. 47-48. 51).

   Cuando Jesús dice: "El que coma de este pan vivirá para siempre", no da a entender que quienes le comulgamos no vamos a morir, sino que, cuando seamos resucitados, viviremos en la presencia de Dios sin volver a perder la vida. Si en las celebraciones eucarísticas nos sacrificamos junto al Señor en beneficio del crecimiento de los hombres en todos los niveles, es justo que, cuando el mundo sea plenamente convertido en el Reino de Dios, gocemos de la misma vida que ahora caracteriza a Cristo Jesús.

   "Cuando Cristo, vida vuestra, se manifieste (al mundo por segunda vez), también vosotros apareceréis, junto a él, llenos de gloria... Soportaos mutuamente, y así como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros, si al guno tiene quejas contra otro... En fin, cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de él" (COL. 3, 4. 13. 17).

   No quisiera que el texto paulino que hemos recordado nos inste a celebrar la Eucaristía por el mero interés de alcanzar la salvación, pues, mientras hacemos el bien desinteresadamente, Dios se ocupará de concluir nuestra santificación cuando llegue el momento que ha previsto para salvarnos.

   Una de las dificultades que tenemos para creer en el Sacramento de la Eucaristía, se manifestó el día en que Jesús les dijo a sus seguidores que iba a instituir este Sacramento, así pues, ¿cómo recibieron los creyentes la idea de devorar el cadáver de su Maestro?

   "Esto suscitó una fuerte discusión entre los judíos, que se preguntaban: -¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida; mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí, y yo en él" (JN. 6, 52-56).

   Aunque los protestantes y los hermanos de muchas sectas dicen que la Transubstanciación del Señor en la Eucaristía es de carácter simbólico, vemos que Jesús hablaba de su sacrificio y de nuestro crecimiento espiritual al ser alimentados con el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Salvador.

   Quienes no creen en la Eucaristía, pueden decirnos: ¿Creéis que Jesús hablaba sin recurrir al lenguaje de los símbolos cuando se definió a Sí mismo como la luz del mundo y como la puerta que accede al Reino de Dios?

   "Jesús de nuevo les dijo: -Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vid a" (JN. 8, 12).

   "Entonces Jesús se lo explicó con estas palabras: -Os aseguro que yo soy la puerta del aprisco" (JN. 10, 7).

   En estos y en otros casos, Jesús no hizo hincapié en que no hablaba simbólicamente, como sucedió en su anuncio de la institución del Sacramento de la Eucaristía, tal como queda demostrado este hecho en el presente estudio bíblico.

   Fue tan grande el impacto que las palabras del Señor produjeron en sus oyentes, que algunos de sus discípulos se separaron de Él.

   "Muchos de los que seguían a Jesús, al oír todo esto, dijeron: -Esta enseñanza es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla? Jesús se dio cuenta de que muchos de sus seguidores criticaban abiertamente su doctrina, y les dijo: -¿Se os hace duro aceptar esto? Pues ¿qué ocurriría si vieseis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? Es el espíritu el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dic ho son espíritu y vida. Pero algunos de vosotros no creen. Es que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién le iba a traicionar. Y añadió: -Por eso os he dicho que nadie puede aceptarme si no le es dado por mi Padre. Desde entonces, muchos de los que le seguían se volvieron atrás y ya no andaban con él" (JN. 6, 60-66).

   Podemos destacar dos aspectos del fragmento del Evangelio de San Juan que acabamos de recordar:

   1. Según el versículo 6, 64, "Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién le iba a traicionar". Los que no creían o tenían una fe incompleta, eran aquellos que se escandalizaron cuando conocieron la intención del Mesías de alimentarnos con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, con el fin de que creciéramos espiritualmente.

   2. Cuando un político o un líder religioso constata que sus seguidores lo abandonan, hace todo lo que está a su alcance, con tal de retener a los mismos. A pesar de esta realidad, es admirable la postura del mayor luchador de la Historia, el cual, al ver que muchos de sus seguidores lo despreciaron, no hizo nada para retenerlos, indicando de esa manera que, quienes le acepten, tienen que acoger su doctrina completa en sus corazones, y no sólo la parte de la misma que les interese.

   Dado que Jesús perdió a muchos de sus seguidores, también asumió el riesgo de que se le fueran algunos de sus Apóstoles, al demostrar que, los verdaderos creyentes, deben aceptar la realidad de la Eucaristía, pues la creencia en el sacrificio del Altar, no es negociable.

   "Jesús preguntó a los doce: -¿También vosotros queréis dejarme? Simón Pedro le respondió: -Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras que dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (JN. 6, 67-69).

   El hecho de que fuera Pedro -el primer Papa- y no otro Apóstol el que pronunciara las palabras que mantuvieron unidos a los miembros del Sacro Colegio Apostólico junto al Mesías, significa que el mismo habló, no en su propio nombre, sino en el nombre de la Iglesia que ha hecho del Sacramento de la Eucaristía el centro de su vida.

   ¿Por qué es la creencia en el Sacramento de la Eucaristía esencial para distinguir entre los verdaderos y los pseudocristianos? Mientras que existen religiones cuyos adeptos tienen que ganarse el favor de sus deidades, el Cristianismo consiste básicamente en que nos dejemos amar por Dios.

   "Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura. Cuando le llegó la vez a Simón Pedro, éste le dijo: -Señor,¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le contestó: -Lo que estoy haciendo, no puedes comprenderlo ahora; llega rá el tiempo en que lo entiendas. Pedro insistió: -Jamás permitiré que me laves los pies. Jesús le respondió: -Si no me dejas que te lave los pies, no podrás seguir contándote entre los míos. Pedro entonces le dijo: -Señor, no sólo los pies; lávame también las manos y la cabeza" (JN. 13, 4-9).

   Pedro no quería dejarse servir por Jesús porque, al compararse con el Mesías, se veía como el pecador más miserable de la historia de la humanidad. Jesús quiso que el primer Papa comprendiera que, si quería formar parte del pueblo cristiano, tenía que dejarse amar por su Hermano y Señor, y vivir imitando al Mesías, en beneficio de sus hermanos los hombres.

   Veamos ahora cómo el propio Jesús les dijo a sus Apóstoles que desea que celebremos el Sacramento de la Eucaristía.

   "Tomó luego pan y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío"" (LC. 22 , 19).

   Algunos cristianos no católicos, sostienen la idea de que Jesús nos ordenó conmemorar su muerte, sin incluir la instauración de la Eucaristía, el Orden de los sacerdotes ni su Resurrección de entre los muertos, tal como hacemos los católicos durante la tarde del Jueves Santo y el Domingo de Resurrección. Nosotros celebramos la Eucaristía porque Jesús nos ha mandado que vivamos activamente la Misa y que imitemos su capacidad de donación a los hombres.

   Es preciso que quede demostrado en este estudio bíblico que el pensamiento que mantienen las sectas de que los católicos pretendemos asesinar a Jesús y alimentarnos de su cadáver en cada ocasión que celebramos la Eucaristía es una simple falacia.

   Observad, cómo en el siguiente texto, San Pablo no les ordenó a los cristianos de Corinto que repitieran el sacrificio del Señor, sino que lo hicieran presente como si el mismo acabara de suceder, en cada ocasión que celebraran la Cena del Señor.

   "Por lo que a mí toca, os he confiado una tradición que yo recibí del  Señor; a saber: que Jesús, el Señor, la noche misma en que iba a ser entregado, tomó pan, dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo; os lo entrego por  vosotros; haced esto en memoria mía". Después de cenar tomó igualmente la copa y dijo: "Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis de ella, hacedlo en   memoria mía."" (1 COR. 11, 23-25).

   La actualización del sacrificio de nuestro Señor no es un simple recuerdo, pues hacemos la misma presente como si sucediera durante el acto de la Consagración de las especies sacramentales (el pan y el vino) en cada ocasión que celebramos la Eucaristía.

   San Pablo tenía muy claro el hecho de que el Sacramento de la Eucaristía no es simbólico, así pues, para él, el hecho de comulgar, tanto como el hecho de recibir al Señor in dignamente, tienen sus consecuencias, tal como veremos a continuación, al recordar sus propias palabras.

   "Y, de hecho, siempre que coméis de este pan y bebéis de esta copa, estáis proclamando la muerte del Señor, en espera de que él venga. Por lo mismo, quien come del pan o bebe de la copa del Señor de manera  indigna, se hace culpable de haber profanado el cuerpo y la sangre del   Señor. Examine, pues, cada uno su conciencia antes de comer del pan y beber de la copa, porque quien come y bebe sin tomar conciencia de que se trata del cuerpo  del Señor, viene a comer y a beber su propio castigo. Ahí tenéis la causa de no pocos de vuestros achaques y enfermedades, e  incluso de bastantes muertes. ¡Ah, si nos hiciésemos la debida autocrítica! Entonces escaparíamos al  castigo del Señor. De cualquier modo, si el Señor nos castiga, es para corregirnos y para  que no seamos condenados junto con el mundo" (1 COR. 11, 26-32).

   Si no recibiéramos al Mesías en la Eucaristía, el hecho de no venerar los símbolos de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, no sería castigado, pero, dado que recibir al mismo Señor Jesucristo para amarlo y vivir en conformidad con su voluntad, constituye el centro de nuestra vida de cristianos, si comulgamos, y no nos adherimos al Señor, nos hacemos culpables de desobediencia.

   Quienes les siga siendo aún imposible creer en Jesús eucaristizado, pueden leer el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los Romanos:

   "Porque salvados ya lo estamos, aunque sólo en esperanza. Sólo que esperar lo que uno tiene ante los ojos no es propiamente esperanza, pues ¿cómo seguir esperando lo que ya se tiene ante los ojos? Pero si esperamos algo que no vemos, entonces ponemos en juego nuestra perseverancia" (ROM. 8, 24-25).

   Quienes creen que en la Eucaristía sólo recibimos los símbolos del Cuerpo y Sangre de n uestro Señor, afirman que, el único pan que puede ofrecernos el Señor Jesús, es el alimento constituido por su Palabra. En cierta parte, a nuestros hermanos separados no les falta razón para mantener dicha opinión, dado que, en ciertos pasajes bíblicos, la recepción de la Palabra de Dios por parte de los creyentes y el cumplimiento de la voluntad divina, se ilustran como alimentos espirituales. Veamos dos pasajes bíblicos a modo de ejemplos de lo que intento exponer.

   ""¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo?" (MT. 24, 45).

   Inicialmente, Jesús escogió a sus Apóstoles para que alimentaran espiritualmente a su Iglesia, los cuales, viendo que no se bastaban para cumplir la voluntad de su Maestro, nombraron a muchos Obispos más, los cuales, viendo que no podían atender a todos sus feligreses, instituyeron a sacerdotes que les ayudaran a desempeñar su tra bajo.

   El clero tiene la labor de alimentar espiritualmente a los feligreses de la Iglesia, de la misma manera que los laicos tenemos la responsabilidad de alimentar espiritualmente a quienes evangelizamos, bajo la guía y sumisión al clero.

   "Jesús les explicó: -Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra de salvación" (JN. 4, 34).

   La Palabra de Jesús es el pan espiritual mediante el que conocemos el designio de Dios y deseamos ser salvos. La Palabra de Jesús es un pan en el que nos es necesario creer.

   El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, son un pan espiritual por cuya comunión recibimos la vida eterna.

   Veamos dos ejemplos bíblicos, en los que nuestro Señor se define en el primero como Palabra salvadora de Dios, y en el segundo como alimento divino salvador.

   "-El pan que Dios da baja del ciel o y da vida al mundo... -Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed" (JN. 6, 33. 35).

   El hambre y sed a la que Jesús se refiere, es el deseo que tenemos de conocer tanto la Palabra, como los misterios y el designio salvífico de Dios con respecto a nosotros.

   "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida; mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí, y yo en él. El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo gracias a él. Así también, el que me coma vivirá gracias a mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, y que no es como el pan que comieron vuestros antepasados. Ellos murieron; el que come de este pan vivirá para siempre" (JN. 6, 54-58).

   Un caso especial lo constituye el texto de LC. 22, 19 de la Biblia del Nuevo Mundo traducida el p asado año 1987 por los testigos de Jehová, en el que sus traductores ponen en boca de Jesús las palabras "esto significa mi cuerpo" en vez de "esto es mi cuerpo", con lo que pretenden invalidar la realidad de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Tengamos en cuenta que muchos cristianos como los evangélicos, que tampoco creen en la Eucaristía, respetan el texto original de San Lucas (aunque en la traducción RVA. del año 1960 cambian las palabras "este es mi cuerpo" por "esto es mi cuerpo", en atención a su deseo de darnos a entender que el Señor no se sacrifica en las celebraciones eucarísticas), pero los testigos de Jehová constituyen un caso especial. Charles Taze Rusel, -el creador de los testigos de Jehová-, tradujo LC. 22, 19 de manera que la palabra griega "estin", que significa "es", se lee en la Biblia de su organización como "significa".

   Antes de dar por finalizado este estudio, quisiera reflexionar sobre la presencia real de Jesucristo en la Eucari stía. No olvidemos que el Cuerpo de nuestro Señor Resucitado no es idéntico a nuestros cuerpos, así pues, tal como se ve en el Evangelio de San Juan, el Mesías era capaz de entrar dentro de una habitación, aunque las puertas que accedían a la misma estuvieran cerradas. Este hecho es posible porque el Cuerpo de nuestro Señor era espiritual, -es decir, no era físico-. La espiritualidad del Cuerpo de nuestro Salvador, hace posible el hecho de que podamos comulgar al Mesías en las celebraciones eucarísticas, aunque no le veamos físicamente entre nosotros.

   Al recibir a Cristo en la comunión, nos unimos más a nuestros prójimos los hombres, y nos incorporamos al Cuerpo Místico de Cristo, en conformidad con el crecimiento espiritual que experimentamos.

   A pesar de las diferencias que nos separan, oremos incansablemente por la unidad de los cristianos, para que todos constituyamos un sólo rebaño, bajo la guía de un sólo Pastor.