Compañía ferroviaria de Salvación

 

            Hoy todo el mundo quiere una Iglesia personal, una Iglesia portátil y de bolsillo, para lucirla en las fiestas (bautizos, bodas, primeras comuniones) y para suplirla después por los caprichos de la vida (de todos los colores y sabores, a condición de que sean nuestros y no de otros).

            No somos santos más por cobardía que por ignorancia. Sabemos que el llamado es universal, pero tememos, profundamente, abandonarnos a ese brillo y resplandor de la libertad explosiva que trae consigo, cosida a su traje, a su cuerpo, la santidad.

            Pero la Iglesia no cesa en reclamarnos perfección. Nadie llega a ésta si no es a través de la obediencia, el sacrificio y la renuncia. Tres virtudes muy peculiares y muy poco en boga. Peculiares porque exigen romper la densa costra de egoísmo con que recubrimos, invisible pero inexpugnablemente, nuestra epidermis. Poco en boga, porque hoy lo estimado es la ausencia total de mansedumbre, de docilidad, es el goce inmediato y la posesión absoluta de bienes y personas.

            George Bernanos, en una conferencia en Túnez de 1947, hablaba de la Iglesia católica en términos ferroviarios: es «la empresa de transportes al Paraíso con los santos como oficiales reguladores del tráfico. La tarea de la Iglesia es trasportar gente hacia la salvación; la de los santos, evitar los descarrilamientos».

            Todo viaje tiene reglas. Asumirlas no significa credulidad babosa, como dicen cientos de columnistas anticatólicos que pululan en los periódicos, sino humildad racional. Finalmente, de lo que se trata es de abrazar la vida eterna desde la temporalidad presente. Y eso no es un juego de quitar y poner a mi antojo: en la sencillez del creyente que obedece a su Iglesia se cocina la mayor aventura de la vida humana, la más intensa versión original, sin subtítulos, de la película del alma.

            Bajo el criterio de «úsese y tírese», propio de esta cultura, la que sólo ocupa el ojo y los sentidos para encontrar el camino hacia la «felicidad», la firme posición de la Iglesia en torno a la defensa de la vida, la condición indisoluble del matrimonio o el llamado universal a la santidad es un estorbo para los que vemos con impaciencia el día en que la veda se levante y cada cazador pueda, sin caer en pecado, cobrar su mejor pieza. Podemos estar seguros de que la Iglesia seguirá cumpliendo el mandato de Cristo: hacer santos de gente con miedos ordinarios; pasajeros al Infinito a quienes son capaces de aceptar el milagro de la Redención; que la Iglesia seguirá tocando sus campanas al caer la tarde.

 

JAIME SEPTIÉN, Querétaro, México

 Act: 25/01/16   @noticias del mundo           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A