Banalización del Mal

 

        Cuando uno mira con detenimiento la televisión infantil que se proyecta en las pantallas mexicanas no puede sino ser sacudido por un escalofrío: millones de niños mexicanos están (en ese preciso instante) siendo domesticados por un manga (especie de cómic) japonés, distribuido por una compañía japonesa de entretenimiento, en el que los valores sobre los que se construyó la cultura (y, por tanto, la identidad) del pequeño son, literalmente, pulverizados, vueltos al revés, volatilizados en fracción de segundos.

        Momento: no se me califique demasiado pronto de gazmoño u apocalíptico. Lo que quiero decir es muy simple: es imposible generar una identidad (individual, social) estable y coherente cuando las fronteras del bien se borran para que surja (y viva y cobre) el espectáculo del mal. Y es que un somerísimo análisis de las caricaturas japonesas (y de todos lados) arroja este resultado: lo bueno es, hoy, que el mal triunfe, que la violencia se entronice y que en todos los televidentes infantiles quede claro que para avanzar (en la vida, en el deporte, en el trabajo, en las relaciones interpersonales) hay que desgarrar, romper, aplastar, excluir...

        Leo a Hannah Arendt en sus trabajos postreros, tras la escucha de las declaraciones de Adolf Eichmann en su juicio en Israel: el gran poder contaminante del nazismo (que se transmitió a intelectuales y, más tarde, ahora mismo, a grupos radicales como los «cabezas rapadas») consistió en la banalización del mal: en volver al mal (como si fuera el bien) una cosa baladí, indiferente, que se puede aplicar sin contexto, olímpicamente, a la hora que nos dé la gana, con quien sea, siempre y cuando ese «quien sea» muestre su inferioridad, su débil inacabamiento, su posición de excluido. Banalizar el mal corroe la conciencia personal sobre el otro y lo reduce a mero instrumento, objeto manipulable y desechable. También acaba con el concepto sobre el que se construyó Occidente: el de persona individual, el de persona como centro de la historia. Es decir, Cristo.

        Hannah Arendt se sumergió en los infiernos del totalitarismo, no nada más el ejercido por el estado, sino aquel que se genera desde el grupo «real» sobre los demás «imaginarios». Y en la nuez halló la capacidad inmensa de supresión que consiste en mirar el mal con indolencia, sin frontera con el bien, sin distinción, como una suerte de proceso industrial, burocrático, administrativo del exterminio de los otros. Allí, en esas «caricaturas» donde se aprende la ofensa y el pisoteo de la dignidad ajena (de la diferencia ajena) como principios básicos del éxito, está el huevo de la serpiente: minúsculo, insignificante, letal.

 

JAIME SEPTIÉN, Querétaro, México

 Act: 25/01/16   @noticias del mundo           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A